Comentarios de Libros

Aquí encontrarán algunos de los libros para los que he realizado comentarios.
Los invito a leerlos.

Libros comentados

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Ésta es la tierra, corazón es el mundo, la realidad, la pareja, la muerte de los seres amados, una sala de espera, el país y su realidad herida.

Es un libro rico por sus imágenes y su tono nostálgico.

Deja entrever un tiempo real, actual; con los reflejos de un diciembre de 2001, con algo que huele a peste, o con la estampa de una “Ella” que canta entre cartones; y un tiempo personal, el de una nena que tiene unos ojos distintos, más inocentes, que salta los baldosones del patio o se hamaca.

Hay un remembrar de algo histórico, familiar, de los antepasados (abuelos, padre que falta, madre que revuelve la sopa) y de las cosas cotidianas de la infancia, como la “perezosa”, la bicicleta, el viejo tranvía, hasta el corte de pelo “a la garçon”.

Todo se entremezcla y se pinta con metáforas de vehículos: tren, barcos, barcazas, bicicletas y un galeón. De animales: las mariposas que entran y salen del vagón, el pez en el agua, la araña que se despereza, el aire de los chacales, los ciervos que huyen, la serpiente que se enrosca, la iguana sombra. De sonidos: el pianista que insiste en su melodía, los sollozos en una habitación y de una penumbra que parece que se oye (¿oís?).

Luego, hay cuadros metidos en los poemas o los poemas son cuadros: la enfermera que pide silencio en la sala de espera, el vestido de la joven, los baldosones, el mantel…

Hay “espacios interiores” de lejanía y de presencia: la cocina como lugar central de la casa.

Los lugares distantes que estos ojos de ahora quieren recordar: Corinto y El Pireo, los campos de Toscana y que se desorbitan y ven la realidad de hoy, de una edad con la experiencia de entender que ahora: la pasión se mira con ojos de buey.

Hay mucho sol que se filtra por la ventana. Mucha agua. Los ojos de los que se habla son aquellos que miran los poemas. Y, finalmente, cada poema es una pintura de dulce nostalgia.

Es un libro que tiene ternura y que acaricia. Es un libro nada precario y sí, bellamente humano.

Isabel Krisch

Incluyo aquí un poema del libro: «Ésta es la tierra, corazón» de Marta Braier

11 de diciembre

a Horacio Vaccari, in memoriam

un suave aroma a caldo
andaba por la casa

te doblaste
quizás buscando apoyo

y en lento jadeo
subiste a la habitación

acostado bocabajo
no pensaste nada más

recuerdo la blancura de tus pies

habías dejado la puerta de calle entreabierta
vi un niño solo jugando a la pelota

en la cocina el caldo se secaba

Suma Poética II – Vinciguerra-2004

El admirado y personal Juan García Gayo compila en esta Suma Poética II algunas de sus más afortunadas poesías.

La capacidad examinadora del autor que ve la realidad cotidiana con gran puntillosidad explica que pueda describir o ensalzar las cosas materiales que lo rodean con gran altura poética.

García Gayo hace poesía narrada y enuncia los hechos más cotidianos describiendo maletines o grúas con una original metáfora.

Ve lo que lo rodea con ojos de artista. Para los que la realidad tiene muchas caras. Y las descripciones avanzan y se mezclan con su emoción al resaltar la enjuta copa, la oficina común llena de vidrios y de sillones de cuerina como el descubrir en las personas “diferentes” (el albino) sus condiciones humanas y “sus sentimientos blancos, sus blancas dudas, sus blancos proyectos y sus blancas despedidas”.

El detalle crece en cada relato poético con una profunda sencillez. Tiene una visión única de lo cotidiano. Personal. Eso lo distingue.

Relatos y anécdotas de viajes. Geografías conocidas. Colectivos de rayas azules. Todo se cuenta con un decir coloquial, pero al mismo tiempo con una profundidad exquisita de disciplinado observador.

Es para mí el poeta de referencia. Toda mi admiración y mi respeto.

Isabel Krisch

Incluyo un poema de Juan García Gayo, de esta Suma Poética:

“La Copa”

4

Mi padre, después de muerto, sigue a la defensiva.
Su manera de mirar por encima del diario es de perplejidad
pero también de euforia,
eso de que la vida puede ser algo más,
la mujer con los hijos pequeños, gente que se conoce por el llanto,
que mató la nostalgia.

Mirar por encima del diario quiere decir:
Desconfío del rumbo natural.
Quiere decir: Escondo una delicadeza.

Callado y melancólico es mi padre.
Una vez le pedimos que se acercara guiándose por el fuego
de la costa pero encontramos solamente
a un nadador desnudo en mar abierto.
No sé cómo podrá llegarle la salvación.

Mi padre ha sido padre durante demasiados años
y yo no puedo ser un hombre.

Quiero adjuntar aquí un poema que me inspiró su libro “INOSHA” que tuvo la deferencia de regalarme. Fue uno de mis presentadores cuando el 7 de julio de 2005 presenté en La Blanqiada, Café Literario, mi tercer poemario: “Entre la Roca y el Aire”.

A Juan García Gayo

Queda vivo el amor
la palabra quebrada a contraluz
la voz

el loco recuerdo de un caminar con pies de madera
una fatiga ajena que fue propia
la pena como piedras puntiagudas
y en el corazón     los fresnos anaranjados de mayo

A veces     alrededor     las cosas se vacían      es cierto
pero quedan las palabras hermanadas
los pigmentos de la lluvia
innumerables cajas de chocolate adonde zambullirse
el rayito de sol que se coloca al lado de uno en el andén

ese sol que muerde a la luna     en un suntuoso crepúsculo

aquel grano de mostaza en la imaginación
el viaje intencionado sobre el lomo de un delfín

Y aunque duela el verano
el otoño     (estación amiga)
y el invierno     y la primavera
queda el recuerdo
que es la fuerza suave muy suave
que lame la escarcha de los primeros fríos

/las casas de los hombres tal vez no sean tan estrechas
pero lo que es seguro es que las plantas de la nuestra    siempre
necesitarán del agua/                                            

Con mucho afecto
Isabel Krisch

La Luna Que (Edit.) 2004 – Colección: Poeta Joaquín Gianuzzi/3

A veces, por ser demasiado escueto y contundente, el autor deja al lector con ganas de seguir leyendo. Lo terminante de su mensaje hace que cada poema suene a máxima. Pero creo que ser tajante y rotundo en el decir marca un estilo y un carácter personal y propio. Generalmente, afirma y profundiza lo que se quiere insinuar.

Observador del alma, cálido y buscador de la espiritualidad, habla de ello en los veintisiete poemas de este pequeño libro: del azul que puede recordar, de los ojos de fuego, como soles, de las evidencias que muestran, de los dedos que provocan, de lo que acarician, de lo que mienten. Y lleva a aquellos ojos a la oscuridad o refuta lo evidente y se lleva a sí mismo a la intemperie o nos cuenta cómo a través de él, silba el aire.

Joven, talentoso y con una personalidad que es acorde a su poesía. Conocí a Rubén Eduardo Gómez en el festival de Rosario de 2005 y me gustó la forma que tiene para decir los versos que escribe. Con su voz varonil y excelente dicción hace crecer sus trabajos y los embellece.

A pesar de su tamaño, la edición de LA Luna Que es una gran selección.

Siento que aún, a pesar de sus otras publicaciones y premios, el autor está contenido en su productividad. Pero intuyo que posee una carrera muy prometedora. Y, de verdad, se lo deseo.

Isabel Krisch

 

Incluyo aquí un poema de este “Libro del Ojo” de Rubén Eduardo Gómez:

XX

Primera Besura

cuidame de esta besura
quieras tenerme en tus labios
y permitirme
que no me pegue a ellos
sino
que lleve la sangre a latir desde ellos
que estén mis ojos
y que quiera saber de ellos
y ser

Alción Editora – AÑO 2003

Podría ser que Paulina Vinderman intente en “El Muelle” escribir una novela.

Y en los amplios espacios que deja la ensoñación para la búsqueda del tema navegue desde las imágenes de un café adonde algún hombre enigmático fuma una pipa, y trate de adueñarse del aroma del tabaco cambiándose de mesa, para aspirarlo mejor cuando aquél lo abandona, al irse.

Es posible que la búsqueda sea en ciudades ajenas, las que apenas toca para regresar siempre a la suya. Y explore en puertos con brumas, puertos-abrigos y mares, veleros y acantilados, botes y naves fantasmales y el barco de un abuelo.

El agua de un río que fluye con la poesía natural de la autora es como un manantial que va corriendo en su cauce. Río que es propio y que es eternidad o himno.

En todas partes se puede indagar para encontrar el rumbo, así las paredes pueden anunciar: “el zorro se comió a la fábula” o “la memoria acabará conmigo”. Pero “esta chica flaca que escribe lanza, cielo, viento, que escribe gato”, es una Paulina que viaja a través de un disparador externo o de la memoria, para intentar desenmarañar viejas historias ancladas en algún muelle del pasado. De un pueblo árido y opaco con mineros que dejan sus canciones y sus mujeres en la entrada de un pozo, o donde las niñas juegan a perderse, a las estatuas, a tomar el té o a dejar miguitas para encontrar algo. O para que las encuentren.

La niña que fue Paulina se inquieta al recordar cómo descubre y parte en dos los secretos de la gente.

Comenzará a escribir la novela en otoño y espera liberarse con un abanico de un calor desmesurado, que puede surgir de su ansiedad por elegir otro género literario.

Se desplaza en ese derrotero difícil que es “correrse de sí misma para encontrarse”, y en la travesía la acompañan una abuela que pide que le cuente un cuento mientras desarma su rodete, o un amor/urgencia con quien comparte una única noche plateada. La soledad, finalmente, es un alivio para no confundirse en la desesperación.

Creo que la novela fue escrita en este “Muelle”, pero con versos largos y llanos, con imágenes ricas, llenas de viajes reales e imaginarios, de personajes enigmáticos, y de sí misma, de quien, opino, no debe correrse. De ser esa mujer con una blusa de geometría alada.

La poesía de Vinderman vence, finalmente, el anhelo de otro discurso.

Nos transporta con lectura amena y coloquial a un mundo acuático o árido, a la tierra de la mina o a la tierra colorada, al paisaje de la selva, a los buses, a los vestíbulos de los hoteles y a otras variadas geografías.

Nos conduce a todos los puertos en los que recalamos en el viaje inevitable, ése desde “la niña que se descose como una muñeca de trapo” hasta “la mujer con lagunitas saladas sobre el cuerpo”.

Siempre por el camino de las pulcras y maravillosas capas del enigma de sus versos.

Con admiración a Paulina
Isabel

Incluyo aquí un poema del libro: «El Muelle» de Paulina Vinderman:

I

Cuando el otoño llegue va a empezar la novela, dice,
y señala en el aire un café como quien señala el destino,
dueña de esa música ambigua y perfecta que crea el corazón.

Habrá un sueño para seguir, en un paisaje carbonizado.
Un río para seguir, de orillas monótonas
con árboles dormidos como grandes elefantes.
Habrá pequeñas anotaciones en los bordes de las hojas
como si la vida interfiriera,
como si chamuscara un pergamino para envejecerlo,
como si la memoria recortara en papel glacé
las indecisiones, la epopeya privada.

Planea los silencios, la inconstancia, la vaguedad
como focos de poder
sobre lo que no se puede recordar pero se sabe.
Un abanico para su fiebre cuando surja:
Pensar la aridez
en el atardecer del pueblo más opaco, menos elocuente
que pueda dar una escenografía
a la emoción crónica de la realidad distorsionada por el arte.

La flauta del pastor en el museo local.
Las murallas bajo la amplitud de la noche.
Y una fuente, donde sentarse a conversar con el personaje,
todavía huraño, todavía presuntuoso,
en el centro exacto de su historia.

Ediciones La Guillotina – Marzo de 2006

Graciela Licciardi expone su “cuerpo abierto” y surge desnuda y completamente escrita en cada uno de sus versos. Y es la que escribe que no escribe; sin embargo, busca y encuentra las palabras justas, los apelativos correctos y la semántica adecuada para que su decir deje aflorar, entre el cúmulo de recursos, el contenido.

Y el contenido es ella, transparente, entregándose como hija, como madre, como esposa y mujer. Pero, agrego el tópico esencial, no como una mujer común que cumple únicamente aquellos roles, sino como una prolífica poeta.

Es capaz de recorrer, entonces, distintos estadios del sentimiento, desde la melancolía de un recuerdo, como el de los estofados en ollas de colores de la abuela Rosa, que cantaba un collar de caracolas, o el de la figura cóncava de una cuchara familiar portadora de jarabes y de vigilias o la evocación de un papá que sembró ternura con sus consejos.

Y es hábil para rescatar las penas propias y las de los demás. Lo social también deja ver su costado más duro y hay mujeres golpeadas y niños abusados que duelen. Y son las penas, gigantes, las que hay que colgar de las perchas de la casa. Aunque a pesar de ello queden esquirlas, y por eso hay que escribir y escribir, con manos de alondras, desesperadamente, como Graciela, para romper las cadenas que clausuran.

Licciardi es diestra para reconocer que la vida es ahora, sin embargo, a pesar de las arrugas de la piel de los espejos y de tantas pérdidas, a las que esa cabeza empecinada en no dormir, esa cabeza que no descansa y a la que se le derriten los deseos, lleva uno a uno el pensamiento y como un gusano corroe las entrañas.

Reivindica en la compulsión por seguir escribiendo, la búsqueda de respuestas, el amor infinito hacia los hijos, que son hombres, y reafirma para ellos su palabra como legado, como única herencia. Y hacia el hombre cuya lengua subvierte en la mitad de su entrepierna, para quien, se entiende, se puede ser gallinácea en celo, ovejita o loba que devora el todo entero de aquél, con dientes afilados.

No escatima la exclamación o la pregunta de para qué salir al mundo, ni la queja del dolor acerca de la dicotomía a la que todos somos expuestos, gritando que la vida es una eterna pesadilla. A todos nos pasa. Pero no todos somos capaces de decirlo en el anticuerpo de la metáfora.

Esta loba que ruge su miedo a la muerte, “descorporizando” su entidad femenina, llenándose de letras o creando antígenos, es Sísifo, Ulises, Shakespeare y todos los poetas de quien toma los epígrafes para unirse a ellos y honrarlos, citándolos, para retroalimentar el disparo de la flecha que va a acertar en el blanco mismo del poema propio.

Algunos podrán decir —lo he oído— que hablar del cuerpo es reiterarse. Yo creo que el que portamos todos es reverenciado cuando provoca y trasmite una franca gama de costados y de sensaciones. Un conjunto de tropos que abrevan en una reveladora y original fuerza poética.

Con cariño y respeto a Graciela Licciardi
Isabel

 

Incluyo aquí un poema del libro: «A cuerpo abierto» de Graciela Licciardi:

 

Es la madre de adentro, no es mi madre

 

no se piense
la que cocina trapos sucios
la que limpia indiferencias
que fatiga los días
con cada una de sus noches
y lame las entrañas
con su pequeña zarpa,
la que fragmenta sueños
y lacera los deseos
la que duela a los vivos
la que castiga mi nombre
doblada al anochecer
de diarias pesadillas,
es la madre de adentro,
no es mi madre
no se diga,
la que escupe mi sombra
la que hiere el amor
la que sutura la leche
como un ácido veneno
es mi madre de adentro, no es mi madre
la del mandato certero
la que apaga los proyectos
la que opaca los rincones
de oscurecida vida
la que siempre paga deudas
de un exilio hipotecado
por silencios
la que siempre la que nunca
es la madre de adentro,
no es mi madre
no se equivoque
es la loba que aúlla
tan cerca
y tan cerca
que da miedo lastimarla

a Marcela O’Shea que me enseñó a descubrirla

La Luna Que – 2006

Norberto Barleand nació en Buenos Aires. Y de esto no cabe ninguna duda para el que lee su poesía. Lo porteño de su voz se entremezcla con la sensibilidad que emana de su escritura elocuentemente evocativa.

Dice la añoranza en “la mesa familiar”, “el sillón de mimbre donde se sentaba la abuela”, o “la madre en la cocina tejiendo con hornallas de ternura las amapolas del verano”, y hace un minucioso recorrido por la mención de los objetos preciados: “alfombras”, “espejos”, “cristales”, “jarrones vacíos”, “candelabros”, “cuadros” y “relojes”, entre los que creció. Así, su poesía es sinestésica, visual y olfativa en “los perfumes de la infancia”, el “aroma del patio”, “la fragancia de las veredas” y aún imagina las esencias ideales de “las rosas dibujadas en un lejano balcón”, hasta en “el olor a bronca de los umbrales”. Y se hace audible en “las nutrientes del canto” o en “las horas de magia frente al piano”.

Todos los sentidos están vivos en la 1º Parte: “Los árboles perdidos de la infancia”. Y de la lectura y del análisis primario de sus versos se puede inferir que dicha etapa y la familia de origen abren todos los canales del sentimiento a la palabra y a la metáfora. El padre muerto prematuramente, la madre llena de temores, una abuela presente, una hermana “madriguera” y los amigos entrañables (en los que abreva, emotivo: el Polaco y Tedy), son muestra de aquello.

Su lírica es, con intensa notoriedad, un necesitar escribir el pasado y la nostalgia, y las imágenes lo pintan, taxativamente, tal cual fue en tiempo y espacio, con entorno de barrio, de fútbol, tango y trasnochadas. Y los “rostros que hoy no encuentra” “caminan por la hondura de sus venas”.

En el 2º capítulo: “Verdor del Tiempo”, la intención, el recuerdo nostalgioso se vuelca a la mujer que ya no está, la que pronunció “ajados estribillos”, la que huyó “con las penumbras del rostro” y que provocó, tal vez, los “desvelos del párpado”.  Y parece dejar entrever que la herida que ocasionó la caída de “aquellas columnas que construyeron juntos”, es hoy “la astilla del tiempo” y todo eso lo apesadumbra y lo desvela.

Los “aires de otros pájaros”, “la búsqueda de un nido”, “la argamasa que penetra en otros brazos desde el silencio y los despojos” son la sed que aspira a “un paraje sereno” y al olvido.

Y se pregunta el hombre: “¿en qué sitio intentaré la vida?”, cansado —parece— de “los árboles raídos por el llanto”.

En la 3º parte: “El viento de la memoria”, es “un labrador de azahares que camina por arbustos de tierra y semillas de aire” y lo acompaña una preocupación metafísica, tras la metáfora por la tierra, por el hombre como sustancia y su geografía. A veces, es “la pasión que se dibuja sin máscaras” en la sangre revuelta; y vuelve, una y otra vez, en “el cuerpo crispado” y rebelde. A veces, es “una agonía de lluvia derramada”. Y es una alusión permanente a lo social y al mundo donde se desenvuelven nuestros tránsitos, nuestro humilde rumor.

Y es también, en el 4º capítulo, un “Homenaje” a Federico García Lorca y Elvio Romero, grandes poetas ambos. Grandes poetas grandes.

No todos los hombres se animan a mostrarse desnudos de alma, descarnados, como Barleand  en este libro de poemas. Debajo de la palabra del escritor simple hay cicatrices, hondura.

Es poco común que la masculinidad desabrigue el sentimiento más primitivo hacia un núcleo visceral y primigenio como es la familia de origen, los seres amados y los recuerdos tan sentidos, incluso los admirados, en la mitad de la vida.

Es infrecuente que el pudor varonil se despoje, abiertamente, de las sensaciones de ahogo por el “amor sin romance”, “los días que sollozan las heridas que ciegan” y “las trampas del luto que ennegrecen la sangre”.

Es él mismo, quien en su prólogo, alude a la admiración que siente por los escritores que recalan en la concepción humanista de la vida, siendo en este poemario, uno de ellos. Como aquellos que expresan abiertamente lo más hondo de su sentir. Y, sin duda, participando con absoluta dignidad de esta escuela.

En el ánimo del poeta, están las preguntas como “qué será del asombro si nada ocurre ya” y tantas otras, retóricas, que esconden la angustia insalvable del tiempo que pesa.

Como conclusión, Barleand lo dice todo en forma de poesía. Tal vez y al cabo; porque es, finalmente, hombre.

Con mucho respeto y admiración
Isabel Krisch

 Incluí este poema de «Finalmente, el hombre»:

 

Luces encendidas en la casa

 

Cuando enciendan las luces,
todas las luces de la casa,
e iluminen el patio
                                 y la nostalgia,

las antorchas de los cuartos
destellarán en la cepa del recuerdo
un vino de ilusión y de pereza.

Brindaremos por el pan y la ternura,
la frescura del canto,
el amor sostenido
                                por tus alas.

Para que vuelvan los hijos,
las sirenas de la noche
                                     y sus orquídeas,
al refugio del aliento.

Yo
estaré aguardando,
con la pureza del mantel,
                                         las acuarelas,

con las ráfagas del viento en cada mano,
con las venas peregrinas de cansancio,

los años que volaron
por ventanas de brumas
a buhardillas                
                       de laureles.

Ahora crecen los sueños de la infancia,
los dolores de ausencia,
                                        del olvido,
como una gota de espinas y de pájaros
                                                              clavada en las entrañas,

en las paredes, los cuadros, los postigos.

Cuando apaguen las luces,
digo,
cuando apaguen todas las luces de la casa,
me encontrarán
despierto en los balcones,
quizá
junto a la cama,
con una carcajada en la mejilla,

con las pupilas abiertas
y huéspedes
y lámparas
                 iluminando sombras,
                 un nido de luz y de fantasmas.

Poesía del Mundo Hispánico (Volumen XI) – Instituto Literario y Cultural Hispánico – 2006

Luisa Berutti pinta con la palabra el paisaje característico de la Patagonia, que es su raíz y su cuna, y agradece al lector estar ahí, del otro lado de la página.

La geografía del sur de nuestro país es característica, y en cada poema está su sello con marcada intensidad. Leerlos significa viajar por los escombros de la meseta, caminar entre los bosques incendiados, ser parte de los cañadones, de los cursos encajonados de los ríos que descienden saltando las piedras desde la montaña hacia el oriente. Y pisa la autora, sigilosa, la naturaleza que es esculpida en la estepa.

En fantasías nocturnas recuerda “el eucalipto, cuyo porte que fue faro en su comarca, trae las sombras del ayer que navegan por su sangre, y que ha sobrevivido —como la remembranza— a las tempestades”.

Y hay “montañas del otro lado de la ausencia”, “memorias de agua en las piedras”, “lluvia lavando fortalezas”, “sinfonías minerales”, “águilas” y “abismos”, “pájaros errantes” y “silencios”.

Los versos se distribuyen estéticamente en el centro de las hojas; su lenguaje, prolijo y claro, profundiza en los recovecos de un tiempo que pasó.

Algunos otros paisajes que incorpora traen imágenes de barco y mar, de niebla y lunas, laderas y campanarios, esculturas y sueños.

Pero en una intimidad obsesiva, revolviendo los baúles de la añoranza, entre guijarros y escombros se siente, empecinado, el ulular del viento patagónico. Como un trasfondo constante, como una inquietud que la desvela, como un obcecado y persistente recuerdo.

El viento arrasa, inflama las velas, barre, trenza las palabras que se lleva. El viento danza, azota las matas del camino, es torpe, es libre, susurra. Con el viento conversa, va de su mano, es cómplice. La acrecienta. Tanto que, “Entre el cielo y la tierra”, Luisa misma es viento.

O, tal vez, es ese fantasma que se cuela por las hendijas de su memoria y que de tanto y tanto nombrarlo logra “detener su lágrima”, aunque sólo sea por un instante.

Afectuosamente
Isabel Krisch

 

Incluyo aquí un poema del libro: «Viento y piedra» de Luisa Berutti:

 

Imaginar un largo camino

 

Gracias por estar
del otro lado de la página
De su mano atravieso
los cañadones
de mi infancia
abrumada
de niebla
La claridad anuncia
el torrente
en el bosque incendiado
colérico de llamas
imágenes que avanzan
vigilo
la puerta imaginada
con amores y odios
penumbra de las aguas
Sólo me detengo
ante la piedra estatuaria
donde se posan los pájaros
y el viento
arrasa la aurora
cabalga hacia el levante.
Ensombrecida de lluvia
damos permiso
a la rutina
para que descanse
en los tiempos
de atardeceres
infinitos
La memoria
asoma con recuerdos invisibles
detrás del pensamiento
donde yo desprevenida
convoco las ideas
que me invitan
a su danza
a su incansable baile
de sosiego.

“De los cuatro Vientos” Editorial – Buenos Aires – 2006

Gustavo Tisocco se abre a la memoria desde los primeros poemas con el recuerdo de la infancia y de su pueblo: Mocoretá, Corrientes. Las fotografías que acompañan su obra reafirman el clima de nostalgia y el tono melancólico de su poesía. El blanco y negro incrementan en las imágenes la pesadumbre y, más aún, el desgarro que le ocasiona la remembranza.

Cuenta que se escapaba con sus hermanos al río o a la vieja estación a inventar fábulas, y jugaban a hacerse los muertos y a practicar las ceremonias de un entierro. Las calles tenían un circo reluciente y había un fuerte olor a mandarinas. Cuenta de una casa mustia y de la mirada triste de su perro.

