Libros propios

Aquí encontrarán mis libros publicados.

¿Qué es lo que más le gusta soñar con los ojos abiertos?

Con escribir un libro que realmente me justifique.

Jorge Luis Borges
Año 2018

La cobra en la corona

(Poemas Egipcios)

Sexto libro de poesías de Isabel V. Krisch inspirado en la cultura del antiguo Egipto.

«La cobra en la corona» o «Irrupción en el templo» subtítulo que me permito con derecho de lector.

Obra densa, abundante, generosa. Desde el inicio atrapa con un encanto poco común.

Ofrece un escenario – un otro paisaje –  la cobra (¿la autora?) que perfora las piedras, atraviesa las lápidas, viola sagrados cerrojos y conquista el santuario para arribar a los sarcófagos enclaustrados en sus trampas de piedra, prisioneros de mitos; todo tratado con recursos de reposada belleza.

Acude a la poesía con luz  liberadora para que la leyenda continúe. La cobra despierta a las ánimas momificadas, enmudecidas, amarradas con sagrados vendajes y resucita al mismo faraón que dirá y hará lo suyo, lejos de acrobacias de escritura exhibicionista.

La cobra poética vence silencios, misterios, enigmas, desnuda lo oculto, lo condenado, lo vetado, lo impedido.

Derriba las rejas y rescata papiros, voces, ecos, alientos y susurros de amor que humanizan la palabra, la hacen necesaria, reconocible. (las confesiones de IRAS, la saliva de ÁTUM).

La obra ofrece dos dibujos de texto: uno tradicional en su formato de versos, el otro con la horizontalidad de la prosa, pero ligados en una continuidad indiferenciada por la musicalidad, el ritmo, el color que impone la carga creativa de su vuelo.

Oportunas las citas/epígrafes de Leopoldo Castilla.

Aquellas citas señalan el camino con textos de imperdible riqueza.

Isabel Victoria Krisch, con esta producción provoca un verdadero renacimiento, le abre la boca a la mudez impuesta por un relato interesado del poder cultural dominante. Esta poética arranca mordazas, quiebra la oscuridad y avanza con vértigo aluvional de imágenes decididamente superiores.

La poesía merece esta obra, por ello la recibe y celebra con gratitud.

Marcos Silber – Octubre 2017

Abordar la lectura del texto La cobra en la corona, el nuevo y singular poemario de Isabel Krisch, podría sugerir conocimiento previo de una simbología hoy milenaria.  La cobra [uræus o ureus] era, en principio, el emblema protector y atributo real de muchos faraones. La cobra, símbolo de resurrección, estaba asociada a los mitos del viaje del Sol por el cielo y el inframundo.

Pero quizás también la sola mención del título trae en sí la intencionalidad primigenia de quien lo ha desarrollado: narrar una historia que surge como «rumor distante» traído por «un viento que arrastra memorias entremezcladas«.  Partiendo de una estela borrosa y de mera materia terrestre, Krisch se ocupa de devolver a la vida aquello que yace inexpresivo e inanimado y que podrá recobrar su halo vital sólo a partir de la mirada poética. Ésta es entonces transformadora de la realidad: donde hay muerte y vestigios se produce una restauración de la vida extinguida. Y con todo ello, la sed de amar. Y, justamente, serán el amor y su omnipresencia el centro de esta poética que expresa el deseo como signo de vitalidad y que contrasta con la parafernalia del paso del tiempo que refleja sólo signos letales.

Versos de El libro de Egipto del poeta Leopoldo Castilla aparecen una y otra vez en epígrafes que constituyen marcas de un muy alto lirismo que enmarca buena parte de la historia en desarrollo.

Es «ese país distinto donde se conjugan los prodigios» el que la poeta elige para restaurar vidas extinguidas que sólo serán en la atemporalidad del amor. Un faraón y una reina mitológica atraviesan eras para encontrarse: están concebidos para ser amantes perfectos – «fuego vivo que traspasa los tiempos«. Krisch elabora así un relato rico que va recobrándolo todo a través de una imaginería exótica –el tema así lo requiere-  con reminiscencias del modernismo dariano. El lector registra una infinidad de elementos conjugados a través de un lenguaje metafórico donde la sutileza siempre reina. El efecto es único.

Poderoso texto éste de Isabel Krisch: el amor como centro de una poética que refiere al amor como signo eterno de vitalidad y que contrasta con el paso del tiempo, la muerte y el olvido infinito.