Entremezclados entre los paisajes físicos concretos o entre las figuras representativas que parecen alucinarlo, está destacada sobre todo, la evocación de su madre que lo acunó cuando era inocente y que pregonaba que en la siesta habitaban los duendes. La de su padre, que le regaló el rostro de niño, su infinita tristeza y su abrazo. La de su abuelo Juan, que se hizo gorrión para ampararlo. La de su tío Jorge que partió, sin avisar, sin mirar atrás.

Hay también un poema para una amiga cubana cuyo corazón es tan grande como la isla donde habita o una mención a Alejandra Pizarnik, para llorar debajo de su nombre admirado. Y no olvida involucrar su abatimiento por lo social cuando hace poesía sobre el soldado desaparecido o sobre las Madres de la Plaza de Mayo.

Pero, sin embargo, la añoranza duele. Hay un adentro profundo, solitario y desgarrado. Triste. Un hombre que es niño en el recuerdo y evoca el dolor de ese tiempo en la abundancia de tumbas y en espacios mutilados, clausurados o infames. En burlas que dejaron cicatrices y que deja entrever que ya no quiere ocultar y así se desnuda en lágrimas, en muñecas definitivamente rotas, en muertes incontables.

El pasado es, para una sensibilidad en carne viva como la de Gustavo-poeta, lo que lo hace sentir que tiene una sombra de hormiga o que es pequeño, ínfimo, imperfecto o simple.

Yo digo que es valiente. Que nadie que no tenga su coraje puede contar de esta manera lo que cuenta. Y menos con forma de versos.

Huye, sin embargo, con la palabra poemada, con la metáfora, con las aves, con el despojo a cuestas, con un apasionamiento poco común y opta por el exilio, que es ese “paisaje de adentro” al que quiere disminuir cuando lo llama “impreciso vagabundo”.

No conozco más intimidad de Tisocco que la que denota en este poemario amplísimo y claro. Es una muestra de un alma pura, de un corazón dolorido y de un ser “huérfano de sí” que se suicida  en pájaros y se mutila los brazos, que pierde la mirada tras la brisa y se pregunta cómo será vivir en un hueco.

Y que a pesar de que se acostumbró a ser muro y a escalar precipicios, puede dar. Desarrolla su trabajo con los niños, es pediatra,  los sostiene y los trae al mundo. ¿Hay algo de mayor entrega?

Y, además, crea páginas donde convoca y promueve a sus pares poetas con una cuota de generosidad no habitual.

Y sigue aquí.

Para seguir escribiendo.

Afortunadamente.

Un abrazo a Gustavo y mi sincero aprecio
Isabel

 

Incluyo aquí un poema del libro: «Paisaje de adentro» de Gustavo Tisocco:

 

No es que ahora
vuelvan a mí los rostros perdidos,
las víctimas de la noche,
los escondidos andamios.

Como alud retornan tantos perfumes,
tantos besos equivocados,
los ladridos de los que fueron fieles,
las lágrimas de mi niño.

No es que ahora, precisamente ahora,
retumben los truenos, se rían los mártires,
sangren cicatrices escondidas.

Fue siempre, desde la casa mustia,
que la melancolía vuelve a despertarme
y que los años increpan
desnudando recuerdos.

Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano – Setiembre de 2007

“Cuando el mar entero llora, las niñas enmudecen”. Tal vez, esta frase sea una clave para ingresar en la temática poética de Jänkel.

La lectura inicial de 12, su primer libro, simula un hermetismo que subyace en el lenguaje de la autora, sobre todo para el ojo desprevenido o no habituado a la poesía moderna y simbólica. Pero, inmediatamente, una segunda y una tercera revisión (ejercicio que debe hacer el lector de este género), hacen crecer en la mente y en el corazón, lugar exacto donde anidan los sentimientos, la angustia que transmite la voz poemada.

Doce es una edad: “Dormí hasta los doce”—cuenta. La edad donde “apenas se sangra”. Con la que se puede dormir en “una camita angosta”. Y donde siempre “las orillas son de terciopelo”. Tiempo en el que se le puede “regalar una estrella a una perra atigrada”. Las fotos, propias y auto-referenciales que acompañan el texto, parecen dar cuenta de la cronología.

“El padre herido que no perdona”, nos dice Jänkel y el hermetismo se va deshilachando lentamente a medida que se avanza en la palabra y en el drama. Y desde el infortunio aparente que se sustrae de la metáfora queda “su otra mitad muda”. Un recuerdo indemne, latente, tormentoso: “de olor a pólvora y a sangre fresca”.

Recurre una y otra vez a una mancha que aparece y reaparece en cada verso, en cada obcecado renglón, en cada foto. Esa mácula, que está en su historia oficial es sangre roja, “tan roja que era negra”. Es una imagen recidiva que es necesario limpiar y para lo que: “he probado infinitas escobas”—dice; implemento que usa, para que desaparezca finalmente “después de las doce, cuando el sol se refugie tras los álamos y el fondo se envuelva en sombras”. En las sombras de la mente—digo. Y, entonces, “allí no ha pasado nada”—define contundente.

El escritor que en esencia es poeta, sobre todo, siente. Más allá de cualquier otro género, la poesía (cualquiera sea el modo en que se la registre), insiste en escarbar las vísceras, mucho más en una primera obra, porque ellas son la realidad más cercana. La propia, la que arrastramos. Lo que es necesario expeler de las entrañas convulsivamente, aunque ardan la boca del estómago y los labios. Con este compromiso, la posibilidad de decir en forma de alegoría, sana. Estoy convencida de ello. La calidad de cómo se lo dice, permite el salto hacia la universalidad.

Claro, hay que exponerse y “poner el cuerpo como la punta de un iceberg que esconde su enormidad en el fondo”. Por eso, uno queda “en carne viva”. Entonces, comprende que es “hora de poner orden, de limpiar”. Y escribe para permitir “darle forma a lo informe”, sacar hacia afuera “el absceso o la locura”, esos cortes y sus consecuentes cicatrices. Ese “infierno donde no hay sol, ni do-re-mi”. Y repeler así las fobias que quedan y que es preciso vomitar, aunque algunas veces la expulsión voluntaria sea  dañina.

Personalmente, creo que siempre el que escribe expresa el contenido de una necesaria vivencia interior. No puede librarse de ello. Es el carácter, la forma con que lo dice, la fuerza en la expresión con que lo acompaña, aquello que ubica el producto en un lugar de trascendencia. Para esto, Silvia es puntillosa. Todo lo que expone está prolija y minuciosamente pautado. Más aún, lo muestra. La narración subyacente se acompaña con las fotografías adecuadas. Nada es casual.

Prosa poética, por momentos, escuetos versos entre barras, párrafos en bloque como para acrecentar el ahogo que provoca la palabra apretada entre los dientes. Oraciones cortas. Unimembres. Contundentes. Desoladas. Agobiantes. Sensaciones olfativas, visuales, táctiles, cinestésicas dejan al lector sin aliento. Nada es casual.

Varias hojas en blanco, esa “suma de todos los colores” en los que hay que volver a creer. Vacías. Para pausar, para observar como la lavandina que limpia las manchas y se mete en los intersticios de sus versos “primero por los bordes hasta llegar al fondo”, bien al fondo de la memoria. “Como es adentro es afuera”—nos afirma. Y pule. Y prolija.

La recurrencia del doce parece obsesiva. Una y otra vez la edad, la hora doce, las fotos son doce, y un arcano doce que representa el apostolado, el sacrificio. Ése de la niña “que lloró el silencio de todas las niñas que vieron”. Que durmió, que ignoró, que transitó hacia el descubrimiento atravesando por ese horror que dejó “cinco piezas desarmadas”. A “esa presa inocente” que no entiende, que se desespera, se sorprende, grita, se desdobla, se ensimisma, se asusta. La que casi se convence de “que no le habían robado nada”. Para quien las estrellas son de juguete. Y el mar se agranda entre las costas.

A la que  “le quitaron la venda”, pero a pesar de ello, le quedaron los miedos a los ascensores, a los trenes, “porque cuando cierran sus puertas ya no hay por dónde poder escapar”. A la que le tiemblan las axilas, los muslos, las piernas, las manos, el cuerpito. La que prefiere elegir “las butacas laterales”. La que dice ser “hija de la herida”.

Toda cicatriz siempre es roja al principio. Más tarde, los cambios de pieles semejantes a los de las serpientes. Luego, las mudanzas que obligan a “levantar cajas con la esperanza de quitarse un peso de encima”, traen alivio. Y es beneficioso reconocer el síntoma. Sí, es la salvación. Es un consuelo “cuando el aire circula por otros canales”.

Así se comienza a “intuir la música” y a comprender que el “cuerpo quiere perdonar”, que las lunas giran y se puede elegir el lado de la cama  que le permita al otro acariciarnos con su mano más cómoda.

Se logra incluir, entonces, como última imagen, a la niña besando una flor. Y se convive “con la bala que mató, con la náusea, con el colmillo de la bestia”, con el recuerdo descarnado en este 12 artesanal. Fuerte. Impecable. Desgarradoramente profundo.

Todo mi afecto y mi admiración a Silvia.
Isabel Krisch

 

Incluyo tres poemas de «12»:

 

1)

/ no sé si es / barro / lo que brota / o si soy yo /
                          /hija de la herida/

 

2)

Lloro el silencio de todas las niñas que vieron.
Presas inocentes. Fantasmas de ojos catacumba.
Me quitaron la venda. Desataron las amarras y
ahora soy mi propio llanto. Espeso y verde. El
mar o el bosque. Más vivo que muerto.

 

3)

soy la bala que mató
soy la náusea
que quema (de a poco)
el colmillo de la bestia
(blanquísima)

Editorial Sudamericana bajo el sello de Lumen – Octubre de 2005

Siempre duele concientizar los espacios vacíos que dejan los seres que uno amó y ya no están. Mucho más, en la edad madura y luego de una separación de pareja. Es ahí o en una situación de pérdida semejante (lo que se parece a un sismo interno que, por lo menos, desestructura), cuando la integridad queda escindida y uno se plantea cómo hacer para empezar la vida otra vez.

Se añoran las personas, los espacios, los lugares compartidos en la convivencia. Y es cuando la mirada insustancial se dirige “a la puerta de  la propiedad que se fue de mí y que me espera afuera, para que todo empiece de nuevo”, dice textualmente la autora, y se considera “okupa de su propia casa”.

La soledad como leiv motiv de este poemario de Tamara Kamenszain es recurrente en cada verso. Es, básicamente, la pareja perdida. Y es querer retornar a la vida de relaciones. Al “mercado”, diría alguien, porque la situación nos encuentra en la medianía de la vida y no nos resignamos al destierro.

Ahora, en ese tramo de la “cuenta regresiva” que es propio y de tantos, estamos solos. Y hay, probablemente, un temor enorme de encontrarnos con nosotros mismos. Es miedo a sentirnos “cenicientas de radiotaxis” y creernos que es sólo “la nuca del otro la que nos ve” o aspirar únicamente a “la compañía de la radio en el horario nocturno” porque somos “parias casamenteras”.

En la primera parte del libro, Kamenszain plantea la situación exacta por la que atraviesan cientos de personas en esa búsqueda de reedificación interna. Esa circunstancia es de unicidad, de desierto existencial por el que se transita cuando nace la necesidad imperiosa del afecto y de la canalización de las urgencias.

 En este caso, el proceso lleva a la melancolía, al recuerdo de cuando se era un ser protegido y había un hogar del que sólo quedan “fotogramas”.  La poeta revisa, en estado nostálgico, el “atrás de los cuadros” o el “debajo de los muebles”. Analiza el último tramo de la historia, quizás para tratar de asimilarla, cuando el hombre “se mudó a la deriva” por los cuartos de la casa. Y escucha todavía, como un eco recurrente, “el sonido de la mochila del baño que ruge por última vez” y perdura la sensación de que ese inodoro es el “que nos traga lejos hacia otros hogares”.

El desafío es cómo volver a comenzar. ¿Qué hacer con la vida, sino? ¿De qué manera se inserta uno en la sociedad nuevamente? ¿Cómo mezclarse entre “aprendices”, “muñecos de aserrín”, “desconocidos”, hasta ése que “transpiró en mi hombro y que ni siquiera tiene mi número de teléfono”? Con ésos con quienes formamos un “efecto pornográfico de grupo”. Con quienes nos encontramos “sin nada en común”, insiste Kamenszain.

En la segunda parte, sueña, imagina al hombre nuevo, al que vendrá, al que podrá amar, porque la ilusión del amor no se pierde nunca, y la fantasía de gustar al otro, de que el otro nos pregunte quienes somos y se interese por nuestra totalidad, persiste siempre.

En esa búsqueda, se recurre a los espacios creados para esos “solos y solas” desafectados de lo que se supone es la edad de la seducción. Se rastrea, en una foto inducida, “un idioma común”, “una misma pasión inútil” o “algo en los ojos del otro que nos acompañe”. Y uno se siente acalorado por los acercamientos y fabula con la charla, con esa conversación sin bostezos, sin la interferencia de los viejos fantasmas. Trata de dejar afuera las imágenes de “una mujer superpuesta”, esa otra u otro que anida “adentro tuyo”. O adentro de mí.

En este tramo del libro, cada poema, obsesivamente, recurre en el primer verso, a la ilusión, al deseo programado de “cuando te vea por primera vez…”.

En la tercera parte y final, surge la imagen del padre. ¿Es casualidad recurrir a este recurso cuando uno se siente tan solo? ¿A la alianza (símbolo del matrimonio) que se cae del dedo del progenitor, en la sala de terapia intensiva, cuando “el tiempo de la familia se aleja”?

Tamara escribe muchas cosas cuando lo nombra. Sus orígenes, judíos, y el rito donde los nuevos esposos se unen debajo de un toldo. El “techo nuevo” que tapa las cabezas de los contrayentes. La “telita apenas” que se hincha con el viento del desierto. La copa que se rompe envuelta en un lienzo para que no corte. Y en un “dialecto que aprendió de chica pronuncia la monogamia de los suyos”.

Nadie duda de que la esencia poética es autorreferencial, aún de manera inconsciente. ¿Por qué, entonces, no buscar allí el resto de la infancia que “el entretiempo de la literatura pone cerca”, si esta imagen nos guarece con el afecto mencionado que ansiamos y ahí, en ese momento de la vida, tuvimos? ¿Por qué no hablar de sí? Si “el motivo es el poema”. Y el poeta está siempre dentro de él. Invariablemente. Más que en ningún otro género literario. ¿Por qué avergonzarse ante el espejo si otro reconoce nuestra letra? ¿Por qué pesa “desde la cuna esa estrecha alianza con el padre”?  Si “los extrañamientos se habitan”.

“Ningún golpe oracular abolirá el tiempo”, afirma la poeta. Y es válido, natural, legítimo quedarse para la ensoñación y para, otra vez, poder hablar de amor.

Conocí a Tamara en un encuentro de Poesía de Rosario en el año 2005. Tuve la oportunidad de conversar con ella en un íntimo e interesante almuerzo entre las mesas de lectura. Descubrí su sensibilidad y percibí aquella nostalgia que muestra en este libro. Estoy segura de que lo sensible no es sinónimo de lo lábil. Todo lo contrario. La poesía de Kamenszain es clara y potente aunque no recurre a elevadas metáforas que disfrazan el texto. Usa un vocabulario común para contar una historia de todos los días. Tiene una expresión vívida. Cotidiana. Realista. Conmovedora. La transita y la transmite con indudable maestría.

Desde mi admiración y con mi respeto
Isabel Krisch

Incluyo tres poemas de «Solos y Solas»:

 

Poema de la pág. 11

Soy la okupa de mi propia casa
desde que la propiedad se fue de mí
ya no tengo escritura y como en los sueños
la puerta de entrada me espera afuera
para que todo empiece de nuevo
atravieso de canto esa hospitalidad
atrás de los cuadros debajo de los muebles
se aquerencia un techo nuevo
donde hubo hogar quedan fotogramas
vos tú él el hombre con la cama doble
mudado por el cuarto a la deriva paso a paso
los libros del living lo siguen arrastrados
en un maletín que se desfonda y es en el baño
donde la mochila ruge por última vez
Hablo de un inodoro que nos traga lejos
hasta otras casas.

 

Poema de la pág. 29:

Cuando te vea por primera vez
me voy a hacer la que no te conozco
como una nena acalorada
cuando me digas tu nombre y yo descerraje el mío
en un amago de presentación que nos acerque
me voy a correr hasta que aparezca un título
para nuestras vidas vividas con otros
vos contás yo cuento y juntos
a cuatro manos convocamos fantasmas
nuestros ex se presentan solos
y nos dejan fabular tranquilos
en lo que dura la charla

 

Poema de la pág. 46:

son mis padres se casaron para tenerme
y yo aquí me tengo entre los solos y solas
anillos de fantasía solitarios baratos
que en los salones relucen como oro
para que no me roben salgo corriendo
me meto de cabeza por la boca del subte
fecha tras fecha las puertas se clausuran
tras nacimientos tras bodas tras muertes atrás atrás
por alianzas imposibles y a contramano de los aniversarios
el tiempo de la familia conmigo se aleja
y lo que resta todavía de infancia
en el entretiempo de la literartura se pone cerca

Vinciguerra – La boca de Calíope – Octubre de 2007

Luego de una primera lectura de “Asimismo, todo aquello”, uno puede acercarse a su lenguaje e imaginar la personalidad de su autor. La poesía es una gran traductora de la interioridad del poeta. Pero el lector responsable lee una y otra vez la letra, sobre todo cuando el texto se muestra con altura desde el principio. Es la manera de ahondarla que entiendo más genuina. Y es allí donde se comienza a disfrutar. Son esas otras lecturas las que permiten descubrir la hondura y el mensaje. Esto es exactamente lo que sucede con este primer libro de Rodrigo Illescas.

Dividido en tres partes: Minuto Cero, El Mundo Inacabado y La Razón Imposible y, con una extensión de treinta y nueve poemas, plantea la estructura. Y navega desde la inocencia de un niño (o varios niños y niñas, en realidad) hasta lo insondable que significa observar filosóficamente el destino del entorno. Todas ellas son miradas posibles. Porque las capas de contenido que encierra la metáfora son infinitas. Y si la capacidad para describir lo cotidiano de manera simple y, a la vez profunda, diferencia al verdadero escritor, mucho más diferencia al poeta.

Rodrigo recrea imágenes en apariencia pueriles, sencillas, pero detrás de ellas hay reflexiones subterráneas de vida. Es eso lo que se nota cuando nos plantea, por ejemplo, que un niño pierde una bolita y llora ante la alcantarilla que se la lleva y nos dice que allí éste: “…intuye la finitud de la materia”, para continuar con el pensamiento adulto: “…pero no imagina/ con qué indiferencia/ giran las cosas redondas”. Algunos miran pasar la vida cómodos, sentados en un sillón, mientras “la gente arrastra el peso de su fragilidad frente a un muro”. El universo, que no es el nuestro, nos es indiferente la mayoría de las veces; afirma de alguna manera. “Una ciudad llora. ¿Por qué no sabemos amar?”, se pregunta.

Hay otros niños (¿o es él mismo?) “que antes de dormir guardan en los cajones las preguntas que nadie pudo contestarles”; “que preguntarán qué lugar les tocará en la mesa”; o esa niña “que esperará que pase el día con su oído apoyado sobre una puerta”. Cada actitud infantil, cada uno de los juegos que menciona (las bolitas, el Memotex, patear piedritas en la rambla) son dejados debajo la cama para continuar, puntilloso, con una cavilación de abismal contenido. Con un razonamiento agudo: “El mundo gira sobre un eje equivocado”. O, con la ironía del hogar que huele a tomillo, mientras cada miembro del grupo familiar guarda secretos.

Hay una minuciosa y original observación de la realidad. El circo con sus equilibristas, sus bailarinas, sus animales heridos, ¿no son, en el fondo, un remedo del escenario actual que se sostiene con un delgado hilo, que no se comunica?

La persona sensible se altera, se transforma con la realidad. Una y otra vez: el viento en el jardín, la ciudad de extraños, las hojas en blanco; en suma, el mundo es el que modifica. “…La hoja está inmóvil ante mis ojos/ ahora/ la tormenta reclama. Pero ya no soy el mismo”.

Quien ve más allá de lo ingenuo y de lo usual tiene un don. Y hace uso correcto del mismo cuando, con habilidad, convierte lo trivial —acaso— (detener el tacto en la arruga de una sábana, la descripción del sonido de un violín, varias lluvias y la descomposición de la luz) y logra incorporar en el lector la imagen, la sensación, aquella “figura y ese fondo” que le permite ser partícipe.

No es inocente ni el autor ni su poesía cuando se atreve a penetrar en la voz de un abuelo (léase el más viejo, el más sabio) “…en el cine te puedes refugiar del mundo”, para concluir “…un cine derruido y en la mitad de la escena (el hoy, la vida actual), una butaca (uno mismo, en la propia soledad del ser)”. Con esta lectura, entonces, medita mucho más profundo todavía.

La voz de Illescas, es una expresión en extremo joven que certifica a los atentos que se aproximan a su poesía, que se está frente a un escritor personal y sagaz. Y se puede augurar un premonitorio futuro en las letras a quien es capaz de afirmar: “Salvando los detalles/ hasta los tratados de paz/ deberían firmarse en una habitación oscura”, verso que sella el título del poema Tratado de Paz. Creo que hasta esos confines llega su compromiso con la palabra. “¿Qué quedó del gran banquete y la crucifixión?”, nos agrega para dejarnos sin aliento, sin respuestas. Y justifica con este único verso la desolación que provoca sentir que el mundo está y estará por siempre inacabado.

Finalmente, aquél que siente a los veinticinco años, con mucho camino por recorrer aún, “que cargamos en la mano, en la espalda, una valija”, dice también que conoce desde el inconsciente colectivo, tal vez, o desde la observación inteligente, la realidad traslúcida, a veces pesimista, que toma para encabalgarla a sus versos. Resulta entonces, una poesía pensante, con mensaje, finamente filosófica, que promueve al análisis y a la exploración social. Una buena manera de lanzarse al mundo. Un excelente resultado.

A Rodrigo Illescas, con afecto y mi respeto y el mejor deseo de buena suerte.

Isabel Krisch

Incluyo tres poemas de «Asimismo, todo aquello»:

 
Bolita de vidrio

Una bolita de vidrio atraviesa la calle.
Se pierde al llegar al cordón
y un niño llora en la boca de una alcantarilla:

ya no sabe si es suya o de alguien más,

con su cabeza gacha intuye
la finitud de la materia;
pero no imagina
con qué indiferencia
giran las cosas redondas.

 

El Pez

“Vivir es fácil,
el pez está saltando”.

Abelardo Castillo

Frente a la ventana abierta
se puede ver cómo salta el pez.

¿Qué decimos en el último minuto que nos queda?

Alguien controla el devenir de los días.
La gente es una sombra en el asfalto.

¿No le parece inmundo no poder hacer nada para salvarme?

La esperanza está en la luz que no termina de ingresar

y en la gota que tiembla sobre el pétalo,

y no cae.

 

Cadena alimentaria

Una cucaracha sale de la alcantarilla.

A plena luz del día su caparazón
brilla bajo la luz mortal de las cosas reales.

Sabe acerca de los restos de humanidad
y su condición de banquete.

Existe un equilibrio natural que sustenta estas cosas:
consumir lo que posiblemente nos baste
y el resto dejarlo a la intemperie.

“Por prevención y ante la duda
bajar el pie sobre quien se acerque”.

Pequeño Dios Editores. Talca-Chile. Febrero de 2007

La lectura del libro de poemas “Esta delgada luz de tierra” me ha llevado a detenerme en la foto que, en la solapa, muestra a Reynaldo Lácamara, su autor, a quien conocí brevemente en el V Encuentro Internacional de Poesía “De los Dos Orillas” en Montevideo, a mediados de marzo de  2008.

Desde mi modesta observación, y luego de la lectura detenida de este material, puedo inferir la seriedad y el grado de compromiso del poeta, desde su posición de Presidente de la Sociedad de Escritores Chilenos, al abordar un tema tan delicado y de tanta sensibilidad como es el dolor irreparable que provoca el asesinato de un colega y amigo. La muerte, cuando no es natural, es siempre injusta; mucho más aún, cuando nos sorprende en contextos de coerción política. Desde la dedicatoria nos cuenta que “sus huellas se perdieron en la arena de Constitución cuando caminaba rodeado de fusiles”, en referencia al escritor evocado.

A partir de este libro accedí a datos superfluos sobre la vida de Jorge Yañez Olave, un periodista y poeta desaparecido y asesinado en setiembre de 1973, en los inicios de la etapa de represión ejercida durante la dictadura de Pinochet. Desconozco su voz, y pido disculpas por ese desconocimiento, desconozco su historia, su militancia. Sólo puedo expresar aquí que, sin adherir a ningún partido o tendencia política, desde la inocencia o la ignorancia, he observado la devastación de los hombres y de las mujeres que pensaban, que tenían ideas y sueños de un mundo mejor. En Chile y en Argentina. Y en otros países de América Latina, castigados y heridos. Esto le pasó a mi propia generación. Tal vez, algunos quedaron para contarlo. No me incluyo entre estos últimos tampoco. Porque me enrolé en una postura híbrida, de observadora nada más. Temerosa observadora.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, un poco tarde quizás por sentir que “la noche vuelve a los ojos del que calla”, es que reivindico esas voces y admiro su valentía.

Por eso me atrevo a leer en profundidad este libro que llegó casualmente a mis manos de alguien que parece tener claros sus principios. De alguien, a quien tampoco conozco en su trayectoria ni en su militancia. Lo que me permite, a estas alturas, una mirada más ascética. Más objetiva. Tanto desde la política como desde la poesía misma.

Aquella distancia de los hechos lleva a tomar los datos reales (sin embargo próximos todavía, desgarradores e injustos), como elementos de la historia que tiñen de sinrazones el pasado de los pueblos ofendidos por las tiranías.

Este libro de poemas de Reynaldo Lácamara, lleva una voz adentro de la otra. La poesía del inmolado renace desde la letra del que lo recuerda. Se entrevé el sentido de homenaje, de rehabilitación política; además, de la amistad, clara y entristecida por la pérdida. Eso dice también aquel rostro del poeta que convoca.

“Esta delgada luz de tierra” refleja desazón. Se presiente en sus versos la impotencia. El autor plantea el dolor puntual del amigo perdido, pero va más allá cuando muestra la angustia que trasciende su evocación. Es la pena porque lo que se hizo callar es la voz del pueblo, del que pensaba distinto. Del que enfrentaba las diferencias. Yañez fue un militante del Movimiento Revolucionario de Izquierda y había plasmado su pensamiento, sus ideas en los diarios El Heraldo y la Provincia, entre otros.

Hay un planteo de enorme profundidad si lo silenciado es un contexto social por cuya memoria se menciona “el cadalso de las especies”, que “la oquedad de unas manos”, en un “simple gesto de ocupación de hojas” supone que sólo se intenta transmitir los acontecimientos a las nuevas generaciones. Generaciones que “viajan en las plumas de selvas transformadas”. La gravedad del hecho justifica, entonces, cualquier palabra que lo recuerde, que permita reflotar aquella pena enquistada y no resuelta como es la no aparición del cadáver de Yañez y la presencia de una piedra en su tumba en el Cementerio de Linares.

“En los caracoles te reconoceré…”, “En los dientes te conoceré…”, “Te conoceré en los hondos marfiles…”, “Te conoceré en las cuencas…”, “¿Qué hueso silbará desde mi otra conciencia hasta la patria sumergida?”, enuncia Lácamara. Y “la tristeza que se oculta en la piel” le trasciende el rostro.

Este poemario sin índice, incluye la “memoria”, “el reconocimiento” de “la palabra”, y “el poema” que cuenta desde un lugar de privilegio: “la ciudad de la poesía”. Un lugar frágil del mundo. O el más fuerte, en verdad, si consideramos que es el lugar de la resistencia.

 Sea quien fuere el asesinado es un símbolo. Allí o aquí. Fueron muchos. Demasiados. Y aquel que puede decirlo no esconde “ese significado que está más abajo de las lágrimas”, muy por el contrario. Porque su corazón, primero; y, su conciencia social después, lo ameritan. O, quizás, porque “toda lluvia iguala los pasos”.

Los que fueron cercenados se convirtieron en semillas sobre “la hierba tumbada”. Las semillas dan brotes, más tarde o más temprano. Y, ayudarlas a germinar es preciso “porque el olvido avanza”, “el nombre se hunde donde la lluvia se olvida”, “las imágenes se nos cuelgan pesadas” como un “martillo inmóvil” y hay que ponerle voz al “silencio con que hablan los muertos”.

En estos países lábiles, permisivos, endebles, inestables, las dictaduras han trabajado para deshacer los nudos sociales, para liquidar a aquéllos que se animaban a decir su descontento, a los que hicieron que el penar de todos fuera el propio. A los que tomaron aquellos bastiones de los semejantes. Y lucharon con ideas. Y cayeron. Y fueron los destacados, los elegidos, los solidarios, los comprometidos. Los que hoy faltan.

El mundo de los mediocres, que daña y avasalla, venció y ganó en muchos casos. Por eso digo, sin conocerlo, que Yañez es un símbolo. Y a Lacámara le “duelen los oídos y la palabra le queda muda” cuando escucha en su cráneo “ese silencio maldito de los gritos” o “percibe desde el vacío una voz que alarga su sombra”. Es un vacío existencial de difícil superación. Los que aprendimos —aunque tarde—, tenemos la obligación de difundir estas voces, por pequeño que sea el lugar de donde lo hagamos. Y, entonces, nuestra lengua, como la del poeta, se desenlazará ingrávida desde “la hoguera de otros actos”.

Es la intención. Tratar de “evitar volver a cruzar un mar sin olas” y “aunque la dureza esté en nuestra superficie”, permitir que “un rocío nos agite”. Y que “el muerto que me vive”, ése “con un grano de polvo entre las manos”, el que “está gimiendo desde los fiordos con sonido de pájaros fríos”, vuelva a la vida como “una clepsidra de pétalo de coral”, como un “nauta interminable”, como “el manantial de nuestra vida”.

“Esta delgada luz de tierra” que alumbró todo un poemario es una carta maravillosa de amor que trasciende el tiempo y sus funestos acontecimientos. Es la vida, el oxígeno, “una nueva lozanía” que emana de la voz de Reynaldo Lacámara. Y que lleva el sello que lo edita en “la ácida Talca, la árida y lluviosa ciudad negra, seria, fea y atribulada, de santos de sombra y de aceitunas”, según reza en letra pequeñita, como para pasar desapercibido, el concepto descarnado de esta ciudad de la VII Región del Maule, rústica y tranquila.

Con mi respeto y admiración, sumado al placer que me produjo esta lectura. Para Reynaldo Lacámara.

Isabel V. Krisch

Incluyo tres poemas de «Esta delgada luz de tierra»:

 

           En los dientes te conoceré,
           en la ausencia de esa mascada,
           en el segmento separado de la pulpa,
           iré en búsqueda de las entrañas,
           fruta huérfana de labios.


           Te conoceré en los hondos marfiles,
           en la veta que llega a las raíces
           y en un mundo sin forma
           desgarro tras desgarro.


…………………………………………………………….


           Ahora el poema es una espora
           una clavícula de sal
           en la corriente transparente de los sueños.
           Ahora el poema es una ola
           que nace de todos los poetas
           desde el punto original.

……………………………………………………………


          De los mares encontrados
          nos salpica una lágrima.
          Somos duros en la superficie
          pero latimos
          si un rocío nos agita.

…………………………………………………………..

         Si antes era pálido
         ahora
         una leche perdida en la niebla
         me subsiste,
         como mis dientes y mi hambre.

Poesía Deldragón – Setiembre de 2006

A mansalva: 1. Refiriéndose a la manera de atacar a alguien, de palabra o de obra, con seguridad, sin exponerse, sin peligro. 2. También, con seguridad absoluta de no errar o fallar el golpe. // “Le dispararon a mansalva”: a un metro de distancia. // Sobre seguro, a boca de jarro, a bocajarro, a quemarropa, a quema ropa, a salvamano. 3. En abundancia. Abundar.

Con el bello libro de Emilce Strucchi en mis manos, mi primer paso fue recurrir al diccionario. No porque no entendiera el término que le da título, sino porque era imprescindible para mí relacionarlo de antemano con el material que comenzaba a abordar. Con el tono con el que me iba a poner en contacto.

Observar su estructura, prolija, medida, clara, cuidada, donde cada epígrafe, cada cita previa e, incluso, las fotografías de Daniel Tevini acompañando el texto como puntillosa ilustración, fue mi segundo paso hasta adentrarme en el contenido del mismo.

Luego, una lectura general y otra y otra más. Encariñarse con la letra, para confirmar una premisa que me persigue hace tiempo con respecto a la motivación de la escritura. Creo no engañarme si digo, que el que piensa que el verdadero escritor es aquel capaz de contar sin involucrarse, no dice el total de la verdad. Mucho menos cuando se habla de un poeta, puesto que la metáfora que nace de las entrañas no simula. El constructor de versos se “versifica” a sí mismo de una manera u otra. En pequeñas gotas, a veces, pero no renuncia a contar la historia propia. Y si ésta es adolorida, descarnada, más aún. Y sumo a aquella hipótesis inicial la de que la poesía es un instrumento de sanación. Emilce me lo confirma: “A pura salvación, escribo”.

El escritor más avezado disfraza el tono o lo exacerba y su cuerpo se mete en la vestimenta de las palabras. Y “como quien sale al mundo por primera vez”—dice Emilce—, “extiende límite a su llanto”, y hay en su dolor “un estallido que asesina la región del simulacro”.

Se recuerda “alondra que regresa con la fe intacta a reconstruir su muerte en paz”. Tal vez, es el recuerdo de otras fortalezas o de los “delitos anteriores”, que la hacen escuchar voces que se alzan en su espalda.

Aquí, en este libro, es donde Emilce camina por un abismo. Por el límite exacto de la vivencia extrema. Tanto que “a ciegas/ se aproxima a conocer el pecho/ hasta olvidarse el cuerpo en los brazos del hijo”. Y es porque todos necesitamos afecto, y de éste sacamos la fuerza.

Habla de sí y se desdobla. Dice: “Amansalva/ en las inmediaciones/ fuera de mí/ delatora…”. O, en otro poema: “Afuera de sí/como si pudiera conquistarte el vacío…”. Se nombra con otra voz. Una y otra vez se interpela y se contesta.  Se llena de furia “con todo y contra todos”, “llora lo que ve/ su cuerpo como un allanamiento compasivo”. Pero resiste. Y termina sometiéndose a la voluntad del día; transformando, parece, el drama en escritura.

¿Es ella o ésa otra que fue? Es probable que se ubique cara a cara con su otro yo. Por eso dice: “Su memoria impiadosa evoca a la que fue una niña”. Y agrega, como para enfatizar un vacío existencial: “Sobreviviente de qué guerra/le traerá cuadernos de alguna fe?/ Si ya/ no queda nadie.”

Ora parece un holograma sentado en una silla enfrente. Ora es la muerte la que la cuestiona. ¿Una muerte utópica que se ha acercado? Tal vez. Pero, por momentos se escucha: “Si soy la verduga ella es mi rehén”. ¿Es ella misma?, ¿es Emilce, la que se castiga?, “la que asesina sus dolores, los corta, los entierra a trozos y alrededor levanta muros?”

Probablemente la voz que habla es la del miedo. La voz que está indefensa. Pero siempre es Emilce. La que se enfrenta a una realidad terrible. La que pone el cuerpo esta vez literalmente. Y es ella también cuando recrea lloros anteriores y los trae, disimulados, en el llanto de este libro: “…¿cabeza en agujero de camilla? ¿o es contra aquella pared de su infancia?” “…ella vomita madre”. Y agrega: “…¿Qué pasará si grito hasta las lágrimas/el café solitario en las mañanas, mi antiguo vecindario/amores, puntapiés/y parientes remotos?”.

Todos estamos solos en algún momento de la vida. Ante la pérdida irremediable de un ser querido, ante la mutilación que se nos exige para conservar la salud, o la vida, probablemente.

Amansalva acuna el decir de una mujer fuerte que, por momentos, flaquea, se derrumba o se mira desnuda en un espejo. Se sueña féretro o ausencia. Y eso la destroza, la lleva a lo que parece desesperanza: “¿Acaso se habrá roto la noche?”

Pero no claudica. No se va. No se da por muerta.  Continúa invicta. Sigue de pie. “Una fuerza final/mueve su mano después de la plegaria”. “…No se doblega. No renunciará/a éste, su oficio vano”. Y presenta combate, cuando exclama: “Me dispongo a enterrar los muertos/que invadieron mi cuerpo hasta el hartazgo”.

En estas circunstancias el tiempo se plantea, se toca, se magnifica. “Es una presunción de orillas/ y apariencias/ y mares incestuosos”. El tiempo es muchas cosas. Y se nos presenta, nos es indispensable y, a la vez, “es el desprecio”. Porque, simplemente, pasa y se lleva nuestros pedazos.

Aquellas dos voces, una “Ella” y un “Yo” que son la misma persona. Que intentan fusionarse. O ser diferentes. Le sirven a Emilce Strucchi para dictar la sentencia o para ocultarse en la más dura de las realidades.

Y agrega al dibujo de algunos de sus poemas el recurso de dejar caer la
  L
     E
        T
           R
              A. Lo que acentúa la caída. De la cual, claramente, se levanta.

Este libro es un compendio claro que desnuda la sorpresa, la desazón, el desconcierto, primero; el miedo, el dolor del enfrentamiento con la verdad, después; el inventar un laberinto de armaduras fantásticas, finalmente. Y habrá de tolerar, resignada, esa parte cotidiana que es la muerte y que nos espera, más tarde o más temprano: “El tiempo es una conjetura entre dos sombras”, concluye.

Libro de impecable edición. Sobria y elegante. Dividido en cuatro partes: Danza Inmóvil, De Prolongada luz también se sangra, Lentamente Océano y Azul, Azul. Individualizados con números romanos del I al XLIV, los poemas. Con un primer verso en cada uno destacado en bastardilla roja. Parece que quisiera en ellos resumir lo que se desparrama después como lamentos, cicatrices o sobras de su hambre.

Aunque al lector distraído lo amilanen las metáforas, nadie está exento de la angustia que provoca la lectura de Amansalva. Trasmite. Provoca. Se puede sentir lo que ella propone. El haber padecido el mismo miedo, ayuda. Aquella conciencia inevitable de la finitud se logra. Nadie soslaya que, invariablemente, el desierto nos llegará alguna vez. Porque nadie pasa por esta vida fugaz y transitoria sin pantanos, sin lodazales.

Y “habría que cuidarse, nunca se sabe cuándo/ una mujer/ está herida de muerte”. Sumo mi voz a la de Frida Khalo: “A veces no estamos enfermas, estamos rotas”. Sólo una poeta como Emilce, potente, fuerte, ésa que puede volver a escribir la luna, regresa a casa y junta los fragmentos. Así, sencillamente, nombrándolos.

Con mi afecto y admiración a Emilce Strucchi.

Isabel V. Krisch

Incluyo tres poemas de «AMANSALVA»:

 

III

Hablo de esta herida real
metálica
        filosa
que corta la carne, que abre los caminos.
Hurga todavía.

Declaro la impenetrabilidad
y la sangre
       de
           rra
                mán
                       do
                            se
                                por el costado.

Ella dice tajo
       hilo dice
             sutura.
Su pupila ve al tamaño de mi mutilación.

Mi mujer reniega de metáforas.
Está hablando del cuerpo.

 

XXIII

Ella camina en la desolación

Autómata
pájaro carpintero
feliz de convertirse y ser
pájaro carpintero
que celebra oficios fantásticos
y nobles.

Yo creo en la búsqueda desesperada
de lo que es posible desembestir
o embestir
para reconstruir o derribar
algo
que no se sabe qué.

Se acepta natural
el deseo de clavar el pico en la madera
y de hacerlo para sostenerse la boca.

El animal
dichoso animalito
¿lo hará porque disfruta
o sólo se esfuerza
por demostrarse especie?

En voz baja, muy cerca
ella me hostiga.
Dice su soledad.

Maldice
su instinto innombrado.

 

XXVII

Si soy la verduga ella es mi rehén
amordazada
bocabajo
omóplatos abruptos
a picahielo
nacen ensueños bajo el cuerpo

contra la anestesiada, conspiración
en un baile de látex
tentáculos extremos
máxima pulcritud, percusiones
metal y olor a muerte limpia

minúscula seguridad
de sol sobre la espalda
¿cabeza en agujero de camilla?
¿o es contra aquella pared de su infancia?

están alrededor
desgajan
meten
se entrometen
allanan y cobaltan
usurpadores
buscan
rebuscan
más, rehunden manos en la orgía

ella vomita madre

yo
la protejo del deseo.

Nuevohacer – Grupo Editor Latinoamericano – Marzo de 2008

“La casa de la calle Arcos” es la primera novela que me atrevo a comentar. Este género ha sido el origen de mi pasión por la Literatura. Muchas novelas han ocupado mis días y, sobre todo, mis noches en vela durante mi adolescencia y mi primera juventud.

Cuando tuve que pensar en redactar algo sobre ella específicamente, me planteé desde qué lugar abordaría el tema y cómo escribiría una aproximación al nudo central, a la historia en sí; sin pecar de desmesura e irme a los tópicos que no se deben comentar. Mi apunte sólo debería ser algo discreto para no develarle al lector lo sustancial y quitarle, de esta manera, el interés por la trama.

Un lector debe ser motivado, inducido a acercarse al texto, y aquél que se permite manifestar algo sobre el mismo, tiene que ser en primera medida, prudente. Es cada lector quien debe ir descubriendo las vicisitudes que le plantea el novelista. Es más, debe tener la posibilidad de participar en dicho texto, de ser el que se zambulla en la narración y descubra, se intrigue, pergeñe un derrotero de personajes y acciones a desentrañar. Esto es respetar al que escribe. Y al que lee, por supuesto.

Por eso, es que hacer una consideración sobre esta novela, no ha sido para mí un trabajo fácil. Aunque sí, ameno y, por demás, gratificante.

Accedí, entonces, a “La casa de la calle Arcos” desde tres lugares diferentes.

En primer término, como una lectora común, sin ninguna advertencia previa. Nadie me había sugerido siquiera el tema y eso me pareció lo mejor, porque me abría a lo desconocido con más expectativas, como una lectora “inocente”. A la que conocía y conozco es a Anamora Morawest, como concurrente del Taller literario de Ana Guillot y la había escuchado relatar algunos de sus textos, reconociendo en ella lo maravillosa contadora que es.

Mi primera sorpresa fue sentir cómo me atrapó la historia. Y, de inmediato, me pregunté: ¿qué me atrapó de ella? y ¿por qué me atrapó?

Desde un principio, la autora plantea el enigma cuando la narradora en primera persona, que parece una niña, dice en la primera página, la frase: “Lo que no podía entender era por qué el nombre de la tía estaba prohibido en la casa de los nonos”. Acto seguido, el lector se introduce en un misterio que se irá develando de a poco, como en las mejores tramas. El enigma planteado nos invita a hurgar, a remover la incógnita.

El vocabulario es claro. Anamora utiliza un lenguaje sencillo, cotidiano, coloquial y, a su vez, evocativo y de remembranza. Esa voz infantil va mostrando en su decir, que no es una niña, sino una mujer que habla de su niñez retrotrayéndose en sus recuerdos vívidos y profundos. Y que, justamente, lo que va a narrar no es cuento pueril.

Planteada la historia, atrapa la amenidad del relato. No es posible dejar de leer, porque la necesidad de llegar al nudo hace que el lector adhiera a un personaje o a más de uno, que rechace a otro, tal vez, se haga cómplice, se sienta partícipe de la historia, y se deje llevar, sin perder la cohesión hacia la intriga una vez cerrado el libro, para necesitar con avidez volver a abrirlo y devorar otro capítulo más.

Aquí pues, el primer mérito de la escritora: ésta es una novela que no se puede dejar de leer, se hace necesario llegar hasta el final. Algo para destacar, ya que no siempre sucede. Toda novela, por más excelente que sea su argumento, si no logra captar el interés, el ritmo de lectura del lector, corre el riesgo de perderse en algún cajón del olvido. Por eso, destaco la habilidad del fluir de la autora y de un estilo casi conversacional, sin desviarse ni un ápice de lo literario. Porque todos estos pasos se cumplen también, a la perfección.

Los términos que se deslizan y se suceden permiten visualizar el hecho narrativo, usando en el discurrir palabras o giros de una época del país notable y notoria. Anamora no deja dudas del marco en el cual ha situado la ficción. Y es localista, aunque el tejido del argumento sea absolutamente universal.

A mi modo de ver, un segundo mérito a destacar: observo un desarrollo metódico y perfectamente ensamblado de lo situacional con el escenario geográfico bien establecido y la sensación del discurrir del texto es de absoluta veracidad.

Otra forma de acercarme al texto fue como escritora. Cuando se realiza una nueva lectura, o más de una, se consuma un análisis más minucioso, que se intenciona hacia la búsqueda de los detalles, de las señales y, sobre todo de los recursos usados. Allí comienza, entonces, a leerse en capas y se alcanza lo que en Literatura llamamos la verdadera anagnórisis.

La historia se desgrana en veintitrés capítulos y un epílogo. Imbuida de una edición impecable. Detalle, tal vez, irrelevante para algunos, pero la “cara” que desnuda el texto y lo presenta ante el mundo, es impecable. Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano es una editorial que presenta los textos sumamente prolijos. Sin que esta mención, desde luego, desmerezca a muchas otras muy buenas, lo destaco porque este pormenor adiciona una armonía absoluta entre la calidad del continente con la aptitud y el carácter de lo escrito.

Los recursos utilizados son variados. Presenta un narrador en primera persona, describe de manera puntillosa los personajes; según creo, arquetípicos. Ellos son los que conforman una familia que esconde ese secreto a develar por el lector.

Hay diálogos cortos, cartas, diarios íntimos que se entremezclan y se ubican atinadamente para cortar con la narración lineal, lo que matiza el estilo. Y se muestran como elementos que van a ayudar a desmadejar la urdimbre.

Los espacios físicos, es decir, las atmósferas donde se van a desarrollar las acciones son ambientes descriptos de manera clara y transportan la semblanza de la casa, de los juegos, de los lugares y de las comidas. El vocabulario, los términos, las expresiones, los giros costumbristas acentúan más todo aquello que tiene que ver con una época.

Hay una sutil, remarco que es muy sutil, y que se percibe en sucesivos análisis, de la política y de las huellas que deja en la conciencia de los personajes. Para quien lo percibe, lo involucra e introduce todavía más en el compromiso y hasta en el apasionamiento de las insatisfacciones que aquéllas nos han dejado.

Tercer mérito entonces: hay maestría en el manejo de los recursos.

Y un cuarto: administración adecuada de los indicios, muchos de los cuales se “descubren” más allá de la segunda lectura.

Finalmente he leído “La casa de la calle Arcos” como persona. Todos tenemos en nuestras familias, secretos, algo clandestino y ocultable, una confidencia inextricable, una reserva recóndita y subrepticia que no revelamos. Somos, muchas veces, portadores de silencios sibilinos que el pudor o el miedo a dañar a alguien, nos obliga a callar. Esta novela nos hace sentir nuestra propia historia dormida, más cercana, más presente.

Este libro se muestra como una saga cuyos episodios se pueden ver en imágenes reales. Uno puede concebir la cara de la niña, recrear su familia, puede ingresar en los pormenores físicos; los diálogos pueden tener voces, como si todo se sucediera en secuencias de un film.

Le auguro a Anamora Morawest, y a su novela “La casa de la calle Arcos”, que algún director de cine la descubra y se atreva. Podría transformarse en una muy buena historia visual. Es decir, le deseo desde mi modesta opinión de lectora y admiradora, que así sea.

Con mi enorme cariño y respeto

Isabel Krisch

Editorial Letra Gráfica – Colección de Poesía – Santo Domingo-República Dominicana – 2002

En junio de 2008 concurrí al “XIIº Encuentro Internacional de Poetas”, realizado en Zamora, Michoacán, México, que organiza el excelente anfitrión Roberto Reséndiz Carmona. Fue una oportunidad maravillosa para relacionarme con escritores de habla hispana de varias partes del mundo. Allí conocí a Yrene Santos, poeta y actriz dominicana, y accedí a su libro “El Incansable Juego”.

En este trabajo descubrí los temas universales que la acosan y nos acosan a la mayoría de las mujeres: la obsesión por el tiempo que pasa, que  nos va llevando la lozanía, y transforma nuestra imagen en el espejo; la soledad, que a veces nos encuentra entre los ruidos de la casa y el bullicio del mundo que nos gira alrededor; el amor, en todas sus facetas. Y la observé, también, como escritora, en su desvelo por la búsqueda de la adecuación más exacta de la palabra.

Es invariable, en esta lectura detenida y minuciosa, encontrar en la “trastienda” que encierra la poesía, la cadencia de una voz. Sus dolores, sus anhelos y sus gritos más ahogados. Y si se aguza aún más el interés por la letra se percibe desde lo superfluo hasta la mayor de las intimidades. Esto no supone estar juzgando. De ninguna manera. Todo lo contrario. Hay que aplaudir el don del que puede en los versos declamar sus sueños como sus ataduras.

Desde la primera línea, Yrene dice: “quiero ser mujer no fragmentada”, para agregar un poco más adelante: “me divido en mil maneras/busco el camino de repartirme entre todos”.