JORGE PAOLANTONIO

quizá haya sido por tanto amuleto
o por la mágica fuerza que representan
pero todo late ahora  
en el interior de la duna     
mientras el cielo se manifiesta
y es una intrusa aparición
el rayo de luz

adentro incendio en la pelvis
agitación y ansiedad afuera
un deseo irrefrenable     
mientras el viento
purificador
limpia las cenizas

el abanico de plumas de ave
con su mango de oro
se agita y es maciza la corona que ciñe
el recuerdo de la imagen
porque es ella la mujer
y luce su destino calcáreo
debajo de las sábanas

cuántas libaciones en Dándara
en honor a los dioses
cuántos sacrificios estériles

eterna la compañía
de la esclava descalza que
aún atiende a su ama
en ese espacio intangible y brumoso
donde sobreviven los elegidos
incondicional
presiente como ella
la cercanía del encuentro

nadie se imagina este acto
ni puede inferir jamás
la persistencia de lo absoluto
de lo inextinguible reunido
convergente al fin

entretanto Nut pare en silencio las estrellas
una compleja trama de deidades
conceden el permiso
y la señora del cielo    
funda una vez más
el universo

Año 2012

La casa

Quinto libro de poesías de Isabel V. Krisch.

No es un ámbito hogareño el que advertimos apenas ingresamos a La casa, más bien nos encontramos con una estructura de organización, con una arquitectura. “Dedico este libro a los que construyen. Y entre ellos, a los que nunca dejan sus obras inconclusas”, precisa la autora antes de ocuparse en mencionar los afectos. Y, a vuelta de página, una cita de Steven Holl define primero: “La esencia de una obra de arquitectura es un vínculo orgánico entre el concepto y la forma”, enlaza después: “La idea organizadora es un hilo oculto que conecta las partes dispares con una intención exacta” y concluye: “los fenómenos experimentales son el material para una clase de razonamiento que une el concepto y la sensación”. Como se colegirá, no podríamos esperar una lectura que desborde en pasiones o sentimientos, antes habrá que prepararse para una experiencia estética por la que tampoco nos moveremos con libertad, sino que seremos meticulosamente conducidos.

¿Es que no siente Isabel Krisch? ¿es que piensa, planifica y ejecuta? No sería justo plantearlo de ese modo. Sí es necesario observar que la estética que propone proviene de la moderación, el equilibrio, la disciplina táctica, el plan de construcción. De allí su recurrencia a los maestros de la arquitectura, cuyas voces inicialan distintos pasajes del libro: el citado Holl, Muthesius, Niemeyer, Le Corbusier, van der Rohe, Barragán, Lloyd Wright. De éste quizá tome la referencia central, aunque Le Corbusier y Niemeyer sean los más citados: “Todo gran arquitecto es necesariamente un gran poeta. Debe ser un buen intérprete de su tiempo, sus días, su época”. Krisch piensa así –cree así desde una fe no convencional- y sigue ese camino. El producto podrá evaluarse desde las más encontradas ponderaciones, pero ella lo sabe y asume ese riesgo. Justamente porque cree.

El poema IV del cuerpo inicial podría leerse como una poética: “porque en la caricia está el secreto / porque meter los dedos despacito / quemarse en la amalgama / gris / la cuchara que revuelve / y la mano / una y otra vez / áspero y rústico el producto / y duro y sólido / y definitivo / porque en el construir la aleación / hay una propuesta afectiva / y paciencia / y sed”.

Antes, y durante el largo después, el juego descriptivo gana los espacios “ladrillo a ladrillo” y se detiene, en algunos pasajes, para permitirse el desliz, “para rendirse allí / en la zona húmeda / donde más se goza” (VI).

Hay oficio en Krisch que se trasluce en la trama discursiva; vocación de arquitecta diría tentado por la obviedad. Hay dosificación de recursos y figuras. Hay, incluso, un vocabulario aséptico, casi de laboratorio. Le gusta jugar con la sinestesia y con la cenestesia; con la aliteración, sobre todo de sonidos líquidos (X); con la repetición, el paralelismo, la recursividad.

Por momentos, como al pasar, deja sentencias que denuncian aspiración metafísica: “lo que nos rodea se apaga / o se extingue o se sacrifica” (XV). Por momentos, también, cede a las burbujas del lugar común que opera como bajativo (XVI).

Hay amor y hay dolor reiterados a lo largo de los poemas, pero nunca el amor despierta fogosidades ni el dolor se vuelve difícil de soportar. Más bien se los asume como contrapartes del necesario y buscado equilibrio. Y hasta se traza por allí un esbozo de pintura social (XXII, XXIII), más como escenografía que como tópico.