La mujer de estos tiempos se parte, se fracciona y aumenta su segmentación en la medida en que su intelectualidad crece. Porque nunca pierde su condición de madre, de esposa, de maestra (todo el tiempo), de hija y de profesional, cuando a esto último accede. La mujer se divide cuando, además, trabaja afuera de su casa, porque lo cotidiano nunca se deja y las tareas de adentro, infinitas, rutinarias, siempre están, permanecen y se repiten. La mujer se reparte cuando tiene hijos, en cada uno, porque ellos son pedacitos de la madre, de su sangre; aunque la inteligencia le obligue a dejarlos partir, a volar con sus propias alas, y a despedir los trozos de su corazón en el intento. La mujer se escinde todavía más si se transporta a otro lugar que no es aquel donde nació, porque allí dejó un hilo delgado de plata, que no se cortará jamás. Somos de la tierra donde nacimos, allí están nuestras raíces, nuestra primera hebra.

La mujer se fragmenta una y otra vez, pero tiene el derecho inconmensurable de decir/gritar que ya no. Puede una mujer cualquiera, un ama de casa, la intelectual, la artista (sobre todo ella), ansiar ser ella misma, vaciar las mochilas, los edredones pesados que, en la medianía de la edad, pesan más. Y, entonces, desear “ser araña, mariposa” y ave (en todo caso) para “ponerse (ella) las alas e ir al mar y traerlo consigo”. Más aún, cuando ese mar tiene olor a Patria.

Tengo la teoría, sin ser feminista, que la mujer aún fragmentada, escindida, dividida, fraccionada, repartida, sale, puede, lo logra. Nada la vence. Es el símbolo del hacer. Y en los últimos tiempos el símbolo del decir. Hoy la mujer no calla. Dice todo. Lo grita, si es necesario. Y esta nueva virtud del sinceramiento, la sana.

Encuentro en el avance de la lectura de “El Incansable Juego” un conjunto de poemas de alto contenido sensual que aumenta a medida que se lee. Y así llega al clímax del erotismo, del reclamo abierto y descarnado, a mostrar el sexo del amor, cualquiera sea: “no le mientas a tu cuerpo”, nos dice. O, “gritar sin miedo la respuesta que hace tiempo sé”, insinúa. “Llegó la hora de la verdad”, afirma. Apela a que “las palabras serán precisas”, y las usa para incrementar el entorno usando los verbos adecuados que alimentan la pasión: “toco/toco/toco de nuevo (…) me agito (…) la brisa me arrastra (…) me quita la ropa (…) y yo curva espiral sobre la alfombra”. ¿Es éste, tal vez, su juego incansable? ¿Juego-verdadero? ¿O Juego-fantasía? El que la hace sentirse fuerte, o más libre: “(…) escandalizar la noche (…) sobre la cama tibia/mis huesos erizados (…); o esperanzada: “(…) encenderé los inciensos/llenaré de flores el cuarto (…), o desolada: “hoy siento miedo/la palabra se me ha roto”.

A pesar de la exultación de los sentidos, nombra a veces el pecado: “guardarme sin pecados/para el imprevisto instante con que sueño”. Lo que habla, claramente, de una formación latina y religioso-católica apostólica romana, la que deja una huella de culpas.  

Un tópico que ya adelanté, es el de la soledad. Se lee en: “Por si alguien llega”, donde dice que tendrá preparadas “las sábanas y el vino y las frutas húmedas”. Incluso, hasta lo prohibido. Todo porque alguien llegue. En otro momento habla de “la tormentosa idea del vacío”, o “cuando pienso que tu aliento es exacto a mi estatura/la cama está vacía”.

Las horas la atormentan con su exactitud: “a las 3:20 volaban hacia el destino final…”; más adelante: “las tres/ las tres y doce” o “las cuatro/las cuatro y treinta y cuatro”. ¿Será la preocupación de la edad, al expresar: “empiezo a envejecer(…)/recuerdo los bambúes que a la una y catorce(…)” y, entonces, cada segundo, cada fracción de tiempo, por más pequeña que sea, vale?

 En los versos de la poeta abunda la “soledad de palabras” y una pregunta retórica: ¿qué son las palabras?”, en definitiva, aunque la anhele y “ansiosa la espere, vuelta hacia la pared, sabiendo que no le alcanza, porque es la misma de siempre, la que quema, la de todos los días”.

Yrene Santos escribe con una escritura simple, llana. No hay necesidad de metáfora hermética, cuando lo que es necesario decir sale así desde la entraña, cálida, como cálida es ella misma, como cálidamente nos lo cuenta. Pero su profundidad es la que contiene las preguntas y los planteos existenciales de la vida: “El sí y el no/y a Descartes con su duda”. Y en su sencillez aparente dice, por momentos, lo que todas queremos decir. Hacia donde todas nos rebelamos.

Tiene una sonrisa franca y espontánea, aunque en la foto de la solapa del libro muestre unos ojitos un tanto tristes o lejanos. Se autodefine “así como soy/un poco loca”, “de niña he sido aspavientosa/quien creería en estos miedos de ahora”, “quien creería en mis insomnios”; pero “se va de rumba, de boleros (…), de bachatas (), con los de entonces, con los de antes ()”. Tal vez disfrace con esta alegría su permanente añoranza.

Divide “El Incansable Juego” en cuatro partes. La primera con un prólogo de Daisy Cocco de Filippis, con diecisiete poemas. Reencuentro, con ocho. Me sorprendió geométrica, con un formato de dibujo diferente,  casi una treintena de máximas, reflexiones breves, separadas por puntos. Y, finalmente, Entre memorias, con veintiún poemas más.

Desde “los largos pasillos por donde transita la memoria”, en la búsqueda de los intrincados rincones del cuerpo y con la soledad y el “pasado demolido por el tiempo”, seguirá recorriendo caminos “con este no sé qué/que te hace sentir diferente”. No importa cómo nos sintamos, Yrene, creo que el destino del que maneja la poesía, su música, su intensidad debe tender las manos hacia el infinito y escribir, escribir, escribir siempre, dejarse llevar por la pluma y ser feliz.

Me alegró mucho conocer a esta mujer energética. Bella. Profunda.

Con todo aprecio y respeto, para Yrene.

Isabel Krisch

 

Alguno textos de este libro:

“He dicho que el amor es una fuerza
que mueve tempestades y hace temblar la tierra”.
José de la Rosa

Aniversario

 

Y en la camioneta cansada estropearon sartenes. Y en las sillas de guano desenredaron el nudo por donde entra la brisa hecha fuego y sale una vida.
Mi madre es una flor sin nombre inventada por Dios.
La regó de pétalos desde las uñas hasta donde se forma el pensamiento. Corrió por los caminos de mi padre para bordar ocho almas trayendo con ellas la esperanza de vivir y el amor eterno.

Mi madre y mi padre hicieron ombligos en la naturaleza viva que les brindó el instinto, el instante y los latidos del corazón.
Exprimieron tomates en los montes. Sus cuerpos calientes buscaron el charco fresco debajo de las amapolas y las jabillas enormes del río.
Dejaron correr su pasión en el bullicio de las colchonetas rellenas de hojas secas. Bailaron el bolero desprendido de la batea mientras se bañaban en la habitación llena de pecados perdonados hace siglos.
Ellos se besaron en los párpados y en los lados semi-ocultos de las orejas; haciendo girar los labios para mover el tiempo.
Sueños y palabras escondidas en las almohadas liberación del susurro y la dicha.

Manos de mi padre, manos de mi madre veinte agujetas para matar el frío y tejer la noche.
Cuarenta y cinco años mirándose con la misma ternura de niños porque ha sobrevivido el amor.

 

 

El incansable juego

 

Las dos
las tres
es la madrugada de siempre
con sus mismas curvas de desvelo
el lápiz juega su último punto
en la puntiaguda palabra que sorprende

Las tres
las tres y doce
cada quien sueña con todo lo ocurrido
durante el día
el incansable juego
el bullicio de los niños
las interminables idas a un mostrador ajeno
las huidas escurridizas del asombro
los largos pasillos por donde transita la memoria
los cuerpos encorvados de las frustraciones
mi talón de Aquiles
el cansancio de José
la sorpresa
la pereza
los bostezos
la indiferencia y ¿por qué no?
la fe
las oraciones
las reuniones

Las cuatro
las cuatro y treinta y cuatro
me vuelvo hacia la pared
ansiosa espero la palabra
la que no me alcanza
esa que quema
la de todos los días.

Colección de poesía: Todos Bailan – Libros de Tierra Firme (Libro editado con el apoyo económico del Fondo Nacional de las Artes) – Bs. As.- República Argentina – 1994

A lo largo de setenta y ocho páginas, y en cuarenta y tres poemas y un epílogo, Ana Guillot exacerba la sensualidad de esta mujer que describe y de quien insiste en remarcar sus curvas.

Las curvas de un cuerpo que se ondea en arquetipo, que es mujer/hembra y una línea sinuosa/símbolo, que hace propia y contornea desde afuera para verse externamente como una “figura unívoca y germinal”.

Detrás de las ondulaciones de los versos, la vida meandrosa como un río, que en curso natural discurre afanosamente hacia la búsqueda incesante del sí mismo, mientras “le pesa el universo”.

Desde la forma, este primer poemario de Ana contiene breves capítulos que encabeza con un fragmento poético contenido en un recuadro y una o dos citas. Éstas introducen las etapas de evolución del paulatino crecimiento.

Las curvas que “se rebelan, zigzaguean, destejen, deshilachan, ahuecan su interior y gritan angustias” exploran, en realidad, aquello que más adelante se impone: la voz verdadera y genuina, la voz propia; pero por sobre todo la voz de una mujer, la voz femenina que, ciertamente, abraza con su calidez a las otras (¡tantas!) pares del género. Y dice, entonces, que es “la que se permite ondular la palabra entre sus senos”.

Los versos mencionados se suman para formar un poema final condensatorio. Resulta entonces la unión de todas las cuadraturas, la intención que crece y progresa y sintetiza el libro. Más aún, resume su arduo trabajo: un camino hacia la anagnórisis transformado en epílogo.

Las citas de Margarite Duras, Joseph Berdier, Mario Benedetti, William Faulkner y Platón acompañan la revelación.

Las palabras, herramientas del poeta, como las piezas de un rompecabezas que van armando la totalidad de un cuadro poco a poco, apelan a los recursos más sutiles, a la metáfora atinada, a las imágenes que “husmean por encima/ de todas las extinciones”. Entre aquéllos, anáforas: “sobre la tierra/ sobre la tierra en lágrimas/ sobre la tierra azul/tan tan azul” o “tanto nuevo, tanto luego, tanto azul, tanto juego azul entre nosotros”; los colores puestos a adjetivar la sustancia y el concepto: “fue un abrazo gris, sin nombre (…) en el itinerario también gris de aquel abrazo (…)”, hasta el aire es “desmesuradamente gris” y sugiere que “los ocres esperan”; los números, nunca inocentes: “luego no más juego/sino tres lágrimas, sólo tres”. Las imágenes provocan la sinestesia: “se comprime el abrazo/y en eclipse lunar/se superponen” o “sólo de cuando en cuando/un beso crepuscular o una mirada”.

Todos los recursos lingüísticos acompañan y apoyan el empeño de la autora  que desnuda su grito y son confidentes, porque desde la “soledad silente donde se transcurre”, detrás de las ondulaciones por donde se deslizan sus versos, está el hombre. El “innombrable”. ¿El mismo “ese hombre” a quien dedica el libro?

Todo autor tiene derecho a insinuar que hay alguien con quien comparte “caminos secretos”, de los que “entra y sale y por los que se desvela”. En este caso, una poeta, con mucha más razón, puede usar su potestad y quitar la veladura de los sentimientos y declarar con la mayor franqueza que el hombre a quien dedica estos versos es el “pretexto de su texto” o “el reverso de su verso”.

Sea cual fuera la intención de Ana Guillot, logra “tensar el hilo de la espera” del lector, ávido e interesado en que al final el poemario le dé una respuesta. Aunque ésta no se logre, no puede negarse nunca que la escritora ha sido por demás honesta al expresar que  aunque “curve los vértices” que “duelen con dolor entero”, ese hombre es “fuertemente ajeno” y quien provoca el deseo de “todas las aproximaciones”. La realidad, entonces,  se lee adversa y aunque le pesa aún más que el universo, “respeta la matriz”.

Sea cual fuera la intención —decía— (más aún, sea cual fuera la manifestación inconsciente), Ana, la poeta, la admirada, la querida amiga gritó con una voz “espiralada y en ascenso” un sueño casi adolescente, un producto onírico, una ilusión “puntual, previsible y eterna” que sanó y alimentó su yo poético.

Sea cual fuera —insisto— el intento de decir, cerca del final expresa: “se hizo mujer la tarde”, y esto es suficiente para entender el proceso de crecimiento que abarca el poemario, porque un libro es eso, un curso evolutivo, una sucesión de pasos íntimos en legítimo progreso interno.

“Pulsó el hilo”, “trabó el mundo en un instante”, “enterró a sus muertos”, como una parte de cada uno que ya no se quiere, que se deshecha: “silenciosa y mutante/los enterraré/espiralando el alma/entre los duelos”.

Fue, tal vez, una premonición hacia otros duelos algo más concretos los anunciados por Ana en este tierno libro de poemas donde acumula amor en sombras, en espejos, en alquimias, en desbordadas sensaciones.

Ana Guillot ha sido, desde que la conozco, hace ya muchísimos años, una gran maestra. He tenido el privilegio de ser su alumna. Me vanaglorio de ser su amiga.

Ana es, desde este comienzo curvilíneo, una maravillosa poeta.

Con todo respeto y afecto a su maestría, este ínfimo comentario.

Isabel Krisch

 

Dos poemas para el comentario de Curva de Mujer de Ana Guillot

 

XX

 

Si yo fuera Penélope,
bordaría de suspiros
tu almohada.

Si yo fuera Helena
te amaría,
sensual, desprejuiciada.

Si yo fuera Iseo
desplegaría la bandera blanca
y me dejaría juzgar,
desafiante,
sobre la ardiente zarza.

Sin embargo, ya ves,
soy sólo Ana.

Sólo me atrevo a desnudarme
hecha palabras.

 

 

XXXVI

 

Acaso el paraíso sea morirme
definitivamente
en tu abrazo.

O acaso sea ésta la puerta del infierno.

Y quién sabe.

Pero es que la piel se me deshace
en un río profano
que no conozco
mientras pulsa la mujer
con la fiereza más elemental y primitiva.

Y me rasga el alma hasta el límite
imposible.
Pero alimenta el deseo.

Y ya no sé quién soy.

Y la curva es de barro.

Pero igual los ojos se me fugan
en tu mirada ávida
y la voz se me ahueca
y es un beso invasivo.
Y nuevo.

Acaso el paraíso sea la epifanía de este espejo
que, sin saber, me regalaste.

Espejo de mujer
desnuda para siempre de sí misma.

O acaso
modelar en barro sea la entrada en el infierno.

Y quién sabe.

 

Pero es que hasta los silencios
son ahora húmedamente cálidos.

Y quién sabe.

Tal vez el paraíso y el infierno sean uno
en este movimiento desvelado
hacia mi propio centro.

 

 

Epílogo

 

Curva sinuosa de mujer.

Curva la mujer su curva
se rebela, mansa,
deslumbra ondulación entre sus senos.

Zigzaguea la curva
se desteje la red
se deshilacha la curva de mujer
se hace vértice hiriente,
cuadratura.

Curvo grito de angustia
ahueca su interior
buscando con afán su propia curva
buscando la mujer a la mujer.

Y es otra vez la curva quien se impone:
curvos los senos
curvo el espíritu intacto y luminoso

curvo beso
curvo encuentro
espiral de la curva en ascenso.

Curva ahora la mujer sus certidumbres
confirma, tal vez, suposiciones
y en la caricia curva del abrazo
ciñe su propia curva
y la del hombre
y aún más allá,
en infinita curva de intuiciones.

Curva sinuosa de mujer.

Se le impone la Voz,
curva la mujer su curva
y ondula la Palabra entre sus senos.

Colección de poesía: Todos Bailan – Libros de Tierra Firme (Libro editado con el apoyo económico del Fondo Nacional de las Artes) – Bs. As.- República Argentina – 1997

Cuando éramos niños, para que fuéramos a jugar nos indicaban que abriéramos la puerta. En este segundo libro de Ana Guillot, el título remeda la edad de la infancia, en la que éramos inocentes. Pero a lo largo de quince capítulos y treinta y tres poemas, la ingenuidad se va perdiendo y la conclusión de esta lectura es, en extremo, adulta. A mi modo de ver, el uso del ensamble de lo, en apariencias pueril, con lo significativamente maduro es excelente. Se ingresa en la letra de la autora, por lo menos, con la expectativa de lo que nos contará para justificar dicho título.

Se inicia en “La Puerta Original”, donde la poeta refresca el mito de Eva, la Serpiente, el Paraíso y el Pecado. Abre, entonces, el poemario y comienza el juego con el estigma de la Culpa, la misma que nos inculcaron en aquellos primeros años, donde los sentimientos son tan maleables que lo que se ingresa a la psique mediante la actividad lúdica se aprehende en el alma.

Y se entornan los ojos cerrando los párpados y se navega hacia atrás en reminiscencia absoluta, porque lo que nos pasa ya le pasó a otros. Uno es también, y siempre, el universo.

Me permito yo también “jugar” en este nuevo comentario sobre el libro de poemas de Ana. Me permito arriesgar quizás, en este lance imaginativo, la confluencia de caminos que hemos tenido, las convergencias en las que hemos abrevado.

Observo en “Los Sueños Infantiles” el deseo de alcanzar el mar, de buscar “la queja azul del agua” o “llegar hacia el embarcadero imaginario”, como La Sirenita enamorada de un humano, inadecuado para su especie. ¿O es el agua salada el cúmulo de lágrimas que le ocasionó tal inconveniencia?

¿No será el cúmulo de lágrimas que todos, invariablemente en algún momento de nuestra vida, derramamos con sus propuestas más dolorosas, las que nos hacen crecer?

Hilar, hila/hilando —nos dice Ana— y es, entonces, como Penélope que teje. Ella, la amante que espera. “Entre la bruma”, “con la zozobra”, “con el ansia cautiva” aparece el hombre entre los versos y, declaradamente, el juego se pone serio.

En la secuencia poética describe intrigas y entregas.

“La Farolera” que tropieza integrando en un abrazo, primero; y dejando, más tarde: “el útero nocturno despoblado”. Alguien que “Juega a las Escondidas”, entre el erotismo y la ausencia. Esa “Mancha Venenosa” que le hace ver que: “hubiera preferido no saber/ que, a veces, el amor es corto/ y se disuelve en barro/ y se parece a la tristeza”. Una “Rayuela” que propone dejar atrás un “gatonegro de ojos profundos y mentirosos”, en un sur “donde el barro cortó el aliento” para intentar “llevarse entre los labios algo de sol”, aunque para ello haya que “agacharse, arrodillarse en la vereda y azafranar las manos y el cuerpo”. Será así como la piedrita arrojada desde lo alto, cuando se ha acabado de golpe la infancia, llegue al cielo (allí donde nos enseñaron que debemos llegar, porque es el mejor destino).

Y ocurre que ve la poeta con sus ojos interregnos, los de un otro, los de él, y los adjetiva, los ilustra: “tus ojos abiertos como magnolias”, “ávidos, tensos, mansos”, “tus ojos lamen, erizan, olfatean, labran”. No parecen ser los mismos de aquél “gatonegro gatopardo de ojos vidriosos, apretados, siameses”.

Ana Guillot sigue jugando en un “Cuarto Oscuro”, a “revolcarse sobre el polen, impertinente, hasta ser ella misma flor”.

Como “El Gallito Ciego”, Ana “calló más de lo posible”, vivió “guardando el pulso de su sangre sin animarse a derramarla” y “respirado a medias en  un mundo prolijo y acotado”, y se preguntó una y mil veces “¿cuántos años/cuánto tiempo se puede vivir sin aire?”. Pero ya no —nos afirma—, en clarísima decisión de cambio. Un “Ya no” que es basta, que dibuja un corte. Desde allí, el ascenso (aunque no sea al cielo, no).

Y luego del ahogo, la poesía desnuda su optimismo porque puede ver: “en el agujero negro una flor amarilla”. Así, después de lanzar el desperdicio afuera, más allá de la expulsión de lo que no se digiere, la poesía cambia. Siempre jugando, comienza a sentirse “como amapola” y la luz silvestre se instala en los poemas, a partir de la mitad del libro.

Las mujeres tendemos a tener reminiscencias de lo pasado, por eso en “Las Estatuas” nos cuenta lo detenida que estuvo “con los zapatos limpios y la ropa planchada”, con todo “tan aburridamente en su lugar”; pero se reafirma en el presente, cuando nos dice: “imposible continuar siendo estatua”. Porque los caminos del crecimiento son sólo de ida. Se “Abren (finalmente) las puertas” y se busca, se lanza al abismo o se hecha uno a volar, de alguna manera impredecible, sin saber qué vendrá, qué consecuencias traerá “licuar la rabia antigua”.

Cuando el camino no tiene retorno, ya no nos importa que nos destierren, ni siquiera de aquel Paraíso primigenio, si acaso lo hubiera. Y se sueña “como una mansa mujer, para nacer de nuevo”, ya no despojada de sí misma, sino todo lo contrario, hallando: “un cántaro de luz entre los dedos y un salmo en la voz”.

 Disueltas las angustias de la propia quietud, deshechas las reminiscencias de un pasado “a contrapelo de la vida”, pasa a la entrega, a una sensualidad declarada, porque se han desatado los ligamentos. Definitivamente. A la liberación sobreviene el encuentro del “Martín Pescador”, que duda si pasar o no, y que en la misma actitud lúdica, teniendo “Los Mismos Juegos” se reconoce, también, con idénticos miedos. En equivalente clave.

Con culpa o sin ella, con o sin Paraíso, alisando las curvas que fueran necesarias, con la sensualidad humana que se alimenta a partir de la libertad de hallar el verdadero camino hacia adentro, cualquier mujer o cualquier hombre están destinados a que sus espacios se crucen. Entonces se comienza a respirar la intemperie. Y se empieza a jugar. Otro juego. El  verdadero.

Este libro de Ana Guillot es un libro de amor. Y, claro, el amor produce, invariablemente, cicatrices. Muchas veces, sólo el verlas duele, como duele encontrarse ante un espejo en una historia de silencios, dónde no se dijo, no se hizo, se soportó. Y la realidad que duele no es un juego.

Ana, la auténtica, la visceral, utiliza en este libro la excusa lúdica para expresarse. Y nos dice que habla: “sólo por mí, hoy sólo por mí”. Pero, en realidad, lo hace por todas, por tantas. Y habiéndose hecho cargo, habiendo cruzado su desierto nos reclama, ¿nos aconseja?, que “cada cual atienda su juego, que cada uno se anime a armarlo o a desarmarlo, sin temor a las prendas”.

Muchas otras, esas todas, tantas, que somos las que leemos sin inocencia; las que hemos, como Eva, mordido aquella lejana manzana, lo que nos permitió tomar conciencia de nuestros propios silencios. Las que hemos soportado también el dolor de la mordida; aquéllas, Ana, no lo pudimos decir mejor.

Precisa elección de los epígrafes de Cortázar, presteza en el lenguaje, hábil manejo de los recursos, un profundo conocimiento de las contradicciones humanas, es lo que expresa en la contratapa el recordado Enrique Puccia y destaco, adhiriendo en todos los conceptos.

Ana Guillot, maestra en la voz, poeta con sustancia, profunda y sufriente amiga/hermana, mi admiración. Siempre. Y todo, todo mi afecto

 Isabel

Poemas que ilustran “Abrir las puertas para ir a jugar”:

 

I

Mujer eva serpiente
de pacto misterioso
de trato sublunar

mujer que apela a su memoria
y se enreda en el árbol
esférico y central del Paraíso

repta entre sus hojas
abre y cierra sus párpados
recuerda

Mujer eva serpiente
sin edad
navegando hacia atrás
el rastro del olvido

El mal tiene mis años (piensa)
pero también los tuyos
hombre que acompañas la trama sutil
de mis deseos

el mal tiene mis números
mis miedos
y el gusto de la tierra en mi garganta

el mal tiene el sonido fetal
de mis dolores
y la nostalgia por el perdido reino

el mal tiene mis claves
pero también las tuyas
hombre que abriste los ojos desnudos
a un abismo

Mujer eva serpiente
abre y cierra sus párpados
recuerda

 

X

Gatonegro gatopardo
erizado el pelo como púas
púas negras alrededor del cuello
púas y estalactitas como alfileres
estalactitas negras, también

gatonegro de ojos profundos y mentirosos
ojos tensos de vidrio esmerilado
de mirada compacta
ojos vidriosos, apretados, ojos siameses

gatonegro de boca húmeda
de lengua destrabada
de lengua de carne
de lengua que lame
que sí que no que no lame

gatonegro gatomontés
quemonta quelame
que desmonta el universo
y me lo invierte
que me lame y no lame
y no sé
qué zarpazo qué pezuña
que me araña y no sé

gatonegro arañanegra
me arañaste
sangra que sangra
sangre negra
noche negra
y para siempre siempre
la cicatriz

 

XIX

Me he detenido en la estatua deseada por mí misma.
La pose ha sido casual,
pero no tanto

Tiene algo de princesa, quizás de bailarina

Me he detenido inerte
en la imagen esperada por los otros

Tiene rasgos casi perfectos y pulidos
pero adivino en ella
un gesto infantil que me delata

Me he detenido hecha sal
cuando hubiera preferido ser arena,
aire tibio, soplo de luz

Me he detenido con los zapatos limpios
y la ropa planchada
y todo tan aburridamente en su lugar

Me he detenido años
por miedo a alterar la estatua deseada
la imagen sugerida
la posible armonía de los otros

Pero la sal se diluye
si algún viento huracanado la celebra

Pero la sal se expande en volátil partícula
y es, en esencia, nada.

Me había detenido salina sin espuma.

Ahora, una invasión de aire me sacude.

Imposible continuar siendo estatua.

Colección de Arte – Claves Latinoamericanas – México, Distrito Federal – 1989

Cuando nos proponemos el acercamiento a un libro, lo primero que nos impresiona es su tapa, el aspecto exterior del mismo. Y, algunas veces,  esta sensación inicial nos predispone, por mecanismos inconscientes, mejor o peor a su lectura.

Este poemario, extremadamente original, que Guadalupe Elizalde presentó en 1989, se observa a primera vista como un libro de corte artesanal en todos los sentidos. Su encuadernación es de tapas de cartón corrugado y el interior se confeccionó en papel de reciclaje. Las hojas, sin numerar, están cortadas horizontalmente, en tres secciones. En las que corresponderían a las páginas impares, es decir, las de la derecha, se encuentran impresos los poemas; tres en total por cada página, uno en cada sector. Las hojas de la izquierda fueron ocupadas por fotografías.

Analizar fotos y poemas equivale a condensar la verdadera estructura del libro, su sustancia. Poema y foto en este libro son complementariamente “sinestésicos”, teniendo en cuenta que la SINESTESIA es la sensación que se percibe en una parte del cuerpo distinta de aquella en la que se ha producido. Es un tropo que consiste en unir dos imágenes que pertenecen a campos sensoriales diferentes.

Así, abrir la primera estampa y ver una hilera de cadáveres envueltos en trapos blancos y una mujer con su cabeza cubierta (¿quizás un chador?), llevándose un pañuelo hacia el rostro, provoca una impresión tal que, por lo menos en mi caso, lentifica la lectura de la página siguiente. ¿Serán musulmanes? ¿un cementerio? ¿es una guerra? ¿un atentado? Y continúo observando y preguntándome: ¿son los tanques ingleses? (creo ver en una foto al futuro rey Carlos de Inglaterra, vestido de fajina) ¿hay dos actores representando un drama? ¿la destrucción de la ciudad fue por una bomba? Todo se me representa como una mixtura expresiva sobre algún caos. El color sepia de la primera imagen sin aclaraciones aumenta la incertidumbre. Sin embargo, las próximas láminas no me dan aún las respuestas.

Las dudas se plantean porque los cortes son desparejos, algunas de las representaciones no se completan y hay más muertos, más mujeres llorando, más destrucción, más desconcierto, más desconsuelo. Todo provoca esa “sinestesia” que se anuncia desde el título.

Y es necesaria la lectura de los treinta poemas, concisos, acotados, cerrados en sí mismos, herméticos, angustiantes.

Quizás leerlos con intención de obtener así de ellos una conclusión conjunta e inmediata fue una decepción. No porque tuvieran algo reprochable, sino todo lo contrario, son en extremo angustiantes. Como lo que previamente se vio. Y ahí —dice la literatura poética lacrada—, es donde el poema cumple su objetivo. Crear una sensación. Una “sinestesia”. Por ende, el libro artesanal de Guadalupe Elizalde se lleva los lauros. El empeño de este trabajo hecho con las propias manos logró su finalidad. Y no podía ser más apropiado el título, aquello que en un primer momento llamó la atención.

Así, lentamente, uno va entrando en la “sensación” de la guerra, de la muerte, del cosmos bifronte y de los hemisferios antagónicos. Y comprendemos que todos somos indiferentes, culpables, temerarios, infernales. Que todos cargamos con horizontes anegados, tenemos muros retinales, tactos ausentes, orejas antediluvianas. Todos con nuestras obsesiones, nuestras carcajadas cadavéricas, nuestra piel amnésica por esta sociedad que nos deja huérfanos. Esdrújulos.

Este ejercicio lúdico configuró un libro desestructurado, insular. De esta única manera —propone Elizalde—, aboliendo la armadura, es que podremos, tal vez, reconstruirnos mañana.

En el final de la obra se lee un detallado post-fascio de Guillermo Rousset Banda, minucioso, pero concreto estudio acerca de la evolución de la poesía, desde aquellas con ritmo, eufónicas y extensas hasta ésta, precisamente, escueta, cerrada y ambigua, visual. Destaca el crítico que esta moda de una expresión minúscula —motivada por la invasión e influencia de los medios de comunicación masivos— permite las distintas interpretaciones personales, y es así como el lector tiene la posibilidad de participar con su significado.

Coincido con él también en que el conjunto (lo visual/lo que se dice)  es de una excelente calidad y ratifico mi pensamiento anterior de que la verdadera poesía es provocadora de sensaciones, las que en este caso se apoyan notablemente en las imágenes. 

Un trabajo que se ve desde el principio, medido, intenso, intencional, para estimular la “sinestesia” que esgrime. Es una labor de “Combinación antihipertensiva con acción sinérgica comprobada”, como el epígrafe inicial del libro anuncia. Para mí, es de una intelectualidad más que lograda.

Con mi consideración a Guadalupe Elizalde, mi afecto y mi respeto.

Isabel Krisch

Poemas que ilustran este libro “SINESTESIA”, de Guadalupe Elizalde.

 

1

Estamos todos. Los indiferentes,
los del triunfo sobre hemisferios antagónicos;
a lo culpable, los helechos temerarios, los sin dientes…
Todos en el Index hagiográfico de Dios

 

       17

         No. No es fácil decirte
                sin romper puños en paredes de hueso;
         nombrarte lúdico
                en parámetros versátiles de piel amnésica;
         buenas costumbres;
         sociedad que nos deja huérfanos,
                                                           esdrújulos

 

      25

        Pensar que zozobramos en este mismo mar
                que condiciona travesías;
        irresistible porque nada fue
                 y no obstante
                 todo pertenece

 

      30

        Tendremos que abolir las estructuras
               si queremos reconstruirnos
                                                        mañana
        más prójimos
        a la primera intención            CREATIVA

As de Oros – Colección de Poesía – Editorial Colibrí – México, Distrito Federal – Julio de 2005

Es fácil leer detrás de la metáfora, cuando la autora del libro nos anuncia: Confesión de parte, desde el principio. Y nos resulta abrumador un “como la madre que decidió cegarse” o un “padre que exigió silencio”. Y suponemos, de inmediato, a una niña que se hubo “estrellado a muy temprana edad con el prójimo”. Una niña que agrega: “y frontalmente”

          Es harto sabido que los niños maltratados guardan huellas en lo más recóndito de su psique, las que jamás borraran aún cuando, convertidos en adultos, superen los más tremendos sinsabores. Estas circunstancias han sido estudiadas después de los avatares de una guerra, por ejemplo. Luego de grandes cataclismos o miserias. Con sobrevivientes del Holocausto. O, más cotidianamente, en aquellos que han sufrido golpes traumáticos, como la muerte de un ser querido muy cercano. Y hay capítulos enteros que hablan de la violencia ejercida sobre los niños en el propio seno familiar.

“¿Cuánto de mí quedó en la coladera de tus huesos cuando tu corazón fue nada? ¿Qué dijeron de ti aquella cama y su candado miope? ¿Cuánto de nosotros sobrevive al silencio?” “¿Cuánto estamos dispuestos a saber?”, acumula en versos Guadalupe.

Si una voz adulta habla de un niño que se “hiela en su interior”, está desarrollando una temática profunda, próxima y conocida. Está, valientemente, asumiendo una postura de reclamo a la vida que, es probable, le haya exigido aquel duro aprendizaje. Y si se acota que “todos preferimos otra película”, se habla del escarnio de la complicidad. Esto se puede ver en el poema: Los ojos de la niebla. La niebla que, como una nube cerrada a ras de la mirada en este caso, impide ver, tal vez, aquello que no se quiere. La niebla, entonces, no está delante de los ojos, sino en la conciencia. Y pone a los “ojos ciegos”, que “son mil ciegos de la mano”, y habla de un “despertar en los ojos de los peces”, que se parecen a ojos muertos. O quizás sea lo mismo que esconderlos tras la niebla. El poema acusa. Como inculpa cuando recuerda: “quién obligó la mesura en esta cárcel/ conoce lo inmenso de sus sótanos”.

Por otro lado, hay mucha Luna en la poesía de Guadalupe. En la simbología —según Cirlot—, “la Luna es la madre, lo femenino, la mujer y sus ciclos a lo largo del mes. Es, desde su carácter pasivo, el ser que no permanece siempre idéntico a sí mismo, sino que experimenta modificaciones “dolorosas” en forma de círculo, clara y continuamente observable. La etapa de invisibilidad de la Luna, corresponde a la muerte. Son tres días en los que ella desaparece del cielo y en el cuarto día, renace”.

Exactamente, como la mayoría de las veces, la mujer renace desde los más dolorosos “partos” a los que la expone la vida. Este sustantivo no representa solamente el nacimiento de un niño; simboliza también la situación límite, el punto más doloroso que ocurre como hito en el tránsito de cada discurrir. Esto es invariable, más tarde o más temprano. Me parece una obviedad agregar que lo mismo pasa con los hombres, pero yo defiendo, sin ser “feminista” ni mucho menos, la resistencia infinita que tenemos las mujeres.

Está comprobado que ellas (que nosotras), hablando siempre desde la estadística y no desde la excepción, estamos más preparadas para sobrellevar el sufrimiento, tal vez por esa condición de factible madre, dado que nuestro umbral del dolor se acomoda a la memoria colectiva que nos acondiciona para la concepción y el nacimiento. Para la continuidad de la especie.

Utiliza la poeta entonces, a mi modo de ver, la metáfora en la que la Luna es la madre; la madre, el hogar; y el hogar, la cárcel. Se puede inferir una fuente de conflictos en la relación con la madre. “¿Quién pudiera—luna—verse cuando observa/ y conocerse mientras huye?

Y si hay un “chacal que la acosó hasta el límite”, una “bestia de bronce”, alguien cuyo “mañana es un camaleón y su remitente es el de víctima”, seguramente que el asesino del que habla el título “estuvo en su casa”.

El universo poético abre, una y otra vez, incógnitas maravillosas, y permite infinitas preguntas retóricas: ¿quién es el hijo indeseado?¿Quiénes ignoran nuestros rasgos, mientras tantean el perfil?

Se puede leer también el tono descarnado: “Recordarlo todo para olvidarme”. “¡Ay, madre! (…) No miraste, no quisiste ver”. “(… ) mirar la omnipotencia del padre/ y sobrevivir su desvanecimiento(…)”. “Todos somos hijos del hambre”.

Aunque desde la óptica del lector (precisamente la mía, en este caso), analizar el detrás de los versos suponga una osadía. Un atrevimiento, del cual me excuso públicamente a la autora. Pero, permítaseme, por lo menos, la duda.

Desde hace un tiempo vengo sosteniendo la teoría de la sanidad en la poesía. Es por eso que, aunque con mayor lentitud de lo que me gustaría, es que me encuentro leyendo la poesía de mis colegas y pares, con la natural inclinación a buscar, a escarbar sus conflictos. O, por lo menos, el origen de sus búsquedas y el sentimiento que guardan sus palabras. ¿Será porque, la mayoría de las veces, una misma escribe desde los propios desasosiegos?

No soy psicóloga, no lo quiero ser, no es eso lo que me interesa de momento. Simplemente, siento en lo más interno de mí, que mi propia experiencia es universal. Y que los tópicos de los otros serán diferentes, pero el camino es inexorable.

La palabra que puede salir, que es dicha desde la entraña, no queda adentro. Y como una exudación necesaria nos va limpiando. El proceso es uno, las distintas manifestaciones del arte me avalan. Y en poesía las herramientas son los versos, las metáforas, los estilos; cerrados o abiertos declaradamente; más o menos herméticos; lacrados, otros. Siempre hay en ellos, pedazos de nuestra propia voz. No es casual que Elizalde haya mencionado a Edvard Munch, el paradigmático expresionista noruego para alguna alusión de agudeza existencial.

Los poemas pueden presentarse con dibujos diferentes, pero el resultado es siempre el mismo: la sanación del alma del que escribe. Estoy convencida de que en poesía no se miente, no se puede mentir. Simplemente porque no debe de haber nadie capaz de crear una realidad interna muy distinta a la propia y metaforizar el engaño. Esto no quiere decir que todos los libros de poemas de un autor sean, necesariamente, autoreferenciales. Pero alguno de ellos, es inevitable, lo ha sido o lo será. O el poeta desparramará sus sinsabores y angustias; sus alegrías y amores; sus deseos y anhelos; su melancolía y sus penas en todos sus poemarios, porque la escritura poética sale, se crea, se gesta en lo más recóndito del ser. Y ese espacio interior no sabe mentir.

Es una necesidad, entonces, expresar primero lo que duele, lo que marca. La cicatriz. En el talento de uno u otro, en la mejor capacidad de expresarlo, estará la virtud individual del artista.

Desde la estructura, el libro de divide en cuatro partes: I Asesino en casa; II Margaritas envenenadas; III Itinerarios y Estructuras y IV Asesinos profesionales. Y suma cuarenta y cinco poemas en total, cada uno de ellos con un título que lo identifica.

Encuentro dibujos irregulares en los versos, lo que le da originalidad a la forma. Los acompañan citas de personajes importantes y conocidos de la literatura, de la poesía y de la pintura; es decir, del arte, en general. Los recursos son mixtos, aliteraciones, preguntas retóricas, inclusión de conceptos mitológicos; mucha carga de los personajes bíblicos y el peso de la religión que se siente: “todo o casi todo, madre, consecuencia del nada original pecado de hincar el diente en las manzanas”.

Más profundo todavía, los temas de la “sombra” y de la “culpa”, que no debo ahondar porque no corresponde al plano de lectura que he tratado de realizar y por mi falta de idoneidad para un análisis más profundo o de corte psicológico.

La conclusión desde mi óptica acerca de este libro que desgarra, es que la autora ha puesto en él “toda la carne al asador” (como diría un buen argentino), que ha hecho catarsis, que se ha jugado, que se expuso o, inteligentemente, expuso la voz de aquella niña que pueden ser miles de niñas que viven la violencia en el seno del hogar. Entonces, el poemario y esta literatura se transforman en denuncia social: “Esto es serio, señoras y señores”, lo que se ratifica, además, con el epígrafe debajo del título del poema Manéjese con cuidado, que dice: “Más de tres mil niños y niñas son violados diariamente en las calles de América Latina”, UNICEF.

El que denuncia, el que se anima, debe recibir una felicitación especial. Debe ser reconocido por su aporte.

Asesino en casa, como dice oportunamente, Ángel Gallardo en la contratapa de este libro es una invitación a reinventarse cada día, y la autora se mete en las arterias de cada verso, en el torrente todo de su escritura, aún en cada silencio, y “para que no se le ponga negra la boca de callarse”, entonces “ella canta”.

Cuando comencé este comentario dije que era fácil leer detrás de la metáfora. Nada más mentiroso. Ha sido un trabajo de lectura minuciosa, de extremado pulido. Lo he hecho muy despaciosamente y con todo mi corazón. Mejor no fui capaz. Dejo aquí un saludo rendido y mi admiración infinita para Guadalupe Elizalde, a quien conocí en México D.F., el 16 de junio de 2008; desde este recóndito lugar, desde esta insignificante página. Y todo mi cariño.

Isabel Krisch

Algunos poemas ilustrativos de este libro: «Asesino en casa»

 

Entre espinas

Un hijo indeseado es rescoldo que mastica el diablo.

Ella naufraga en el rápido de la noticia
     y su pupila se rayó de miedo contra el párpado.
                              Supo comer de la vergüenza,
                              lo bajó del tiovivo de sus brazos
                              que fueron cable, hospital y cementerio.

Él
     se escondió del día, polizón entre los cardos.

           ¿Cómo arderá quien se gestó entre espinas?

 

Manéjese con cuidado

Más de mil niños y niñas son violados diariamente
en las calles de América Latina.
UNICEF

Nacen con esa instrucción sobre las córneas.

     La vi caer de tus brazos al nido de la sierpe,
                                          quebrarse la columna,
bailar sobre un alambre al rojo con una sombrillita en llamas.
                                    Bajó al infierno en un segundo.

Era mansa como las alcantarillas e inventora de úteros.

Hoy es gárgola.

       Prostituye su historia en los nichos de su iglesia.
                                   Es una muñeca sin sexo en tu regazo.

 

Soga en casa del ahorcado

Reclama al brujo que convirtió halcones en gusanos,
                así podremos hablar del polluelo en este nido
                                                                                   calcinado.

Fabrica un conjuro, devuelve a los cuervos el alba,
que su plumaje olvide la obsesión
                                              por los tinteros,
      sólo así volveremos a ser ojos sin sospecha.

      Clava —de una vez—al vampiro con su reflejo,
pon tres ajos al norte
y una cruz de sal en nuestra estirpe.

      Necesito que Heráclito triunfe
y nadie,      nunca
                      vuelva a bañarse en las aguas amnióticas
                                                    de otro caldero cómplice.

Hablo de la soga
             en la casa del ahorcado:
                       una película donde Eva yace junto a Caín,
                                                         Abel se entierra solo
                                        y hasta         Dios
                                                                         calla.

Café México Ediciones – Cuauhtémoc, México, D.F. – Febrero de 2008

El libro “La herida invisible” de Lina Zerón ha sido prologado por Mario Meléndez, el 27 de enero de 2008 en Naucalpan, México. En dicho prólogo se anticipa que en esta antología la poeta desarrolla sueños, amores, eternidades, recuerdos y nostalgias.

La misma reúne sesenta y seis poemas extractados de sus otros trabajos: “Luna de abril” (1996); “La espiral de fuego” (1999); “Moradas mariposas” (2002); “Vino rojo” (2003); “Nostalgia de vida” (2005); “Ciudades donde te nombro” (2006) y “Consagración de la piel” (2007), material al que no he tenido acceso, lamentablemente.

Mi vínculo con Lina, y su conocimiento, se produce en el XIIº Encuentro Internacional de Poetas de Zamora, Michoacán, México, en 2008, y a través de esta compilación que ella tuvo la deferencia de obsequiarme.

Aunque este análisis, entonces, resulte incompleto visto desde la óptica de su obra tan vasta, quiero enumerar los detalles que he observado y que, creo, la caracterizan. Siempre mi mirada se detiene en una lectura minuciosa primero, y en la observación de su estructura, su forma y su fondo, de manera paulatina.

La poesía de Lina Zerón es declarativa —diría confesional—. Son casi narraciones poemadas. La escritora nos va contando pequeñas historias, sentidas, cotidianas. Su universo oscila desde la extrema sensualidad: “sumerges pistilos en mis labios abismales/ produciendo capilares estertores/ me vuelvo tu cómplice/ y convulsiona mi cuerpo en tu lecho”; pasando por el abandono: “si no estás/ grito en el teléfono/ te nombro, alaridos doy./ Odio esta orfandad que se apodera de mis sábanas”; por la soledad: “cual fantasma paseas por la casa,/ tu recuerdo se mece como viento del Este,/ como niebla sobre los rizos del mar(…); por la  rutina: “duermes,/ duermes como la roca/ en el profundo sueño de las aguas quietas,/ la pasión de los labios perfectos/ se volvieron ruina,/ convertiste a la diosa de fuego en cenizas”; por la separación: “llegó el momento de partir/ el hogar en dos./ Bien:/ comencemos por los rincones/ donde las arañas tejieron también su historia”; por los recuerdos de traiciones: “hoy resucitó un dolor maldito/ te vi cruzando la calle/ (…)/ mi mente voló a otra fecha (…)/ recordé cuando eras buitre volando/ (…)/ tú, ella. Yo en el olvido”; hasta por el aburrimiento: “este desánimo eterno y pegajoso/ esta intransigente búsqueda perfecta de ti/ (…). Y lo hace al mejor estilo naturalista.

La poeta muestra una “carnadura” notoria y notable. Posee una palabra contundente y fuerte, con un decir cargado de imágenes y de adjetivos que transportan al lector a las situaciones que describe. Es exacerbada en los sentimientos que expresa. Visceral hasta la médula.

Tiene un vocabulario veraz, cotidiano, claro; pero, detrás de su palabra robusta y sólida, sin embargo, se puede intuir una mujer sufrida. Solitaria, aunque sea desde el espíritu, porque es el espíritu huérfano el que se desnuda en acciones, en despojos. “Hoy me encuentro más sola que un viejo faro de mar”—dice.

Sus estrofas —a veces rimadas, sin métrica uniforme, sin una estructura rígida y, sin que esto importe, en verdad—,  están inundadas de naturaleza, como si ella fuese una enorme fuente de inspiración. Las plantas, sus frutos, sus raíces; los distintos árboles que mecen sus ramas entre sus versos: el olmo, la higuera; y los animales: mariposas, peces, águilas, golondrinas; la nutren, la colman.

Es capaz de contar y transmitir poesía desde lo particular hacia el estereotipo, y así se transforma en una poeta social que capta lo común que tenemos los seres humanos, y lo transforma en hecho artístico. Por eso, en Oda Mayor, y con un acápite dedicado a “mis amigos en el exilio”, puede decir: “Patria mía,/ quién pudiera volver a beberte/ en la copa de una mirada/ sentir tu paisaje/ adentrándose en el alma”. O nos puede relatar estos retazos en Acuarela de una raza: “¿Dónde quedó la historia,/ el verde paisaje,/ la sapiencia del cosmos,/ nuestra sangre milenaria?”. Y, también, comprometerse en Un gran país: “Vivo en un país tan grande que todo queda lejos:/ la educación,/ la comida, / la vivienda. /Tan extenso es mi país/ que la justicia no alcanza para todos”.

Finalmente, no hay réquiem ni lágrimas incandescentes para una señora con estatus, que con desconsuelo, como un carbón ardiente nos relata sus asuntos de cocina, sus fugaces encuentros, su letanía. No puede quedar en cenizas su voz, su imagen cotidiana, su florescencia o su vigilia, porque el norte siempre es alucinado, en todas la moradas hay mariposas, hay campanas y latidos y amores distintos, jardines en llamas, inmoladas gaviotas, azules y sedas y fiestas. Hay que continuar mudando la piel, provocando nuestra propia metamorfosis, para tener la oportunidad de resucitar en el desnudo mar.

Y, aunque nada sea para siempre, no muy lejana estará la cumbre cuando poseemos un currículum vitae extenso y compacto como el que se apunta en la parte posterior del libro. Ésa es la condensación de la actividad de Lina Zerón, sus libros, reconocimientos, participaciones en antologías, en revistas nacionales e internacionales, como jurado, como periodista, como personalísima poeta.

Me quedo con el carácter de la obra condensada en este tomo que selecciona algunos de sus poemas y le dejo pues, desde Buenos Aires, mi más cálido saludo y mi admiración.

Isabel Krisch

Algunos poemas de Lina Zerón para ilustrar «La herida invisible«:

 

Imagen Cotidiana

Este desánimo eterno y pegajoso,
esta intransigente búsqueda perfecta de ti.

Ya no hay lunes malhumorados
                ni eufóricos viernes
                ni domingos depresivos.
Ni siquiera soy simétrica como los miércoles
                ni me parezco al aburrido jueves.
Debería inventar otros nombres a los días,
restarle semanas a los meses,
abolir las tardes de lectura,
los arrumacos en los parques
de parejas clandestinas,
nuestra imagen cotidiana.

Tal vez regresaría el ánimo de continuar aquí.

 

Déjalos que hablen

Del color que sean,
déjalos que hablen.
Que hablen
rojos y azules,
verdes o canarios.
¿Qué saben ellos de mí
salvo que soy un cuerpo?

Déjalos que de mí coman,
que me pudra entre sus dientes,
que sirva de alimento a esta banda
de gusanos que se adherirán
a mi piel cuando por fin descanse.

¿Qué saben ellos de mí,
salvo que soy un cuerpo?

 

Asuntos de cocina

Para abrir apetito…
apagar el televisor y dar paso a la luna llena
incluir constelaciones y tres nuevos planetas,
dos copas de champagne, duraznos y un ombligo,
amasar 50 grs. de pasión con una pizquita de ojos,
hervir dos tazas de saliva fresca en la boca,
y escuchar el bullicio de tus manos
haciendo ensalada entre mis piernas.

Como plato fuerte…
media cucharadita de suspiros a ritmo de salsa,
500 gramos de besos envueltos en piel tostada,
un kilo de “te amo” con dos cucharadas de caricias,
y 2 kilómetros de crujir de muslos en su punto.

Mezclar todo y beberlo en días de arco iris,
eso hará que nunca terminen nuestros sueños.