A ese cuerpo inicial le suceden once textos en prosa que giran en torno de la memoria. Y desde el primero, nomás, se limita cualquier posible derrame pasional o nostálgico: “Aunque nunca la euforia dure más que un segundo” (1). La infancia y el amor familiar dominan los recuerdos. Frutas, abejas, mariposas, pétalos, gorriones, luz, luz, luz… Y, cada tanto, alguna sombra que refresca o previene según la circunstancia. Es tiempo de fundación en la casa que se construye. Casa con “acento extranjero y el cabello rubio” (3). Demolición de lo que había. Nuevo vínculo. Y las manos enlazadas de padre y madre. De él hereda los rasgos definidos; de ella, cierta propensión a la levedad; de ambos, un rigor que se transparenta incluso en el lenguaje. Después el discurrir inevitable; con sus consecuencias, inevitables también: primero el amor, después los desencuentros; primero la ilusión, después los desengaños, las distancias, las pérdidas. Todo lineal, sujeto al trajín de la costura (8). Hasta que, llevado por la misma serena pulcritud descriptiva, uno se topa con el desprendimiento que estremece: “No existe una sola molécula de sus gestos. Yo me encargué de esparcir las cenizas. De verlas hundirse en el agua del lago” (9); “Esto que es vacío quiso ser hogar” (10) o, en el momento de mayor dramatismo, “Sin embargo fui capaz. Fui desalmada, mezquina, miserable, perversa, desvergonzada, insolente, canalla. Di cabida a desmantelar, desamueblar, a desmontar las partes que contenían las únicas partículas de mi procedencia. Fui capaz. Fui capaz. Fui capaz. He vendido la casa de mi madre”.

En este punto, de catarsis para la autora y de extrema tensión para el lector, la magia de la poesía de Isabel Krisch esplende con brillo propio. Lo que sigue, hasta el Epílogo, es un juego de especulaciones, alguna predicción, alguna aspiración reparadora. Y el Epílogo, tríptico, se propone como último eslabón de una nueva continuidad, como un renacimiento, vital y conceptualmente entendido. Como una nueva fe. Esa que tal vez cure las llagas de “los tiempos desfasados”. Esa que tal vez le dé la razón a Thoreau, el poeta con el que se cierran las citas: “Jamás hallé compañera más sociable que la soledad”.

Claudio Portiglia / Junín, enero, 2012

La estética que Isabel Krisch propone en La casa nace de la moderación y el equilibrio, del sentido de las proporciones y la disciplina táctica, de un elaborado plan de construcción.  Así justifica la inclusión de voces tomadas de los maestros de la arquitectura con las que abre distintos pasajes del libro: Holl, Muthesius, Niemeyer, Le Corbusier, van der Rohe, Barragán, Lloyd Wright. De éste quizá tome la referencia central: “Todo arquitecto es necesariamente un gran poeta. Debe ser un buen intérprete de su tiempo, sus días, su época”. Krisch piensa así  -cree así desde una fe no convencional- y sigue ese camino. El resultado podrá evaluarse desde las más encontradas ponderaciones. Ella lo sabe y asume el riesgo, precisamente porque cree.

Hay oficio en la poeta que se trasluce en el discurso. Hay dosificación de recursos y figuras. Hay, incluso, un vocabulario aséptico, casi de laboratorio. Todo ese haber, sumado al que cada lector sabrá detectar una vez que aprenda a moverse por los distintos ambientes de La casa, y a disfrutar de ellos, hace que la magia de la poesía esplenda en este libro con brillo propio.

late la que habita la casa
que se puebla de incertidumbres
vacilaciones titubeos
de dudas se puebla
aún de pie
con una cadencia indefinida sobre la base
en los cimientos el soporte
el apoyo
resquebrajada en su estructura
aún así
se coloniza a sí misma y se endereza
apuntalada tantas veces
a punto de caer tantas otras
late

Año 2008

Apenas una línea, roja

Cuarto libro de poesías de Isabel V. Krisch.