Botella al Mar – Buenos Aires – República Argentina – 2009

Ana Guillot presenta en este nuevo libro, largamente gestado, una “Orilla Familiar” que es la recreación, la regeneración evocativa de un pasado propio, genético, familiar, hondo. Aquellos dolores de los antepasados, aquí se hacen propios en la similitud y en la diferencia; pero ellos y éstos le pertenecen. Por eso dice: “me acurruco en el hambre/ muerta de miedo llego/ a esta cita // la piel es una inundación/ de astillas/ y cada trozo es mío/ y duele”.

En “La Orilla Familiar” hay tiempos de antes y de ahora que van y vienen. Hay una niña de trenzas que tiene un “reino de preguntas” demoradas, tal vez, porque ha querido estar “lejos de lo que la haga llorar”, y esa niña va cambiando el cuerpo hasta transformarlo en una “selva en el pubis y un enigma”.

Una mujer ya, “con vértices acuosos”, intenta “zurciendo la memoria”, una “feroz vindicación”.

Vindicación al padre pequeñito, al padre-hijo-huérfano, a la abuela-viuda joven, a los muertos amados, a quienes dedica este poemario.

Ana trae las células alborotadas de su pasado familiar al presente, y justifica así su canto y el de un coro de mujeres en las que se apoya. Y a los antecesores les dice: “que ya es suficiente, que se duerman en paz”. Y expone en paralelo su historia personal, de viuda joven como su abuela Agustina;  con hijo huérfano también, como su padre. Y es canto y es grito propio, con el que alivia su memoria cuando dice lo que su abuela no pudo. Cito: “—estará él acá?— dice el pequeño/ la madre no contesta/ los duelos la perforan/ y ella/ que ni siquiera puede/ llorar/ le sujeta la mano/ como si buscara también/ que él la sujete/ es joven y está viuda/ sólo vuelve la espalda/ no se puede nombrar/ lo que no cabe/ (y el grito se encapsula/ en la garganta).

En esta historia que le pesa, que ha considerado contar como homenaje en este libro, hay un pasado inmigratorio de dolor porque la Guerra Civil Española, desde Barcelona en este caso, alejó de la lengua, de la geografía, de las raíces, de las huellas, del muerto, del muertito, a tanta gente. Y entonces, con mucho amor y con piedad creo, hace hablar al abuelo en su cajoncito, así: “el muerto dice/ —podría ser un mapa de mi piel/ una cartografía de los huesos/ pero ahora la mancha/ que no lavo/ que no puedo lavar/ la crema chantilly aceitosa y molesta/ el rojo sudor (que como el mar)/ (hay cadáveres aún en israel)/ podría ser el corazón de un rayo/ un disparo acrobático en el tórax / un voltio sobre el lomo/ como un alambre finito, umbilical/ (la raya en la cabeza)/ no me sale no cruje no florece/ no delimita nada/ nada de nada —dice/ acá en el cofrecito hay un rumor/ arácnido hormigueante cascarudo voraz/ son los otros quietitos como yo/ entonando su propia melodía/ (aunque ellos no retornen con palabras)/ podría ser el apéndice del mundo/ del intestino del libro del ensayo/ no me sale narrar/ no me sale no puedo/ erguirme en esta oscuridad/ en el frío pequeño y zigzagueante/ debajo de los pasos/ de los otros/ podría ser una apetecible lasitud/ estar acá quietito/ pero estoy jodido, absorto, estupefacto/ tan lejos de mi alma (afuera arriba)/ del otro lado del auricular/ del consuelo/ de la tumba. Y entonces, Ana, pone en este poema la universalidad de las guerras, de las otras guerras, de las actuales y terribles que dejan a tantas otras mujeres viudas y a tantos otros niños huérfanos. Y nos muestra que siempre estamos “al filo, en la orilla”.

En este ir develando su historia, suma a su voz la de Helena, Andrómaca, Hécuba, Casandra, Clitemnestra, mujeres que comparten la historia, mujeres arquetípicas que “corifean” cantando, diciendo, lamentándose, condoliéndose, exaltándose, también vestidas de luto. De otros lutos. Mujeres sufrientes que le ayudan a develar aquel enigma. Y a ellas se les unen otras, calladas, acalladas: “la que no sabía que se podía gozar”, “la que se equivoca de hombre”,  “la que arroja la llave”, “la que mueve los labios y hay que adivinarle la plegaria”, “la que intenta no ser carnada del semen blanquecino y pegajoso”, “la que tiene branquias pequeñitas”, la geisha del jarrón chino”,  “la mujer erógena”. Todas son/somos siempre “hermanas-hermanitas”, un “panal a punto de estallar”. “El universo que es una boca que se abre”.

A la figura de un padre, se suma la referencia a los otros padres —literarios— como César Vallejo que le recuerda que “hay golpes en la vida, tan fuertes, tan certeros”, yo digo que esos golpes nos hacen retrotraer la nuca atrás. O Juan Rulfo que le cuenta “vine a Comala a buscar a mi padre” y “mi padre es también el tuyo”, yo digo el padre de todas. O Saer o Pessoa o Castillo, que en otro tono, este último exclama: “la grandísima perra”. Y entonces, digo yo, el homenaje.

Esta Orilla Familiar, que Ana Guillot separa en diez capítulos fue traducido al catalán por Peré Bessó, que es un Licenciado en Filología Moderna, Catedrático de Lengua y Literatura, y con la incorporación de esta lengua al libro yo entiendo que las orillas de Europa y América, finalmente, se unen.

La voz de Ana es sólida por donde se la mire. Indiscutible. Y es una voz única y personal. Fuerte. A estas alturas, creo yo, los enigmas ya le están revelados.

Sus curvas de mujer ya han abierto todas las puertas para ir a jugar, ya no juega, ya no es inocente ni está dormida. Ya no hay inocencias. Y Ana Guillot tiene, seguramente, muchos más posibles espacios que desarrollar y que dejar como legado a la literatura moderna.

Me siento, en lo personal, feliz de poder decir estas pocas palabras sobre ella, que siempre son escasas y pobres e insuficientes. Sólo quiero agradecerle públicamente su maestría, su conducción, su estímulo, y la habilidad para extraer del alumno lo máximo que el otro pueda dar. Pero sobre todo su generosidad y su amistad.

Te quiero mucho, Anita, hermana-hermanita del alma.

Isabel Krisch

Algunos poemas de «La Orilla Familiar«:

 

I

Mujer eva serpiente
de pacto misterioso
de trato sublunar

mujer que apela a su memoria
y se enreda en el árbol
esférico y central del Paraíso

repta entre sus hojas
abre y cierra sus párpados
recuerda

Mujer eva serpiente
sin edad
navegando hacia atrás
el rastro del olvido

El mal tiene mis años (piensa)
pero también los tuyos
hombre que acompañas la trama sutil
de mis deseos

el mal tiene mis números
mis miedos
y el gusto de la tierra en mi garganta

el mal tiene el sonido fetal
de mis dolores
y la nostalgia por el perdido reino

el mal tiene mis claves
pero también las tuyas
hombre que abriste los ojos desnudos
a un abismo

Mujer eva serpiente
abre y cierra sus párpados
recuerda


X

Gatonegro gatopardo
erizado el pelo como púas
púas negras alrededor del cuello
púas y estalactitas como alfileres
estalactitas negras, también

gatonegro de ojos profundos y mentirosos
ojos tensos de vidrio esmerilado
de mirada compacta
ojos vidriosos, apretados, ojos siameses

gatonegro de boca húmeda
de lengua destrabada
de lengua de carne
de lengua que lame
que sí que no que no lame

gatonegro gatomontés
quemonta quelame
que desmonta el universo
y me lo invierte
que me lame y no lame
y no sé
qué zarpazo qué pezuña
que me araña y no sé

gatonegro arañanegra
me arañaste
sangra que sangra
sangre negra
noche negra
y para siempre siempre
la cicatriz

 

XIX

Me he detenido en la estatua deseada por mí misma.
La pose ha sido casual,
pero no tanto

Tiene algo de princesa, quizás de bailarina

Me he detenido inerte
en la imagen esperada por los otros

Tiene rasgos casi perfectos y pulidos
pero adivino en ella
un gesto infantil que me delata

Me he detenido hecha sal
cuando hubiera preferido ser arena,
aire tibio, soplo de luz

Me he detenido con los zapatos limpios
y la ropa planchada
y todo tan aburridamente en su lugar

Me he detenido años
por miedo a alterar la estatua deseada
la imagen sugerida
la posible armonía de los otros

Pero la sal se diluye
si algún viento huracanado la celebra

Pero la sal se expande en volátil partícula
y es, en esencia, nada.

Me había detenido salina sin espuma.

Ahora, una invasión de aire me sacude.

Imposible continuar siendo estatua.

Colección de La Garza – Tendencias XXI – División Editorial – 2003

La poesía es, estoy segura, el único género literario en el que no se puede mentir ni falsear. Siempre se cuela o se filtra por la metáfora cómo estamos, qué sentimos los poetas.

Sé que ésta no es una teoría original, pero a través de la posibilidad de leer y releer atenta y detenidamente las distintas voces voy confirmando, de a poco, esta hipótesis. Por eso, cuando Claudio Portiglia dice en su libro “Cuotas Partes”: “Giro sobre mi centro de gravitación…” ratifica mi conjetura. Para un escritor que aborda el género poético no es casual hacer referencia a dicho eje de una manera u otra. Él elige la directa.

La poesía desnuda, despoja, descarna, sana. La poesía es la herramienta maravillosa para disfrazar y enmascarar las penas, los sinsabores, las inquietudes, las desesperanzas. Y la “factura de un poema… goza del prestigio de las cosas que no deben explicarse”.

En una primera aproximación, el lector puede observar la estructura de este poemario de Portiglia que se vale de un lenguaje franco, límpido, alejado del hermetismo, con poca metáfora; lineal, aunque no es simple, porque la hondura está en la sensación que transmite. Su voz nos toca en algún vértice propio cuando insistimos en recorrer sus versos y nos metemos en su carnadura hasta consustanciarnos, finalmente, con el contenido que deja como sedimento. Usa para ello anáforas, aliteraciones, juega con las palabras, exacerba lo sensorial e incorpora repeticiones que nos dejan sin aliento y causan un efecto angustiante y agónico por momentos; tal vez, porque es agónica su necesidad de expresar. De saber. De descubrir.

Elige como epígrafe para uno de los poemas la frase de Craig Venter: “Los descubrimientos no pueden esperar”. ¿Cuál es el descubrimiento que Claudio no puede esperar?

La búsqueda del sí mismo es una condición natural del hombre, del hombre pensante, a lo que nuestro autor no escapa, cuando dice: “tiro de la luz y se deshila un árbol/ se deshace el tejido de la calle/ se extiende un filamento de mampostería/ y el entramado del tapiz del mundo/ vuelve a ser una idea”. Y aunque muestre todo “tan llano tan simple tan inocuo/ como un puñado de palabras que no dicen nada”, le pide al lector que le ponga sentido a dichas palabras. Con el uso impersonal del “se” ubica afuera lo que está vivo adentro. Y necesita verse en un espejo “para afirmar que existe”, porque considera que “su revés es más confiable que su derecho”.

Por momentos desconcierta, porque en algún poema del primer capítulo “Autorretrato” “califica el poema (el suyo) y lo firma”, y cuando firma, con esa contundencia, se reafirma como escritor y poeta. Pero casi al final, en el capítulo séptimo: “Al margen de cualquier consideración”, grita. Es ese alguien que quiere, puede, dice, niega, duda y muchos verbos más que lo llevan a gritar, a ofrecer el grito, a sufrirlo y, finalmente, a ser él mismo el que también calla. Mientras leía en voz alta este poema de la página 69, me quedaba sin garganta, se me ahogaba la voz. Iba avanzando en su lectura y era yo también la que gritaba. Como Claudio. Y recordaba el cuadro del noruego Edward Munch, llamado justamente “El grito”, que transmite el tormento de un hombre, de “el hombre” como género. Hasta esa imagen perturbadora lleva este grito de Portiglia.

Su minuciosidad en la descripción de los actos voluntarios que dibuja con tono y musicalidad impecables, también altera: “levanto el pie/ descubro que el escalón es alto/ levanto el brazo/ compruebo que lo excede la imposición del mástil/ levanto la cabeza/ la vista se disuelve en la licuada vanidad del cielo/ me afirmo entonces en mi porción de tierra…”  o “Miro sobre la mesa/ hay una pátina de grasa sobre la mesa/ sobran los dedos impresos sobre la mesa/ casi no se dibuja mi cara sobre la mesa…”. En este último poema, por ejemplo, insiste en la reiteración, de carácter obsesivo, lo que le imprime un efecto de mayor pesadumbre.

Al mismo tiempo que una amplia capacidad para desarrollar en líneas de disposición irregular la perturbación que le provoca ese “Caos que es un orden por descifrar”, según la voz de José Saramago (que incluye como otro epígrafe bien elegido), se nota su mirada de compromiso, porque el autor es él y su circunstancia física, cultural y política, de las cuales no puede separarse. Nadie puede. Como ser sensible desliza debajo de la palabra individual, la voz de los otros que somos todos. “…Me reconozco parte insobornable de un proceso continuo…”“…hacia adentro todo es memoria/ hacia fuera todo es memoria. / En un punto convergen los olvidos… no soy ese punto”. O también nos involucra con “cada quien su pizca su boleto/ su tiempo compartido…/su cuota parte/…su infiernito cotidiano…”.

La patria le duele a Claudio y este acoso moral que nos obliga a la vigilia, a “los ojos abiertos/…los párpados no existen en esta pobre patria/ vivimos o morimos/ pero no nos es permitido descansar”. A esta locura ignominiosa de sentirnos sospechados o escindidos por habernos quedado en nuestros lugares mientras “nos robaron/ nos violentaron/ nos despojaron”.  A esta eterna frustración de la que no somos responsables y que nos conmina a subsistir en la pérdida constante de normas sociales.

Su preocupación de que “todo sea tan explícito” se puede aplicar a lo cotidiano. A ese caos de todos los días. El que no podemos resolver. Y que nos convierte en descartables. Tanto que: “Me vuelvo de estopa/ deshilachado húmedo gris/… desposeído/ sucio /habitante del bolsón de los residuos…” o, por ejemplo, su decir en el poema de la página 64: “iba usted detrás de las palabras/ como van las moscas detrás del azúcar/ en realidad es usted mosca y azúcar…” que removió mi propia angustia, mi propia sensación de autoestima perdida, de calamidad universal en la que estamos sumergidos. En la realidad que nos abisma como ciudadanos y en la entelequia donde naufragamos como personas. ¿Hay algo más deleznable que compararse con un trozo de estopa o una mosca?

Entonces esta vez me acerqué a “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, de donde saqué esta frase que quiero utilizar como corolario: “Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.

Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?”

Los cuarenta y dos poemas fueron incluidos en siete capítulos: Autorretrato, La Otra Condición, Cuotas Partes, Vertedero, El otro disfraz de la poesía, Polisemia y Al margen de cualquier consideración. La elección más que atinada de las citas (de Macedonio Fernández, Craig Venter, Nietzsche, José Saramago, Kasuo Shinohara, Vincent van Gogh, Pablo de Tarso y Soeren Kierkegaard) y toda el agua que emerge, después de leer, desde esos versos propiamente dichos en donde el agua fluye a borbotones, o desde los ojos del que lee, porque Claudio se emociona y emociona. Todo está ubicado en el lugar preciso y con el debido tono del que respira la poesía, la huele, la ve en colores, la disuelve en sus nutritivos dedos y se “dedica a nacer cada mañana”.

Toda mi admiración para un trabajador de y para la poesía.   

                Afectuosamente al amigo, Isabel Krisch

Poemas de “Cuotas Partes” para ilustrar este comentario:

 

“En el instante en que ibas a pasarle te pregunté:
¿Vas a atravesar el puente para venir conmigo?”
Nietzsche

Supuestamente estás a mi revés

porque miro por el espejo

pero mi revés es más confiable que mi derecho

más piadoso

me devuelve en un plano lo que el mundo

se empeña en confundirme

y elimina en los márgenes a los que se autoexcluyen

sin culparlos ni culparme

ejerciendo su función de revés

invitándome a girar la vista

para afirmar que existo

(Pág. 21)

 

Nada

ni los unos ni los pocos

ni los menos

ni la nunca justa y siempre inmensa mayoría

ni los otros

ni vos ni ella ni él ni los pulmones

ni las plantas  el libro  o el arroyo

ni la última letra ni el intento

ni el sábado final

ni la partida

(Pág. 25)

 

Es extraño verse de este lado

tan de este lado que se sospecha de los que transpusieron el límite

a ver si todavía se escindieron

a ver si todavía se aprovecharon de nuestra confianza para cortarse

                                                                                                  solos

a ver si todavía nos estafaron la ilusión

nos robaron

nos violentaron

nos despojaron

a ver si todavía resulta que somos nosotros los escindidos

los desgajados      los sectarios

a ver si todavía resulta que somos los deudores

convencidos como estamos de nuestras acreencias

a ver si todavía resulta que somos responsables de nuestra frustración

artífices de esta anomia

sicarios de esta transpolación de virtudes

de esta ineptitud

(Pág. 34)

 

 

Me vuelvo de estopa

deshilachado húmedo gris

a mano para el querosén y las urgencias

amorfo   contenido

valorado por la grasa y por las fosas

insustituible en el banco del taller

arrinconado en los estantes de las tiendas

útil

ignorado

prescindente en los inventarios de bienes

desposeído

sucio

habitante del bolsón de los residuos

incinerado en las hogueras dominicales que dorarán la carne

texturado   primitivo

cerebral  elemental   nervado

tapón de apuro

esponja

lámpara

sordo de sordera irreversible

madeja

enredo

tentación de limpiarles las uñas a quienes se arroguen mi             

                                                                                 presentación

y brazo   torso   pierna  de espantapájaros

en las caldeadas tardes de verano

de la américa del sur

(págs 49/50)

TIAGO BIAVEZ, editor – Buenos Aires – Argentina – 2004

“La única mujer que amo/ ha producido en pocos meses/ un líquido malvado en la pleura”. Así, contundente, sin más vueltas que la realidad, Juan García Gayo inicia el primer poema de su libro INOSHA. Apelativo de quien fuera su mujer.

A partir de la premisa que nos adelanta, es decir del hecho real, nos lleva de la mano para mostrarnos cuál ha sido su calvario. Y lo hace convirtiéndolo en poesía. No nos lo dice con dramatismo, no apela a lo lacrimógeno, ni al golpe bajo. Va contando, paso a paso, narrativo y coloquial, cómo se “humedecieron los timbres de su voz”, cómo caminaba “como si tuviera pies de madera”, mientras rememora: “el filo de tus ojos deja una estela/ cuya sombra produce mayor serenidad/ que el perdón de los grandes errores”, o que “revolver la caja donde guardamos postales y monedas fuera de circulación”, duele.

Único en su estilo, con un decir llano y profundo, nos participa del proceso de la enfermedad de Inosha, a quien “Dios resolvió insinuarle, con mano dura/ que aún no nos ha entregado sus reservas más finas”.

Muestra en el discurrir de sus poemas, escenas claras. El  temperamento del hombre que ama profundamente se halla detrás de la letra descarnada y, en ese plano, se intuye su fortaleza para enfrentar la letanía de aquel padecimiento, de manera cotidiana, mientras siguió adelante a pesar de todo: “Cuando vuelvo de la oficina abro la puerta como un autómata, / converso con tres leones hambrientos y, después, solamente después/ miro si necesitan agua las plantas” — nos dice.

Esta manera de encarar semejante tribulación, y esta forma de contarlo, es el ejemplo de cómo los seres humanos, quienes sobreviven a   situaciones límites, pueden, además, dignificar el dolor haciendo poesía de esta altura y calidad.

García Gayo nos conmueve mostrándonos el amor en los detalles: “Besar, acariciar la piel (…) Ella duerme. El pelo, a contraluz”. Estos pequeños versos, aparentemente nimios, extractan la resignación y el sentimiento más sincero de Juan, el hombre.

De más está decir que dedica este libro de treinta y tres poemas a quien fue “su fortaleza y su orgullo”. Y nombra este desgarro con una sutileza casi transparente. La de quien detiene la mirada en las pequeñas cosas, valiosas y necesarias, para aferrarse a ellas y cubrir los espacios de la orfandad. Esto es lo que queda, lo que se siente tras la pérdida.

En lo personal, cuando me volqué a la poesía comencé a probar, a buscar la metáfora, a elevarla, a tratar de explicar a través de ella lo más hondo de lo que le pasa al ser humano. Hablé primero de las experiencias de compromiso, personales, que también tuvieron mucho que ver con mis pérdidas. La idea era comenzar con lo particular para que esto se transforme en general. Es decir, quería traspolar mi universo. Por momentos, era tan elevada dicha metáfora que muchos me decían que era demasiado hermética y que, por ello, no la entendían. Mis maestros y referentes me enseñaron que lo importante era trasmitir. Que el lector de poesía debe dejarse llevar por lo que aquélla le comunica. Este género despierta, debe despertar entonces, emociones.

Juan García Gayo, no necesita de estas herramientas. Usa las propias. Su vocabulario es cotidiano y expresa la carnadura sin más artilugios que la palabra misma. Su poesía no necesita demasiada metáfora y jamás ser elevada. Tiene la maestría que impone su voz. La destreza de llegar. Todo lo pequeño que anda alrededor, con su mirada de estoico y paciente solitario, toma enorme protagonismo. Así, nos contó el amor sencillamente, sin rimbombancias. Ese amor adulto, maravilloso y sólido. Un amor de a dos, amalgama perfecta, rica. Ese amor que “pide perfección”,  o es “frágil, — también— con esa fragilidad que alimenta afinidades”. “Una máquina de interpretaciones/ a modo de colirio depositado gota a gota en los ojos, / una cruzada personal contra los pedestales”. Ese amor que “cambiará el mundo” y por el que trabaja para perpetuarlo como si fuera una “hora encantada” (…), o como “un arcángel con rosas en la mano en lugar de arcabuces”.

Pero también nos contó la pena. Y lo hizo sin artificios, sin maniobras rebuscadas. Con la mezcla encimada de los recuerdos compartidos. Como cuando conoció a Inosha, “esa mujer de la cicatriz en la cien que al tomar el taxi le rozó el brazo”. Evocó el tiempo de las traducciones en conjunto: “a partir de las 9 traducimos/ solamente a damas y caballeros de cuádruple mirada/”, (…) “ahora dame la mano, Inosha. / Dame la señal de tu mano, por favor. / Después sigamos traduciendo, si te parece”. Y reconstruyó los rincones de la casa que habitaron juntos y se huelen, se presienten.

En el extremo de la nostalgia, habló de aquellos ritos que le dedicó a Inosha: “Ya no volveré al restorán chino a comprar tu bandejita de arroz con camarones. / Ya no te sorprenderé con un pañuelo nuevo para disimular tu calvicie. / Ya no te tomaré de la cintura y vos a mí del hombro al subir la escalera. / (…) Ya no caminaré descalzo por miedo a despertarte. / Ya no te cortaré las uñas”.

Como quien es capaz de allanar la magnitud del desconsuelo hasta los recónditos orificios de la comprensión sobre qué es esto, qué le pasa, qué me pasa, qué nos está pasando; y el porqué del descubrir “por qué a mí, por qué a nosotros”, hasta tolerar esta parte inevitable de la vida: el fin de quien uno ama. Como quien ha logrado traspasarnos su tormento, contagiarnos el dolor. Como quien nos muestra su estatura; así, de manera natural. Como un poeta soberbio, inimitable, de estilo inconfundible. Como un maestro.

Así escribe Juan García Gayo. Así está escrito este poemario. Y, sin duda, su escritura contiene el mayor de los méritos, que es lo que dicen los que saben de para qué se debe escribir poesía: para conmover.

Con mi enorme admiración, mi cariño y mi amistad

Isabel

Poemas destacados del libro «Inosha»:

 

1

La única mujer que amo
ha producido en pocos meses
un líquido malvado en la pleura.
Se humedecieron los timbres de su voz
y comenzó a expresarse con frases recortadas
debido a la fatiga de sus nuevos pulmones.
Como si tuviera pies de madera
vacila al caminar por el suelo sembrado de piedras puntiagudas
y cuando abre los ojos de una manera que no le conocía
corro a limpiarle el mal,
quisiera devolverla a plena luz, a sus tibias rutinas,
a sus proyectos blancos.
Aunque ella tiene méritos y coraje para grandes acciones
Dios resolvió insinuarle, con mano dura,
que aún no nos ha entregado sus reservas más finas.
Él le promete un campo donde es verdad todo lo imaginable
y ella, dócil, rodeada de ternuras,
se esponja sin soltar una lágrima.

 

9

¡Qué dicha entrar en un círculo de confianza
lleno de libros provocadores!
El recorrido llega hasta donde uno quiera,
los viajes textuales no duermen,
aceleran más bien la lluvia de pigmentos que limpia
el telescopio del editor y calienta nuestra vieja Olivetti.