La obra realizada por Isabel Krisch hasta hoy, puede dividirse en dos etapas bien definidas que pretendo ligar, en este comentario al que tan amablemente me invita la autora a realizar, creando el engarce de “Apenas una línea, roja” a su anterior producción poética a la cual denominé “la poesía en tres movimientos”, porque me impresionaron como las tres vibraciones de una sonata, compuesta por sus poemarios: “Cruzar el lodazal”, “Que se rompa el amarillo” y “Entre la roca y el aire”, que cerró su primer ciclo creativo en el año 2005.
Admito que para acercarse a “Apenas una línea, roja”, el estudio hecho entonces de la obra de Isabel Krisch, bien puede ser obviado por los lectores de este poemario que hoy ve la luz, pese a que en mi opinión, para comprender a cabalidad el proceso creativo de la autora, es preciso caminar la senda recorrida por ella, hasta este punto de su evolución emocional y artística que, en el caso de Isabel, son inseparables y conforman una entidad indivisa. Desde ella nace la catarsis creada por su voz, que no canta sino eleva en un grito desgarrador, a veces. Esto hace de la palabra escrita de esta obra, un bajorrelieve vibrante de poderosas y ocultas energías que no se encuentran en los tres movimientos de la sonata y parecen, más bien, la obertura que anuncia algo nuevo, diferente, más denso y subterráneo.

Augusto Casola
Presidente del PEN Club del Paraguay

demasiada carga lleva el asno
el asno
la carga
demasiada
dema
siada
carga lleva
el asno
la carga
dem
asiada
la carga
el asno

/es demasiado/

algo sustancial
en el cuerpo se rompe

el cuerpo me pide que lo diga
y yo lo digo
no me permito detener
al cerebro que ordena

(abro las piernas y pujo)

la cara se contrae
los poros se llenan de sangre
una vez más

(alguien no quiere que abra la boca y grite)

pero me inclino hacia adelante
me disfrazo de que puedo
y puedo

Año 2005

Entre la roca y el aire

Tercer libro de poesías de Isabel V. Krisch.

La percepción de lo invisible ordena el incansable hacer del lenguaje. Somos palabras, y con palabras construimos la realidad. Tanto el mundo inmediato como el mundo invisible aparecen, se nos aparecen, como estallidos del sonido, como las sílabas siempre inconclusas del acontecer.
Entre la roca y el aire, último libro de Isabel Krisch, insiste, con brillantez obsesiva, en nombrar las roturas, las grietas, las “lesiones subterráneas” que manan hacia “la unidad material/hacia el alivio interior y el soplo cósmico”. No es el nombrar plácido, dogmático, de la certidumbre religiosa o la revelación aforística. El nombrar de Isabel es el nombrar vacilante de la poesía: materia y sensación, fragmentos de subjetividad lanzados al vacío, gestos abanicados por el fluir sonoro de las palabras, todo precario, todo más y más lejos, todo infinitamente posible.

Luis O. Tedesco

Es un misterio la raíz del árbol
el núcleo rígido de la obsidiana

la inefable y difusa constitución del universo

en cada galaxia hay una explosión en el origen
cada principio es un arcanoy los jirones de sangre seca

y el recuerdo     de luto     todavía
con la roca en equilibrio sobre los hombros

a veces      con la mordaza

ya no hay nada que paute el conjuro
ni amalgama que oprima

inevitablemente se pierde el sustento
las urgencias se abren las venas


percibo en lo invisible un mundo perfecto que viene
que decide los destinos
que enhebra la genealogía como una araña urde su malla

sin grietas ni tiempos deshabitados
sin desdoblamientos ni vértigos


percibo un espacio vacío entre el eco
y la posibilidad

Año 2000

Que se rompa el amarillo

Segundo libro de poesías de Isabel V. Krisch. Colección «Todos Bailan» de la editorial Libros de Tierra Firme, emitidos con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes.

En este segundo libro, Isabel Victoria Krisch se afirma ya con una estética bien definida, donde fondo y forma se acompañan en un engarzado que pone de manifiesto la contundencia de su discurso poético.
/Que se rompa el amarillo/ como un conjuro (dice la poeta). Un sinnúmero de posibilidades, ser la palabra, la conjunción, la analogía.
Y /por qué arañar la propia identidad/ (dice la mujer) /por qué exigir tanto al útero/.
Y por qué, finalmente, si la sombra de siete cadáveres, la muerte, la miseria del mundo. /Por qué estúpida ceguera esta raza de hombres se ha perdido los colores/ y, en todo caso, ¿es la poesía la que puede redimirnos de esa ceguera?
Alguien que ha vivido sepultado de sí mismo, alista las alas para romper la cripta. En medio de ese equilibrio inestable, el espíritu del poeta, hombre mujer guerrera. Y aunque /siempre hay algo que se pierde/ y aunque /este mundo es asimétrico/ su búsqueda continúa. Porque la libertad no le resulta suficiente. Atraviesa la palabra para alcanzar/(quien sabe) una rara orquídea sagrada de color inigualable/. Y la poesía entonces, una vez más, haciendo posible la transformación.