A partir de las 9 traducimos
solamente a damas y caballeros de cuádruple mirada:
hacen la manteca y el pan, sirven el desayuno,
corren a averiguar qué hojas y flores
se preparan a hacer su vida en medio de la nuestra.

Esta casa es segura, festeja los consejos de sus huéspedes
pero cuando se van, vos y yo,
en pleno atrevimiento de arder el uno para el otro,
bajamos por la barranca hasta tocar la arena limpia del Guaíba.
A mi cuerpo le gusta el tuyo, somos libres,
una de nuestras alegrías consiste en hermanar palabras
desconocidas entre sí.
Y en lugar de resistir: observar, comprender.

El gato que era amigo de Clarice Lispector
y maullaba cuando lo saludábamos, murió.
El cuerpo es el camino de la luz.
Ahora dame la mano, Inosha.
Dame la señal de tu mano, por favor.
Después sigamos traduciendo, si te parece.

 

16

Ya no volveré al restorán chino a comprar tu bandejita de
arroz con camarones.
Ya no te sorprenderé con un pañuelo nuevo para disimular
tu calvicie.
Ya no te tomaré de la cintura y vos a mí del hombro al
subir la escalera.
Ya no me enojaré porque dejaste por la mitad el plato de
comida.
Ya no te ayudaré a cerrar los ganchitos del corpiño.
Ya no te envolveré en un toallón al salir de la ducha.
Ya no te contaré al oído historias de familia imitando tu
acento brasileño.
Ya no te invitaré a pasear por la costa a ver el río.
Ya no caminaré descalzo por miedo a despertarte.
Ya no te cortaré las uñas.

Colección de poesía Todos Bailan – Libros de Tierra Firme – Bs. As. – Argentina – 2000

¿Qué es un puente sino una estructura de cualquier clase, construida para pasar de una orilla a otra, para unir dos puntos, dos ciudades? Una vía de acercamiento. Un factor de enlace. “Un puente es un salto/ y una elipsis”.

En este libro, Alicia Genovese reaviva el puente como aquel eslabón que une los extremos y algunos de sus acontecimientos personales más azarosos. Lo utiliza, por ejemplo, como un simbolismo de presencia física que acerca e interconecta los recuerdos de su propia vida con los de la historia del país, que constituyen el marco, la pintura de fondo del poemario. De esta manera, entonces, presenta un primer puente.

Y así, como nos muestra uno en la foto de la tapa, y otros en el cuadernillo final, en blanco y negro, nos aclara que: “no son postales congeladas/ mis idas y vueltas…”. Hasta aquí el lector puede inferir que se captura con la imagen de dichos cimientos y de lo que atraviesa, sólo la parte estática y material, lo que se ratifica si se lee: “Estructuras de acero… laminados, hierros en diagonal…”, o “…el agua grasosa no absorbe/ el desecho químico. Amargor/ que queda flotando en la superficie…”; pero agrega: “… como en el cuerpo/ lo inasimilable”,  y aquí se muestra ella, Alicia. Lo inmóvil e inmutable y lo vivo, lo dinámico.

El espacio físico que se plantea en la primera parte corresponde, tal vez, a “tiempos suspendidos” en los que ha dejado una parte de su vida como si fuera un “carril de detención” donde aprisiona la nostalgia, o a esa “erosión obsesiva” que provocan los recuerdos que reinciden una vez y otra y que corresponden a “actos perecederos o enmarañados” que no se han podido procesar.  O sí, quizás, pero lo que no se desea es su olvido. Esta primera parte, entonces, sugiere mucho más que un espacio físico.

En un estilo vivencial narrativo, Alicia Genovese cuenta fragmentos de su pasado mientras describe el sector sur de aquel Buenos Aires del ’55 cuando “levantaron los puentes y paraban a los obreros encolumnados…”, donde todavía había trolebuses, curtiembres, vendedores ambulantes y frigoríficos. Donde aquéllos, más adelante, cortaban el paso y alzaban vigas metálicas y parecían deformes. Donde había una mamá que cosía y “hacía  malabares” para entregar la ropa al fabricante que le difería los pagos hasta la próxima quincena.

Aunque en sus versos hay una cálida melancolía, transmite con un tono coloquial, una palabra firme, sufrida y fuerte, como debieron ser aquellas mujeres de la zona fabril de la capital, de la “zona orfebre de Puente Alsina”. “Criar mujeres fuertes y que todo pase por ellas”, nos dice. Porque así era la consigna de la época. Y ahí otra vez, la madre evocada, modelo de sacrificio de la que ella se separa: “me negué a coser/ a ser mi madre”. La nena de ojos saltones que era entonces y que se negó a coser, levantó este segundo puente, un “puente-distancia” entre ambas. Y “ávida…huyó para desear”; tal vez, un futuro mejor; quizás, simplemente, un futuro.

Desde la forma, la autora encadena las estrofas —sin título ni numeración—, “quebradas, cosidas” y combina y ensambla una vez más las imágenes con la mención de otro tiempo político de la Argentina: la década de los ’70, ya protagonista, con sus “desaparecidos, chupados/ un nudo se abre/con un legajo oculto, pruebas/ de ADN, indisoluble filiación/ en el ácido de los cuerpos…”.

Usa otro puente para “cruzar a la tierra extranjera, que no es costosa, no acarrea pasado”, pero que es exilio. Desde el Riachuelo hasta Colorado, en los Estados Unidos. Y nos cuenta de un extremo: «Universidades tomadas”, “diputados gordos de bigotes perfumados, influyentes”. “Una pensión en San Cristóbal adonde fueron y de casualidad no estaba”. Y del otro: “Un pueblito fantasma con mecedoras quietas en los porches” “…espacio sobrecargado y nadie…”. Porque no se encuentra a nadie cuando no se pertenece. Dos momentos otra vez, las dos puntas de otro puente.

Las ciudades no se separan de su estertor político, nefasto y doloroso, donde las personas sospechadas eran sacadas de sus casas y había que escapar a las de los amigos, aquellos que fueron desapareciendo, a las pensiones clandestinas y, finalmente, a otros países que facilitaran sus mecedoras y sus fantasmas para sobrevivir.

“El puente es el lugar del nómade/ la única construcción que se permite/ su fuga, su visa/ su salvoconducto”, agrega.

De estas construcciones transformadoras de destinos nos habla Genovese, mientras recalca que los puentes se construyen con las historias vueltas a contar. Con la evocación de que de un lado de dicho puente se quedaron tantos otros destinos. Con la intención de que la memoria sostenga la huella. Con la certeza de que la mención de los hechos imposibilite el olvido.

Nos narra Alicia que fue parte.

Y se despoja para contar ahora de este lado del puente que pudo atravesar. “De ese puente entubado/ agua amnésica que tragó/ la argamasa. Imaginario/ que vuelve a contar/ a alterar la inscripción/ de la catástrofe”. Repite desde la entraña, que de ese lado del puente fue ella misma “un colibrí desorientado”. Y que el puente, mencionado de manera reiterada, es “un pasaje/ desde una cifra subterránea/ (…) y el olor de lo que empieza”, un “pasadizo sin concreto/ puro presente, virtual sobrepuesto/ a la intransitable realidad”.

Este libro de poemas es recuerdo a borbotones. “Poema, puente/ de agua:/ la misma sustancia/ del obstáculo es/ la que lo cruza”.

Es introspección, con imágenes adolescentes: “…Invitaciones/ a los barcitos de la costa/ a las discotecas desenfrenadas/ donde probar límites/ resistir el baile la noche interminable, como sea…”.

Es testimonio: “Alrededor se deshacía/ el espacio urbano/ en centros y campos inhallables/ de detención”.

Es poética nostalgia: “…Sólo/ un roce de memoria y un imparable/ aleteo de mariposa nocturna, pegada/ al vidrio de la lámpara, donde la luz/ tenue es exceso”.  

Es denuncia: “En Ciudad del Este/ vi cómo tiraban desde un puente/ cajas de cartón con contrabando/ (…) compuestos químicos/ para volar templos judíos”.

Es sanidad: “…Desnudez/ de la memoria/ que se despoja/ para hablar…”.

De un lado y del otro de los puentes tendidos por Alicia, está ella misma, una y otra vez. Sus vivencias, sus pasajes, sus pasadizos, sus ligaduras. Ella repetida en cada imagen, en cada situación. Ella, la nómada que los cruza incansablemente. Ella que es ella, persona/niña/hija/mujer/militante/exiliada/madre. Ella recreando su propia vida, hormigonada, lo que le tocó. Su propia historia repartida en gajos/fragmentos de diversas identidades. “…No se sale indemne de la propia marea”, nos expresa. Y hay mucha agua debajo de esos puentes.

De un lado y del otro lado está Alicia. La que revitaliza los recuerdos que se mezclan con los versos llenos de compromiso y se convierten en poesía. La que se esfuerza por fotografiar los detalles del laminado en hierro, las filigranas, el metal pesado que atraviesa la geografía caprichosa, el accidente natural, porque así se detiene el detalle. La de Quilmes, antes; la de Tigre, ahora. La que puede estar “suspensa sobre la construcción metálica y asir de su trayecto/ el goce a futuro…/ ese rocío ensoñado que fue/ siempre a escondidas, una forma/ instantánea de felicidad”.

Un último puente: la palabra que comunica y narra, que conmueve, la de Alicia Genovese; del otro lado, el lector.

Con mi admiración y aprecio

Isabel Krisch

Poemas del libro «PUENTES» de Alicia Genovese:

 

Puente Alsina atravesado
desde la ventanilla del trolebús
con los ojos de nena saltones
Cinco años, seis,
la madre hacía malabares
con los paquetes de costura
lista para entregar
al fabricante
Los mayores decidían
como otra orilla
la zona diferida de respuestas:
más tarde, un día
tal vez la próxima quincena
Pero la vista del puente
y el resonar de los neumáticos
en los férreos encajes
eran la inequívoca señal
de que llegábamos;
la espera disuelta
en ese breve tránsito, ese voceo festivo
de arribos y vendedores ambulantes

…………………………………….

me negué a coser
a  ser mi madre:
hierro apuntillado
en la orfebrería de Puente Alsina,
criar mujeres fuertes
y que todo pase
por ellas. La entereza,
un modo de hacer la continuidad:
entregar, y decir
en diferido;
pero ávida
la hija huye para desear

……………………………………

A la pensión de San Cristóbal fueron
de civil, de casualidad
no estaba y ese mismo día
me mudé, dormí
en casas de amigos
que después fui perdiendo
Alrededor se deshacía
el espacio urbano
en centros y campos inhallables
de detención
Lo poco que nacía
parecía deshecho
en cada esquina, un patrullero

……………………………………

Un clic de cámara
sobre el Riachuelo, fotografías:
férreos espacios familiares
en una luz ajena;
sólo a veces
el foco
consigue dar con el sombreado
de la memoria
Estructuras de acero
como fósiles de dinosaurios,
escorzos y simetrías imperfectas
armadas por las tomas, la exigencia
del encuadre en la composición
Laminados, hierros en diagonal,
una plancha con forma
de círculo; confianza
en el mecanismo visible
y el metal pesado
para atravesar la geografía caprichosa,
el accidente natural

Ediciones Baobab – Buenos Aires- 2007

Cuando uno se lanza a la lectura de un libro de poesía se inserta en un mundo nuevo e infinitamente desconocido, pero de seguro, amplísimo. En un mundo que lleva consigo una multitud de posibilidades. Porque la poesía no es inocente. Jamás. Porque detrás y adentro de cada poemario hay un autor. Soy insistente en este punto, y reiterativa, porque nunca he podido leer poesía de manera superficial, porque no es desde la letra llana que se debe arribar a este género literario. Porque en un verso solo, único, por más sencillo que éste pueda parecer, hay escondido siempre un universo, que está bordado con la pasión, la entraña, la sangre y la definitiva entrega del que lo escribe. Aunque el propio autor no lo sepa.

Entonces, hay un primer acercamiento en el que nos dejamos llevar por las sensaciones que provocan en el oído, primero, y en el corazón después, los símbolos y las metáforas de la poesía abrazada.

Y puede haber muchas otras miradas subsiguientes, detenidas, donde nos apoderamos de los distintos estratos, hasta alcanzar la sustancia misma de la voz del poeta. Y es en este otro tiempo, el de la degustación de cada verso, en el que incorporamos la esencia de su palabra y hasta intuimos los estados de ánimo en los que cada poema fue escrito. Es entonces cuando nos sentimos pares, semejantes, consustanciados compañeros de ruta. Es cuando la poesía se humaniza y traspasa dicha letra.

“El mar que llevo adentro” nos habla, en primer lugar, de melancolía. De una suma de imágenes que han hecho impronta en Sonia, en sus sentidos, en diferentes ocasiones, y ella las recoge y las mezcla y las dedica: a Guillermo, Victoria, Juliana, Rodrigo, Juan Pablo, Timoteo y Nicanor Del Papa, al abuelo Raúl Ferraro, a la abuela Melanie Mosquera, a Laura Fediuk, a Alejandra Albanese, a Leocadio F. J. Paz, a Silvina F. Demonte, a Cristina Díaz Colodrero, a Jorge H. Moreno, a Cristian Ferraro, a María Martha Fernández Castro. En todos ellos, se entiende, está el afecto desplegado, íntegro, altruista. Con todos ellos habrá, sin duda, una conexión en algún pequeño o gran espacio del alma. Dice, por ejemplo, en Recuerdo del viejo Leo: A Leocadio F. J. Paz: “(…) Apresuro mi paso, /hasta llegar a su casa, /veredas de hojas crujientes. /Tras la ventana, me espera, /café humeante, trabajo cotidiano. /Recuerdo su tristeza, /cigarrillo a escondidas, voz pausada. (…)Un sonar de viejos trenes /que hace falta, /recuerdo su silencio. /Quiero abrazarlo y decirle/ que lo quiero. No se vaya.” O, en Aromos de Avenida Las Heras: Al abuelo Raúl Ferraro, le dedica: Las Heras tiene aromos /que coronan su marcha de noviembre. /Pedazos de cielo se desgranan, /y llueven flores al compás del viento, /y al trasluz de la tarde que renace. /El abuelo vendrá /a recitar los versos nunca escritos /a buscar el soneto más perfecto, /a cebarme un mate con romero. /A encontrar la belleza en lo más simple. //Bajo las sombras encendidas, /el abuelo vendrá en algún poema.”

En “El mar que llevo adentro” hay lugares físicos y fechas que suponen una estadía y la admiración o el encanto y la evocación o la remembranza. El goce de aquellos determinados momentos. Dice la autora, entonces, en Romería del Rocío: “(…) /Con su ritmo masculino desafían los gitanos /y ellas encendidas no detienen la velada. /Taconeo y castañuelas, adornadas carretas. /Y aquí los caballos bailan /el sonar de las guitarras.” Sevilla (junio de 1998). O también, en Viaje a la isla: “Barcos abandonados. /La tarde cae sobre el Puerto de Frutos. /El ocaso se desploma sobre el río, /paleta de leones mansos. /Un caudal de azaleas y magnolias /asciende por mis ojos /hasta hacerme vibrar en las estelas. /Oscila la noche que sucede. //Las olas no duermen, /buscan secretos en el agua. /Alguien mira, soledad del navegante. /Escribo en el oleaje, ansiosa. /Linternas como luciérnagas. /Abrazos de amor, /que me esperan /en el próximo muelle.” Delta del Tigre (julio de 2006).

En “El mar que llevo adentro” hay música, música hilada en la hechura conductual de los versos que acunan una intensa sonoridad interna. De: Serena, la libertad: “Quiero andar descalza por la vida, /atreverme a danzar envuelta en gasas /y llenarme de flores el cabello, /de jazmines y fresias la mirada./ (…)”. Música que incluye la danza. En Hechicera, por ejemplo: “(…) Hoguera, artista, /bruja y bailarina. /Todo el cielo y las noches, /baila con las lunas, con el grito. / (…)”. O en Salto hacia el sonido, el baile es “salvaje, flamante, inexplorado”. Música que sale de la garganta. En: Amor entre el cielo y la tormenta: “Arrullo de casuarinas sobre el río /me lleva hacia el ocaso. /Mi garganta se funde con el viento, /y es un canto mi voz que se libera./ (…)”. Música de acordes de piano y de guitarra. En: Como el vino: “Como habiéndonos bebido /todo el vino de la noche, /tus ojos nuevos, /tus manos y el deseo. /Bailé  desprendida todo  el piano /sonando entre las copas / (…)”. Y en Sevilla: “Un sonar de guitarras me despierta /y salto descalza /con mi traje flamenco /a beberme la feria del rocío. / (…)”.

Este libro está lleno de bellas imágenes cotidianas: “Hay un patio que canta para mí /alguna ronda de la primavera (…)”; “Nadé la luna de la noche toda /ahogada en resplandores”. También, desnuda los más íntimos sentimientos: “(…) y algo huele a tristeza”; “aún no has venido amor, /para encontrarme”“ (…) alguien doliéndome en los ríos de la sangre”; “(…) soy el hijo que no gesto (…)”; “estoy muda, racional, desorbitada”.

En este libro, con un delineado perfil en trazo celeste en la tapa, hay una mujer que manifiesta toda su sensualidad cuando se expone con “sus cántaros henchidos”, con “el vino de verano ardiendo en su garganta”, mostrando “en el ocaso la desnudez de su espalda”, con “el mar que la atraviesa” en el derrotero de la palabra, una y otra vez, así como también en la portada.

Al ingresar al poemario de Sonia, en el inicio de la lectura, el título fue la incógnita. Su recorrido me respondió ampliamente.

El mar se lleva adentro cuando se muere en la arena luego de hundir las manos en los caracoles tibios, cuando desborda el verano envuelto en magia y en entrega, mezclado entre el vuelo de las gaviotas y los cuencos sonoros que permiten beber el estío.

Adhiero a la voz de Ester de Izaguirre, quien en el maravilloso prólogo, encuentra la poesía visual, bella, enriquecedora y llena de emociones, los versos luminosos y cargados de amor, en todas sus variantes. En todas las formas que el amor permite, incluso aquéllas que encierran hechos dolorosos, de pérdida y sinsabor. La vida es un conjunto de sentimientos que nos van tallando, moldeando, que nos van puliendo. Cuando alguien encabeza su texto (tan íntimo y sentido, como esta transparencia en la que parece asomar el poemario) con un epígrafe de Jorge L. Borges que dice: “…Así voy devolviéndole a Dios unos centavos del caudal infinito que me pone en las manos”, no puede evitar que el lector se muestre conmovido por la vastedad de lo que dice, pero sobre todo, por el amor polifacético que intercala.

En “El mar que llevo adentro” hay mar adentro y afuera; en el dorado del universo que cada estrofa contiene, en la sonrisa iluminada por el sol del verano que la autora ama, en la danza permanente que la desliza entre los versos, en la profundidad de las imágenes, y hasta en el cabello ondeado de Sonia del Papa Ferraro que es eso, el vaivén constante, el circular perenne de las olas.

Con todo mi afecto y admiración

 Isabel V. Krisch

Poemas de “El mar que llevo adentro” de Sonia Del Papa Ferraro

 

Aguamarina

 

“Y entre tantos azules celestes, sumergidos,
 se pierden nuestros ojos adivinando apenas
los poderes del aire, las llaves submarinas”.
Pablo Neruda

Aguamarina.
Me sumerjo en tus ojos,
me tienes, te contengo.
Todo mi cuerpo es un hueco
de música y sentido.
Nado tu mirada
libre de formas y colores
y desprendo diamantes
contenida en el mundo
de tu abrazo.
Aguamarina de tus ojos,
ya no hay tiempo.
Sólo esta palabra etérea,
inexplorada que te dice:
me tienes, te contengo,
me sumerjo.

(pág. 39)

 

Poema de las manos

 

La arcilla se transforma en vida
y surgen las manos que inventan mundos.
Manos que bendicen y fusionan,
las manos que se encuentran.
Manos de la tierra que trabajan
en los cuencos de espiga y de semilla,
en el cántaro, en la masa para el pan.
Manos que crean la mañana,
en el plato, en la mesa y en el vino.
Manos que perfuman
el ritmo cotidiano de la casa.
Manos que se mojan
bajo la fiel llovizna de la tarde.
Manos sembradoras.
Manos que ofrecen universos.
Manos como alas libres en el ocre de la tarde.
Manos sensuales desatadas como pájaros,
que vuelan por la piel en el encuentro.
Manos entonces descubiertas.
Para decirlo todo,
basta el milagro de unas manos.

(pág. 38)

 

Estío

 

Vienen en la tarde los pájaros
a mojarse en esta lluvia.
Nadie los ve. Son míos.
Como esta soledad, como el verano.

Oro mi cabello y perfume a campo
se desatan.
Corro y casi vuelo descalza
sobre el pasto.
Soy un mundo
de cielos y tormentas.

Puedo transcurrir, desvanecerme,
trascender o morir inútilmente,
vienen los pájaros a mojarse en esta lluvia.
Nadie los ve, tan míos
como el verano
como esta soledad.

Parque Leloir,
Febrero de 2002

(pág. 42)

Ediciones El Mono Armado – Buenos Aires – 2010

“Pulmón de Manzana” es el último libro de Alicia Grinbank. Sus poemas, sueltos, circulaban, como suele ocurrir, en los ciclos de lectura. Nosotros, que los oíamos, esperábamos el conjunto, la unión alquímica de los versos enhebrados con ese hilo conductor que sólo un poeta experimentado confecciona. Finalmente, aquéllos tomaron forma, y así se presentan ahora en este “Pulmón de Manzana-formato libro”, que representa ese “hueco cotidiano” desde donde se respira entre edificios y desde donde sus habitantes pueden ver el mundo real.

Alicia narra en sus poemas. Y realiza un planteo estructural del libro separándolo en dos partes bien definidas. Primero, dispara el espacio personal hacia afuera, hacia el barrio, al entorno que la contiene. Con todo ese derredor que convive. Y luego, al lugar íntimo, al ámbito privado en toda su vastedad interior. En esa interioridad que es el “sí mismo”.

De esta manera, se presenta al lector y le cuenta, le muestra, lo participa. Y también lo seduce y lo atrapa.  

El tono que emplea es coloquial. En apariencias, simple y despojado; sin embargo, es un péndulo su palabra que golpea por un lado la ironía, la sensualidad, los rasgos misérrimos de la sociedad y, por el otro, una melancolía sobria en añoranzas. Todo lo escribe sin golpes bajos ni lacrimosidades, pero con certera fuerza literaria. Conforma entonces, un poemario moderno, de corte narrativo y localista.

Grinbank hace uso de su ojo puntilloso en la observación del lugar donde vive: Colegiales. Podría ser otra zona cualquiera de la Capital o alrededores, porque los personajes que allí pululan se asemejan al común de los arquetipos de todos los barrios: un encargado de edificio, un florista, una vagabunda, el kiosquero. Cada uno de ellos se muestran desarrollando sus acciones, sus trabajos de todos los días, pero en el fondo, siendo partícipes de un conjunto de eslabones que se engarzan, ascéticos, para conformar una pintura.

Acentúa y hace más presente lo rutinario cuando destaca “los matambres que el encargado hace para vender”, y utiliza su mirada aguda para notar poético este hecho; para verlo, primero, y compararlo en una segunda instancia, con un “Narciso vaporoso” que “se asoma a la bullente cacerola”. Sospecha de la dudosa criminalidad del florista, pero “cree en sus ojos de irreductible verdemar”. Es partícipe de la salud incierta del kiosquero y “lo imagina con el torso desnudo/ errando por una blanca ciudadela”. Y con los que ven el partido de fútbol en el bar, fabula que “transpiran los calzones Polo/ o el harapo raído en la bragueta”. Vigila a la vagabunda sucia, mugrienta, “con ojos dementes” y hedor que ahuyenta a las familias. Relata en verso todos esos rasgos y hasta se coloca como personaje en la voz de la mujer descalza, que no conoce las letras: “Soy la vagabunda de la estación Colegiales,/ como las sobras. La que espía sale de una casa/ y se esconde para ver dónde orino/ trata de adivinar mis años   si alguna vez tuve madre/ cuál es mi nombre”. Puede a través de ella, expresar lo que de sí misma no dice: su curiosidad, tal vez, una obsesión por los detalles de ese entorno.

En los catorce poemas de la primera parte, Alicia nos hace sentir que somos también nosotros los que caminamos por las calles de Colegiales o del lugar dónde vivamos. Con poca metáfora, toda naturalidad y mucho realismo, dice por ejemplo: “No doy el asiento en el colectivo/ ni a anciana ni a embarazada./ La una vivió hasta ahora/ —lo cual es mucho—/ la otra va a criar: toda una misión. (…), o también: “Desde la mercería de la vuelta/ se envían cosas a una escuelita rural./ Los vecinos/ —afanosos en desechar sus viejos hábitos—/ llenan las cajas: los regocija la imagen terrosa del coyita/ recibiendo el donativo (…)”.

 Todos los actores, sin embargo, cobran vida y se perciben habituales a través de su mirada. De su ironía, de la sutilidad con que los pinta. Como otro ejemplo: las dos monjitas en la casa de cambio pasando una a una las cuentas de un rosario, mientras: “… sus ávidas manos soban el fajo/ cerca ya del pagador”; o una Magdalena “libidinosa”, que se robó el Cristo del cementerio, de quien dice: “(…) ella chupa la gloria de la carne:/ goza misterios y dolores”.