Graciela Caprarulo

Descontrolada la jauría en celo
se abalanza
por las siete tumbas impalpables
por las sombras de siete cadáveres

y hay un fluir de ocasos
en la espuma de sus mandíbulas

Allá abajo quedó la luna
enhebrada en la mañana
con un hilo de sangre inmortal entre los dedos
y un aullido glaciar en su garganta
cada párpado lleva el signo de la roca
y la lengua lame el pliegue de una lápida

Hay un fluir de ocasos
en la clandestinidad de las miradas
y curvas y contracurvas
e iniquidad y desmesura

la nuca trae el aliento injurioso de los perros
en la escenografía cóncava del descenso

Hay un fluir de ocasos
y la luna se queda con hilos de sangre entre los dedos
con gritos          con llantos glaciares
con las sombras de siete cadáveres

Se ha abierto un surco
un profundo surco/herida
en la palma de la mano
en el cuello        en el pecho

el surco/muerte
en las palmas de las manos

en el vientre
en el vientre       inconmovible

en las vísceras
galopando       en la sangre

en el borde de la piel
y debajo de las uñas

la muerte/el surco

la muerte
como un hueco       inconmovible

en las palmas de las manos

Año 1997

Cruzar el lodazal

Primer libro de poesías de Isabel V. Krisch. Colección «Todos Bailan» de la editorial Libros de Tierra Firme, emitidos con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes.

Mujer de polaridades (tal vez, acaso), Isabel Krisch comienza a definir el tránsito hacia su rostro polifónico a poco de comenzar la escritura. Realiza, entonces, el proceso habitual en la búsqueda del sí mismo, entendiendo como habitual la sensación que se instala en nosotros con la certidumbre de lo vivido. Si a todos (tal vez, acaso) nos han pedido que seamos fuertes y aceptemos y si todos hemos intentado definir el contorno (apenas, aquí/allá, al lado/enfrente) a partir del mínimo perfil, de la rendija imperceptible.
Nos agobia el pasado, pero es menester cruzar el lodazal, a fin de develar la críptica, infinita pregunta: ¿somos la infinitud precisa de la nada o la entidad absoluta del todo?
Y aún sin respuestas, mujer de polaridades, ahora resuelta a destellar (tal vez, acaso) las dudas que la retienen, integra el sí y el no en el punto clave de su poesía. Es entonces cuando las mismas polaridades nos abren otra escena: no se trata sólo de la propia búsqueda sino del encuentro frontal con la palabra. Se trata de impulsar el alma hacia arriba y la voz, hacia fuera.
En su caminata pendular por la cornisa, Isabel invoca a la palabra desde el verso llano, a veces; desde la imagen contundente, otras; desde el uso más audaz, si la profilaxis y la endemia son vocablos tan aparentemente alejados del estilo poético. Y, sin embargo, logra con ellas las definiciones más enteras, las que perduran cuando se ha removido el estiércol y los restos nauseabundos de los otros. Aquéllos a los que también se dirige en algunos poemas. Estos, que somos todos.
Su libro se lee como una invitación: la de recorrer un camino en el que la estructura y hasta las citas de Machado (principalmente) iluminan los pasos, concisos, únicos de ser sólo hombres, nómades, pastores de ninguna oveja, hermosos, ambiguos. Humanos.

Ana Guillot

Y me dijeron
que sea fuerte
que tolere/soporte
que acepte

me pidieron que resista

Y me dijeron
que sea feliz
que la dicha/que el goce
que disfrute lo que tenga

me pidieron que sonriera

Y me dijeron
que no afloje
que me calle
que introspecte

Me dijeron:
—sé agradecida—

Y me pidieron
que fuera ejemplo

también eso
me pidieron

Y fui lo que otros quisieron

Y soy

Nadie me dice ahora
quien soy

Hay que cruzar el lodazal
ya lo sé

ya he comprendido al viento
que ha soplado a mi oído

ya he escuchado el rumor del agua
y la piedra contra piedra
llamándome

hay que cruzar el lodazal
aunque duela la tierra
y me ha dolido

aunque queme el barro
y me ha quemado

Hay que cruzarlo
ya lo sé

animarse a saltar
a la otra orilla

y renovar el horizonte
despegados los ojos
y libre la boca

regenerar la piel
aquella piel
tan cansada

reconocer otras orillas
y retener el cielo
en las pupilas

Hay que cruzar el lodazal
ya lo sé

pero tengo miedo