Alicia enuncia más de lo que dice con sus palabras llanas. Con la voz de cada día. Con el conjunto de objetos y seres rutinarios que sostienen las escenas. Con el marco físico: el tren, el gallo cacareando en la estación, el laboratorio donde trabajan los “hombres de cofia blanca” que ella observa desde el 6º piso, o “las fauces del espejo” que imagina en el albergue transitorio con personajes reales o supuestos: “el travesti, el cobrador de seguros, la maestra melancólica y el viejo carcamán…”

En la segunda parte: Intramuros, la mujer que es se muestra. Es la observadora del propio transitar. De sus desazones, de sus desvelos e insomnios. De sus silencios interiores, cuando los ruidos que comienzan a escucharse son los que todos percibimos en soledad, sobre todo cuando estamos huérfanos del “vientre que nos sació de agua mansa” o del “que nos dejó la música y los libros”.

Cuando encaro la lectura de un poemario con la intención de analizarlo es porque algo en él me conmueve. Luego, siguen repetidas lecturas porque, según mi opinión, es así como debe leerse la poesía para llegar a su núcleo. Dejo descansar el libro, para tomarlo otra vez y otra más y así saborearlo nuevamente. Los ojos ya no son los mismos, están más maduros para recrear esa voz. Para recibir lo que allí se dice.

Del minucioso desgranado quedan imágenes, palabras, sentimientos, y la huella de lo que se intuye detrás la letra, por más hermética que ella sea. No es el caso. Pero Pulmón de Manzana me dejó algunos conceptos, términos, frases fuertes y estimuló algunas preguntas retóricas.

La “inmundicia”, que está entre las vías del tren y en las plantas de los pies de la vagabunda, en la “fetidez de las verduras pisoteadas” en el mercado, en la “pestilencia”  del albergue transitorio y en el “asco” del “cuerpo ansioso que trabaja sobre mí”

El cementerio, hacia donde se va en “absurdo ritual”…, donde el “curita bendice a los muertos”, o donde “voces profanas y el trino de los pájaros acunan a los muertos, en ese lugar de paz”.

“El dolor de todo”, ¿del comido útero de la madre, de la vagabunda, de cada una que ya no procrea porque la edad así lo exige?, ¿de ser las mujeres, “sombra o entelequia”, para la gran mayoría de los hombres que interponen sus gustos deportivos a ellas?, ¿de los “años” o de los “añicos”?, ¿de los ruidos extramuros que ocurren más allá de la luz nocturna del barrio, a la hora del sueño?, ¿de buscar y buscar a la madre “¿¡que fue enterrada viva!?”?

Este libro de poemas, después del extremado desglose de sus versos, me permite seguir sosteniendo la premisa en la que insisto una vez más: la poesía no da lugar a la mentira. En la poesía estamos, y somos esencias desnudas y descarnadas. Pero al mismo tiempo, este género nos sana, nos permite encausar la pena, “que no se dice” en una hostería serrana ni, probablemente, en ningún otro ambiente. “¿Adónde iría?”, sino. Ella canaliza nuestro llanto, porque  “después de tanta vida”, éste se seca.

“Pensé que quedarme sola era lo peor”, dice Alicia, en algún momento. Tantas lo hemos sentido. Para tantas “el derredor es de silencio”. Es así que no estás sola. Somos muchas. Y te acompañamos.

Con mi cariño y admiración

Isabel Krisch

Poemas de Pulmón de Manzana, de Alicia Grinbank:

 

Sin página web   ni blog   ni celular
mi derredor es de silencio.
Hay sonidos sin embargo:
en la estación Colegiales
entre vías muertas e inmundicia
canta un gallo.

También él
—sin corral ni batarazas—
sostiene su vida
con ese misterio de adiós que siembra el tren.

 

………………………………………………….

 

EL FLORISTA

 

Se dice en el barrio que mató a un hombre.

A veces lo consulto sobre el fumigado de mis plantas:
con precisión euclidiana
                        indica modo y frecuencia.

De crímenes humanos parece que ha sido perdonado.
Y yo— cómplice en el exterminio vegetal—
creo en sus ojos de un verdemar irreductible.

 

………………………………………………….

 

No doy el asiento en el colectivo
ni a anciana    ni a embarazada.
La una vivió hasta ahora
—lo cual es mucho—
la otra va a criar: toda una misión.
Yo   en cambio
exigua de poderes maternales y cercada de vejez
debo mirar por la ventanilla.
Digerir la turgencia de ese vientre
y el pavor del blanco rostro suplicante.

 

…………………………………………………..

 

Desde la mercería de la vuelta
se envían cosas a una escuelita rural.
Los vecinos
—afanosos en desechar sus viejos hábitos—
llenan las cajas: los regocija la imagen terrosa del coyita
recibiendo el donativo.

Y comienza la semana laboral:
el alma en paz
la casa despejada.

 

……………………………………………………

 

No es el fulgor de la mañana
en la feria municipal al lado de las vías
ni el alboroto de changuitos
ni el regateo ni el pregón    lo que conmueve.
Es a las dos de la tarde —cuando levantan los puestos—
que la belleza se alza:
esa dimensión de verduras pisoteadas
la fetidez más pura
perros lamiendo el sueño de algo entero
el osario de fierros que cargan los camiones
y esa calle
que no pide agua de socorro
sino —el próximo sábado—
la resurrección.

Arandurá Editorial – Asunción – Paraguay – 2010

No debe de haber dolor más grande en el mundo que la pérdida de un hijo. Nada es más injusto, porque no es “Ley de vida”. Los padres son los que deben partir primero. Pero estas cosas suceden, a veces. Y entonces, comienza para los deudos, el duro trámite de continuar la vida con ese desamparo, con ese desgarro a cuestas. Los signos que aparecen a posteriori —siempre dolorosos— se manifiestan de maneras diversas.  El silencio, que oculta la no resignación, el enojo con los demás, con Dios, con el prójimo, que se permite vivir, simplemente, o la tristeza enquistada. Todo esto puede llevar a la enfermedad, a la depresión, a la parálisis en la continuidad. Son lenguajes que agudizan el dolor en respuesta a la fatídica realidad “contranatura”.

Muchos usan la medicina, la terapia, se refugian en los amigos, en la familia que queda y/o en la profundización de sus creencias espirituales para intentar volver a sonreír. Todo es válido a la hora de apostar por la vida, por la vida con alegría o, aunque sea, con resignación “a pesar de”.

Aquel que tiene el don del arte, debe usarlo en su beneficio. Y de seguro, también este instrumento en sus manos será de beneficio para su entorno. Porque a través de él se canalizan las angustias más terribles, los dolores más insuperables; aunque el producto de dicha manifestación sea una pieza translúcida, transparente del quebranto que lleva.

Augusto Casola cuenta su pena en este poemario breve: sesenta y cuatro páginas que contienen cuarenta y dos poemas. En ellos expresa con la poesía que nace de la trágica experiencia, los momentos que le sucedieron. Y digo que el poemario es breve, porque siempre será escasa la palabra que intente trasmitir esta clase de dolor.

Entre sus “penumbras cómplices” surgen sonidos “de niños en juegos inocentes” que hacen erizar al lector con el oxímoron de su “bullicio mudo”. Y remarca que es recuerdo cuando afirma que son “cosas viejas todas ellas/ (…) “vigentes al día siguiente/ de haberse vuelto silencio”(…)

Surgen entre tanto desasosiego (“tras el derrumbe”) los sentimientos más desesperados: la demencia, por ejemplo, que no le permite ver nada bueno a su alrededor: “(…) y de pie entre los escombros un hombre mira/ en su derredor las ruinas/ ¿por qué ha de extrañar que la furia de su grito/ entierre a los dioses/ que honró en su demencia? (…)”. ¿Es loco el que honró a Dios antes o lo es el hombre de hoy que le reprocha a Él este padecimiento?

Entonces, siguen la exaltación y el arrebato: “(…) cuando de entre esos escombros (…)/ alce un hombre el puño amenazante/ al infinito/ (…) implorando clemencia a los dioses que no existen (…)”. Sentimientos oscuros, confundidos, perturbados, permiten: “esconder la vergüenza/ que implica morir un poco cada día”, porque no se queda indemne el alma, sino que pervive en desconsuelo, y siente pudor por las lágrimas.

Pierde sentido la continuidad del viaje: “qué vale todo/luchar por un mendrugo/ de pan/ por la comida/ (…) y vuelta a estar a solas/ uno consigo (…)”. Y el “mes a mes, el día a día”, que son eternos “pues sin morir mil veces muero”.

Se reconoce el poeta en medio de la tragedia que lo azota, convertido en “silencioso abismo de su nombre”. Y revela “el pozo/ que habita ahora/ profundo y tachonado/ de paredes frías/ y musgoso desconsuelo”.

El deseo de morir, válido para un padre que perdió el hijo, se lee en el dramatismo de la letra: “Quiero visitar un sitio ajeno/ donde no puedan ya alcanzarme/ los recuerdos/ un solar sin risas ni tristezas/ (…) de paz calmosa/ y de olvido”. Y la sensación de aturdimiento es trasmitida al lector cuando la palabra cobra realismo en el verso descarnado: “ese cuerpo que duerme ya en la nada/ ese cadáver frío que es mi hijo”.

No hay nadie que pase sus ojos por este libro que no se conduela, que no vibre, que no se sienta conmovido hasta la lágrima porque este poemario es crudo, real, durísimo. Augusto ha expelido abruptamente su sentir. Lo hace provocando, pero no para provocar. Trasboca su dolor y se provoca a sí mismo. Arroja sobre el papel lo que queda de sí, se muestra en su mayor desnudez, se exhibe como un despojo, como lo que queda después de la catástrofe. Y, tal vez, en algo semejante a su calvario lo manifiesta diciendo: “ese cuerpo en el féretro/ que debió ser mío”.

Los escombros, las iras desmedidas hacia el dios o los dioses que lo dejaron “huérfano de hijo”, las culpas por creer que no supo quién era el que se fue, son gritos por “esa dura espina que lo hiere” y que ya nunca lo dejara de herir y que lo hace sentirse una sombra. Sólo una sombra que transita.

Con un vocabulario rico, aunque la riqueza caiga por momentos en la desmesura, en la “Hibris —dirían los griegos—, a veces exageradamente rimado, con versos libres de formatos disímiles y juegos de palabras con raíces semejantes que se divorcian en la desinencia (sin que esto sea, en absoluto, criticable), y con repetición de términos, a veces abusivos, la poesía de Casola no apunta a cuidar su estética esta vez. Sólo importa su fuerza, su caudal verborrágico, su fuego interior, su arrebato y toda la intrínseca revolución del sentir, lo que justifica cualquier forma de escritura. Cualquier dibujo. Cualquier estructura. Porque es lo que siente Casola lo que importa. Lo que trasmite.

Nadie prologa, ni hay un escritor amigo que haga la contratapa en este libro. No es necesario. La figura de su hijo en la tapa, y la foto de su nuera, “esa mujer valiente”, a quien dedica (entre otros) este poemario, y de sus pequeñas y hermosas nietas, ya son suficientes. Por demás  conmovedoras.

De este lado del libro estamos los privilegiados. Si de privilegio se trata no haber pasado por tal cual experiencia. Los que queremos tender nuestro corazón al hombre que ha sufrido, que transita lastimoso. Los amigos. Los que le extendemos la mano, el oído, el hombro. Los que, además, apreciamos y bendecimos que la literatura haya permitido en él, esta sanidad.

Con todo mi cariño

Isabel Krisch

Colección POESÍA AL MARGEN – Ediciones ARBOLANIMAL – Bs. As. – Argentina – Mayo de 2012

Conciso es el texto que presenta Ivana Szac, pero tan intensos y breves sus poemas, como sucinta es la edición de ARBOLANIMAL, en cuya Colección “Poesía al margen”, pulcramente, se acomoda.

Separados en cinco partes, dichos poemas se enfilan detrás de un epígrafe que los dispara. De un rumor que se anticipa. De ese estímulo de los siempre grandes, tan bien elegidos: Leopoldo Castilla, Alejandra Pizarnik, Mario Trejo, Marcos Silber y Jorge Boccanera. Nada menos.

Pero la voz es, sin duda, de una Ivana joven, que no precisa de largos versos y rebuscadas metáforas para expresarse. Para expresar. Para manifestar las aristas pendulares de la vida misma. Donde una se hace mujer/persona/poeta, luego de nacer. Cito: “Estuve embarazada/ me di a luz en un pantano…” “…me embaracé en una tarde naranja…” “…nací como alguien salvaje/ para romper el silencio/ una llamarada de luz/ en todos los rincones”. Es decir, para exponer los infinitos ángulos de la creación, donde como artista se autoengendra.

Luego, se afirma en el género y expone las facetas sensuales, livianas, huecas o perfectas de su condición. Cito: “La mujer muestra toda/ su humanidad… ella irradia tempestades…”; cito: “Te vi bajar/ de tu auto champagne/ con tus piernas espléndidas/ y tus senos enormes… Te vi/ rodeada/ de todos tus fantasmas”; cito: “Se muda a una calle/ de roja profundidad/ vuelca su sexo/ en el centro del espejo…”, o también, cito: “Mujeres con tacos/ esperan el crepúsculo,/ compran tabaco para la luna/ en las esquinas/ llenan sus copas con deseos”. Cada mujer que la poeta recrea es la imagen del ser que conmueve, que asombra, que vale la pena mostrar. Y todas ellas son fuertes. Tienen la garra que se acentúa en su palabra. Es decir, su propia energía.

Atraviesa todo el llanto, que “duerme en cuevas”; los gritos, “que despiertan la fiebre”; la violencia, que “deshace los colores”; la locura, “que se expande como un veneno amarillo”; la nada, “que es un arma filosa”. Y llega, inevitablemente, a la muerte, que “vive en la garganta/ como un globo de arena/ a punto de estallar.”

He aquí entonces, el nombrado péndulo. No es nada más que un recorrido profuso, intenso, vibrante, donde se representan, descarnadas, las heridas, los descarrilamientos, donde se significan las alarmas del cuerpo.

Finalmente, una vez emitido el mensaje del tránsito, se plantea la casa “que no sabe de sótanos”, claro que no, todo fue dicho ya;  y por las ventanas del cuerpo, transparentado. Por eso se escribe, desde cualquier lado, el pozo, el tumulto de la ciudad, pero sobre todo desde la entraña.

No hizo falta, incluso, aclarar que dicha casa “tiene jardines de porcelanas ni horas eternas de luz”.

Concluyo diciendo que la poesía de Ivana es una joya expresiva en su brevedad. Y que sus escasos años auguran una prolífica carrera poética.

Mi alegría por conocerte, Ivana. Mi admiración y mi afecto en este camino del arte que nos une.

Isabel Krisch

 

Poemas de Ivana Szac, del libro “Mujeres y Tabaco para la luna”:

 

Se muda a una calle
de roja profundidad.
Vuelca su sexo
en el centro del espejo.
Con labios de azúcar
con cabellos de alga
juega
y desnuda su rabia
como una prenda íntima
abierta
al abismo

 

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Estuve embarazada
me di a luz en un pantano
nací nadando y me fui descalza.
Me embaracé en una tarde naranja
con el polen de la primavera.
Nací como alguien salvaje
para romper el silencio
una llamarada de luz
en todos los rincones.
Me engendré hace años
para ser distinta
a la que soy.

 

………………………………………………………………………

 

Muy Rojo

 

Ciruelas en la pared
gotitas minúsculas
derramándose en el crepúsculo

Daikiri de frutilla
un mail para Caperucita
manzanas para Eva.

Vampiros en la noche
tanto rojo hierve.

Golpea mi mirada

como un parto.

 

………………………………………………………………………

 

Tengo un pecho enorme
para mil hombres
escucho sus aullidos
como lobos recién nacidos.

Y yo tan sólo tengo
una boca
para tanta sed.

Editorial Botella al mar

Tengo la teoría de que uno escribe poesía porque de esta manera puede trasmutar, trocar, convertir todo aquello que le ha dolido, lo que le duele aún, lo que se ha sufrido o se ha  penado. Tengo la teoría de la sanidad de la poesía. Porque es el único género que nace en las vísceras, desde un lugar desconocido, que es inconsciente, a veces es psíquico, a veces orgánico, pero que está subsumido a nuestra racional superficie y que nos permite y nos modifica.

Tengo la teoría de que uno “es” en su poesía más que en ningún otro género literario, aunque uno lo disimule, lo disfrace, lo niegue y se lo niegue. Y aunque se llegue a tener mucho oficio y se hable de diferentes tópicos, el camino nos va conduciendo siempre a decir, por debajo, en ese otro plano, cosas nuestras, experiencias individuales que mostrarán qué hemos vivido, qué rumbos hemos atravesado, es decir, de alguna manera, mostrará quiénes somos.

Por supuesto que el entrenamiento, las lecturas, las  experiencias, las vivencias y las emociones que uno va recopilando a través de este “Viaje del Héroe” que es nuestra vida nos nutren, nos hacen mucho más ricos. Todo eso es lo externo y les pasa a todas las personas. Pero no todos escriben, y mucho menos, escriben poesía.  He aquí, entonces, la diferencia con el artista.

En lo personal, siempre pensé que hay algo parecido a un proceso mágico en esta escritura, y que hay algo o alguien que nos dicta.

En realidad, los pasos que usa el poeta para llegar a su obra no es lo importante. Lo que interesa, lo que llama la atención, como en otros productos, es el resultado.

En la poesía, la belleza de las palabras, su conexión, la profundidad del significado, la variedad de metáforas, de imágenes y de recursos, la prolijidad de la intención y el armado de los versos es lo que se transmite y logra conmover.

En este primer libro: “Mujer fuera de su ropa”, María José podría ratificarme todo este prólogo, sólo con esta cita: “desnuda su alma/ mira/ sabe/ (…) se toma su espacio/ su tiempo/ para crear/ (todo) para ella”. O esta otra: “con los ojos mordidos/ por la luz abre/ la presencia (…) toma/ de su denso interior/ la templanza/ esperando / a aquellos que toquen la puerta/ su espalda/ (…)”. O esta última: “mujer fuera de su ropa/ cavaron hasta lo profundo/ la cueva/ desnuda ante el espejo mira/  lo que fue/ lo que le quitaron/ tan sólo niña, mujer/ vacía”.

En pasos casi cronológicos, desde los primeros versos, nos muestra una cosmogonía iniciática, porque plantea un jardín de “naturaleza prodigiosa” que se insinúa semejante a un Edén, donde hay una Eva-Adán, que son dos y es uno, y que representan cualquier origen. Representan el origen del universo de este libro.

Un libro que “emerge desde lo profundo, de una tempestad, de un desborde”.

Como se habla de una génesis, no era posible no mencionar el agua, porque es en aquellas aguas primordiales, donde se gestan todos los orígenes. Entonces leemos: “cristales de agua”, “arroyitos serenos”, “tibias lágrimas” y “mujer de los océanos/ con su lluvia/ agua clara/ lava lo sombrío”. De todos los versos que mencionan al agua, tal vez, sea el más duro: “Todo era como un mar sin luz”

En “Mujer fuera de su ropa”, María José está dando a luz este mar de palabras y es, ciertamente, muy luminoso.

También creo que este elemento que da vida a toda la naturaleza conjugada en sus versos es la naturaleza real, la que está en su entorno, en su vocación por trabajar la tierra. Entonces, mezcla los colores, cito: “le pide verde/ azul profundo/ y que vuelca en el mar/ el rojo vivo”. Y ese rojo vivo es la sangre, el fruto y es todo el universo de su intensidad.  De este modo muestra también una poesía iniciática.

Ella, la autora, está con su Escorpio a pleno, con ese signo de agua, pero de aguas profundas, cuando dice versos como éstos: “de lo profundo emerge/ …/ detiene la tempestad la barca/ su mano/ante tanto desborde….”, “bucea el canal de los vientos/…/ hasta el naufragio”.

Cuando digo que “nos” mostramos en nuestra poesía, mostramos hasta los sueños. En su expresión más exaltada, la autora deja ver lo onírico de esta manera: “en el regazo adormecida/ imagina el baile/ el jardín/ el príncipe….”,  cito: “que no falte/un cuento de reina/ (…) / el salón de los espejos (…) / que no falten/sedas y terciopelos/ en mi vestido/ en los giros/ de un vals/ en el Danubio Azul/”.

Como dicotomía, y porque la vida es exactamente esto, luces y sombras; así como nos muestra su luz, nos insinúa la oscuridad: “mi pena/ en el poniente/ regada con el agua/ bajo el cielo ensangrentado/ caen las sombras/ y yo/ acostada/ en mi silencio”. Porque en el devenir del camino de aquel héroe, “nos hundimos y estamos sumergidos en la negrura” tantas veces. Y “nadie detiene la caída”.

Retomando aquella sanidad de la que hablé al principio, es mejor que la sombra salga y se supere en el enhebrado de las palabras, pero mucho más, cuando se condensa en este producto la intención de transformar y transformarse. Porque esto último es que logra con nosotros el género poético.

Por cierto, María José nos habla de la naturaleza humana también. Se terceriza, y se coloca en el afuera de la ropa, mencionando a una “ella” que es otra, pero que es ella también, y que somos todas en definitiva. Dice: “Mediterráneo bañando mis pies/ todos los pies”.

Finalmente, quiero decir que veo en los versos de María José una voz clara, fresca, llena de imágenes cotidianas, en movimiento, así como la vida vegetal, que se mueve constantemente. Como la vida que es dinámica.

Hay cuentos con hadas y duendes, hay mitos escondidos. Es una poesía embebida de una coloratura y una eufonía personal. Sus versos son “húmedos y sonoros”, como ella misma lo anuncia en la dedicatoria. Hay un fluir de sentimientos en la superficie y en lo profundo. Y son tangibles, cálidos, con un contenido nutricio, y hasta un camino, casi religioso, diría, de marcada diafanidad. Camino que tiene “ángeles que lamen las llagas”, “una luna que se conmueve con la creación divina”, “una niña que duerme bajo un cielo desnudo”. Hay un mundo soterrado de personajes ricos en actitudes humanas o divinas, reales o fantásticas, que son muchos y es una.

Está presente lo espiritual, lo superior, que protege, que vela por esa niña que es y que fue, que creció tomándose del hilo ¿de Ariadna? Quizás. O sólo de su propio hilo, que menciona más de una vez, y que la ha sostenido y ha conducido a un presente de poeta, a través de ocasos, auroras y crepúsculos.

Pero no por ser espiritual se divorcia de lo amoroso y muestra la sensualidad, que va  “in crescendo”, y que se envuelve en tules, que están presentes, como esos lienzos finos que generalmente ocultan algo, que tapan, o que sugieren la parte erótica y con sabor carnal. Tal vez, esa desnudez que queda cuando una se sale de su ropa. De su mismidad. Hasta convertirse, como en este caso, en algo mucho más universal.

Para terminar, tomo estos versos que le pertenecen para augurarle la continuidad de su voz, en nuevos poemarios: “Que sus sombras sean/ luz en el alma/ y que la luz se agrande/ en su sombra”.

La Naturaleza es pródiga, y  María José lo es en la palabra.

Con todo mi afecto,

Isabel Victoria Krisch

 

Poemas del libro de «Mujer fuera de su ropa»:

 

11

 

Amanece
tibia la luz
la transparencia
sobre cristales de agua
aceitan las ninfas
sus ojos
las larvas maduran
sus pies en el aire
rozan la tierra

el milagro

la promesa
de aquietar
huracanes de vida
en la tela

 

36

 

y qué hacer, y qué
si él ve otra cosa

caídas alas
un letargo en ausencia
sin embargo
las echa a volar
escucha canciones
en mágicos océanos
pétalos abrazando amorosamente
un aterciopelado crepúsculo

y qué hacer, y qué
si él ve otra cosa

 

38

 

/bajo aguas profundas
buceo el canal
de los vientos
en el intenso azul
hasta el naufragio

mientras las olas

toma rumbo el velero
entre las velas de un mástil
con luz de estrellas
en mi cintura oceánica
y en la colina
de mis pechos/

 

42

 

/que no falte
un cuento de reina
el rocío en la madrugada
el umbral
que no falten
brotes
ni el canto de los pájaros
el salón de los espejos
en la hondura
cuando anide
el fulgor
que no falten
sedas y terciopelos
en mi vestido
en los giros
de un vals
en el Danubio Azul/

 

44

 

el viento
lumbres de la luna llena
y tumultuosas
instrumento aromático
del florido jardín

(que sus sombras sean
luz en el alma
y que la luz e agrande
en su sombra)

 

71

 

flotando entre tinieblas
aún adormecida en silencios
dibuja su ser femenino
gata agazapada
sin poder siquiera gritar

mujer fuera de su ropa
cavaron hasta lo profundo
la cueva
desnuda ante el espejo mira
lo que fue
lo que le quitaron
tan sólo niña, mujer
vacía

(todavía inconsolable
llora)